Desde que la fiesta se reanudó en el año 1940, han sido más de 220 las comisiones que han desaparecido, una cantidad que se podría considerar escandalosa actualmente, pero que está plenamente justificada por el carácter precario que, durante décadas, tuvo el concepto de comisión de falla. Hasta el punto que, por ejemplo, de toda esa cantidad de comisiones desaparecidas hay medio centenar que sólo plantaron una vez. Y, por contra, lo que podríamos considerar comisiones consolidadas son muchas menos. Las que más años plantaron ni siquiera desaparecieron, sino que se fusionaron. Fueron las de Linterna-En Gil (56 fallas plantadas desde 1942) y Na Robella-Ángeles (52).

Por detrás sí que hay que apuntar a Sueca-Denia (30 fallas), Salvador-Trinitarios (27), Juan Llorens-Calixto III (26), Barcas-Pascual y Genís (23), Alberique-S. José de Calasanz (21) y Cardenal Benlloch-Vicente Sancho Tello (20) como únicas que plantaron veinte o más fallas. Esas demarcaciones, sin embargo, no quedaron desiertas, sino que otros colectivos actuales han ocupado su espacio vital.

La desaparición de una comisión de falla se ha convertido, en los últimos años, en un hecho inusual. La última que bajó la persiana fue la de Historiador José María Giménez Fayos, que lo hizo el año pasado, aunque se interpretó que el nacimiento de una de las fallas de la calle Manuel Meliá y Fuster era, de alguna forma, una medio-refundación de aquella, que plantaba en una zona ajardinada.

Desde entonces, la última en desaparecer había sido la de Juan Verdeguer-Bello, justo en el proceso de transformación de su barrio, mientras que las otras dos correspondían a casos muy sui géneris, alejados del concepto de falla de vecindario, como eran la de Minusval en el Barrio Cocoteros o el Campot de l'Albufera, que plantaron por última vez en 2003 y 2001, respectivamente. Luego hay que remitirse a más años atrás para encontrar casos como los de Avenida del Puerto-Antonio Suárez (1992), Eugenia Viñes-Espadán (1994), o Blasco Ibáñez-Universitaria (86). Un caso extraño ha sido el de Blasco Ibáñez-Mestre Ripoll, que desapareció en 1994 y se refundó, con la misma denominación, diez años más tarde con el apropiado sobrenombre de Falla el Fénix.