19 de mayo de 2013
19.05.2013

«Es una lástima que ningún colegio del barrio lleve el nombre del profesor»

Un nieto de Aguilar fue el primer alumno del doctor Peset en ser catedrático y testificó a favor de él tras la Guerra Civil

19.05.2013 | 05:30

José Miguel Giménez Guarinos defiende que el maestro Aguilar «era una persona de bien que no se le reconoció lo que hizo.Es una lástima que ningún colegio del barrio lleve su nombre o, al menos, una placa en el colegio público Jaime Balmes recuerde quién fue». Dejó una viuda, María Martínez (1815-1888) y cuatro huérfanos.

El primogénito, Francisco Javier (1844-1894), que tenía 19 años cuando se hundió la escuela, acabó siendo presbítero regente del Colegio San Pablo, el actual IES Lluís Vives. Tampoco tuvieron descendencia Remedio (1853-1926), que tenía 10 años cuando se quedó huérfano „ ingresó en el Seminario y fue párroco de Picassent„, ni Soledad (1855-1936), que tenía 8 años cuando murió su padre.

El segundo de los hijos del maestro Aguilar, Francisco de Borja (1848-1930), estudió Medicina. Fue uno de los más fervientes defensores del doctor Ferrán durante la gran epidemia del cólera de 1885. Colaboró con él en lo que ha pasado a la historia como el primer gran ensayo en el mundo de una vacuna contra el cólera.

Uno de sus cinco hijos, Francisco Javier Aguilar Castelló (1897-1950), fue el primer alumno del doctor Peset en lograr una cátedra. Con solo 21 años ganó la cátedra de Medicina y Toxicología de la Universidad de Santiago, y tres años después, pasó a la de Sevilla. El nieto del mestre de Russafa, no olvidó a su profesor cuando tras la Guerra Civil fue sometido a un sumarísimo. Sin importarle las consecuencias, se presentó en Valencia para testificar a favor del ex rector de la Universitat. Su gesto fue en vano.

Las otras víctimas de la tragedia de Russafa fueron las 150 alumnas de la maestra Buenaventura Clavero, cuyo hijo de ocho años murió con el maestro Aguilar. El edificio de niñas fue demolido por graves fallos estructurales. Mientras a los niños se les buscó acomodo en locales alquilados, nadie se preocupó por las niñas «cuya instrucción en aquella época era considerada subsidiaria», relata Giménez Guarinos.

Las niñas, las otras víctimas
Doña Buenaventura estalla y el 20 de octubre, cinco meses después de la tragedia, escribe una carta al gobernador civil en la que le suplica que habilite un local para sus más de 150 alumnas «abandonadas» por la municipalidad «sin que pueda atinar el porqué de tal olvido». Russafa, ya incorporada a Valencia, tendrá que esperar 50 años para tener de nuevo colegio. En 1913, ahora hace un siglo, se inauguró el Balmes sobre lo que un día fue la Escoleta del Mestre Aguilar.

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