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La historia de Paco Miralles

El cosaco que bailaba boleros

Debutó en Benimaclet con «el ball de Torrent» y actuó para la reina regente en 1888 y para el joven Alfonso XII en una gala en la Glorieta

El cosaco que bailaba boleros

El cosaco que bailaba boleros

Francisco Miralles Arnau tuvo el tesón de un cosaco, y por ello conquistó desde Valencia hasta Rusia. Este insólito creador era un misterio cultural hasta esta semana. La profesora Rosario Rodríguez Llorens se ha sumergido en unos documentos inéditos archivados por el musicólogo Eduardo Ranch Fuster, enriqueciendo este legado con muchas investigaciones. Por fin tenemos su biografía completa, presentada en la Feria del Libro por María José Alemany, bajo los auspicios de la editorial «L'eixam», enjambre dirigido por el incansable Rafa Arnal. Estuvieron presentes en el acto Amparo Ranch y la sobrina nieta de Miralles.

Paco Miralles nació en el arrabal de Morvedre el 2 de agosto de 1871, un leo petulante que llegó junto con la breve monarquía de Amadeo I. Podía haber sido «cordelero» o «carrocero», dos industrias que sus ancestros poseían en la calle Morvedre. Pero a los tres años, cuando escuchó el sonido de una «dolçaina», se puso a bailar y ya nunca paró hasta su muerte en París, en 1932. En este interregno recorrió el mundo marcando una estela fulgurante que nunca valenciano antes imaginó.

En aquel idílico mundo sin televisión, radio, cine o internet, la diversión de los ciudadanos era la música popular. Había bailes en casas y calles con las más diversas excusas, desde fiestas patronales o hasta la muerte de un bebé, famosa «dansa del vetlatori» que todavía se conserva. Esto generaba una profesión, «bailador», y la existencia de unas academias incipientes que Escalante describe magistralmente en su sainete «La moma».

Miralles debutó en Benimaclet danzando «el ball de Torrent» y pronto se lo rifaban en todas las fiestas huertanas. Recibió clases del maestro Porta, de José Martí y finalmente del prestigioso Vicente Moreno en el Principal. Su madre, Vicenta, estaba orgullosa. Su padre, Francisco, opinaba que aquello era una mariconada y se oponía rabiosamente. Pero no pudo impedirlo.

En junio de 1888 Paquito actúa ante la reina regente y el mini-rey Alfonsito XII en una gala de la Glorieta, bajo la batuta del maestro Valls. Compaginaba los bailes con el oficio de fundidor en la empresa de Salvador Gens. En 1891 inaugura las danzas folclóricas de la «Fira de Juliol», al tiempo que realiza su servicio militar en Mallorca, donde también consigue contratos en diversos teatros. Luego sería reservista en Melilla, actuando en el frente de la guerra del Rif.

Para evitar la presión paterna, Paco se trasladó a Málaga, donde inició una carrera más profesional y conoció a Cándida Espinosa, quien se casó y separó al poco tiempo. Marchó luego a Barcelona donde le descubrió un agente que se lo llevó a París en 1898 adelantándole 500 pesetas, una auténtica fortuna.

Ahora era imparable. Los mejores escenarios galos y después Bélgica, Alemania,Italia y hasta Rusia o Egipto. El inmisericorde crítico André Levinson llegó a calificarlo de «maestro de los maestros». Rosario Rodríguez incluso documenta algunas probables actuaciones en Nueva York, siendo grabado en uno de los primeros documentos dancísticos de la historia del cine.

Tuvo por pareja artística a las bailarinas más bellas y famosas de su época. Fue profesor de figuras incontestables como Mariemma, o la simpar escritora Anaïs Nin. Se relacionó con personalidades y mandatarios, presumiendo siempre de su amistad con los últimos zares de Rusia, que le colmaron de regalos, enseñando la jota valenciana al zarevitch.

Precisamente un anillo diamantino regalo de Nicolás II sirvió para repatriar sus restos a Valencia, tras su muerte en 1932. Detrás quedaba una carrera impresionante que es inútil resumir en un artículo. No sería hasta 1964 en que le dedicaran una calle en el Cabanyal. Excepto algunos trabajos aislados, como el del benemérito Rafa Solaz, nadie lo reivindicó hasta ahora.

Lo más llamativo de su existencia en lo más desconocido. Aunque Rosario lo pinta como un conquistador, no se le conoce pareja estable desde su fracasado matrimonio. Hay cientos de postales de admiradoras, pero no parece que él contestara o se decantara por alguna. Quizás amaban esas muchachas lo imposible, más que al propio artista, como sucedió en los casos de Nijinsky o de Chaikovsty. Incluso cuando comenta con Anaïs Nin su futuro, habla de irse a vivir con sus hermanas, y para nada de buscar una mujer, refugiándose en el manido argumento de que su novia era «la danza».

La anulación del matrimonio por ser su mujer «algo anormal» incita a suponer un hermafroditismo. ¿Se enamoró Paco de la «masculinidad» de su mujer Cándida Espinosa? ¿Era homosexual o bisexual, como tantos colegas del arte de Tepsicore? Todo esto son hipótesis que resaltan mucho más la figura del artista, pues nos remite a unas zonas de sombra que jamás podremos iluminar.

Muchas felicidades a la autora de este libro, que nos ha puesto negro sobre blanco la evolución de una figura colosal. Nuestro primer artista internacional, amado en todos los escenarios y que en Valencia, como es normal, forma parte de nuestro propio olvido colectivo.

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