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Los contrastes de la ciudad

Cuando la luz se abre paso y se ahoga

Los patios de la Beneficència dan vida al complejo cultural - Las fincas enclaustran la calle Pérez Escrich

Uno de los patios interiores del Centre Cultural la Beneficència.

Uno de los patios interiores del Centre Cultural la Beneficència. labeneficencia.es

­Quizá la iglesia de la Casa de la Beneficència es la que goza de mayor fama. El deslumbrante estilo bizantino interior es un reclamo poderoso, sin embargo vale la pena perderse un rato por los diferentes patios del edificio del actual centro cultural., que alberga también el Museo de Etnología, el museo de Prehistoria y la institución Alfons el Magnànim. Se accede por la calle Corona, que debe su nombre a que el edificio fue un convento de agustinos, fundado en 1520 y ocupado posteriormente por religiosos franciscanos, dedicados a la veneración de la corona de espinas.

Los patios corresponden a la transformación del edificio en un establecimiento asistencial. Fue a mediados del siglo XIX cuando nació la Casa de la Beneficència. Los patios son sencillos y pasan muchas veces desapercibidos para el visitante, pero son un refugio excepcional. Un lugar en el que dejar pasar los minutos aprovechando la proyección de los rayos del sol. La luz se siente importante en cada uno de las cinco estancias con las que cuenta La Beneficència. Todos cuenta con zócalos alicatados que combinan el azul y el blanco como contraste al ocre de sus paredes. Algunos de los patios cuentan con pequeños pórticos sujetos con finas columnas de hierro.

Otro de los patios disfruta de una relajante jardín interior que se aprovecha de las bondades luminosas naturales para crecer con fuerza. En medio una pequeña fuente circular de la que tratan de alimentarse los vigorosos ficus que la rodean. Los patios se aprovechan actualmente como excepcional contenedor cultural, ya que acoge programaciones especialmente concebidas para niños y familias durante los fines de semana (talleres, teatro, marionetas, etc). La visita conviene completarla con un obligado paso por la iglesia, un café en las instalaciones de su restaurante o un vistazo en la tienda del Centre Cultural.

Todo el protagonismo que tiene la luz en los patios de la Beneficència es el que está perdiendo en la calle Pérez Escrich, que incomprensiblemente ha quedado encajonada entre grandes edificios. Cuatro antiguas casas bajas de principio y mediados del siglo pasado son el último testimonio de esta vía, hoy peatonalizada y asediada por las fincas. El violeta, azul, rojo y ocre de las cornisas de las unifamiliares mantienen el encanto de este rinconcito, aunque para acceder a él hay que pasar por el pórtico que dejó un gran edificio, que parece estrangular la vida ahí dentro. Unos bancos y unos pequeños árboles le dan sentido a este obligado patio que el urbanismo más irracional ha enclaustrado.

Y todavía será peor cuando el dueño del solar que ahora permite la entrada de luz, decida construir, presumiblemente, un nuevo edificio de varias alturas. De momento el solar permanece solo vallado, pero parece que será cuestión de tiempo que la calle Pérez Escrich termine siendo un callejón oscuro y maltratado de Valencia, una ciudad que a veces no sabe crecer sin destruir.

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