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Mercadillos de domingo

Mercadillos de domingo

Mercadillos de domingo

Con el paso del tiempo, ciertas aficiones quedan obsoletas. Desaparecen, poco a poco, por la falta de costumbre o la llegada de otras muy distintas marcadas por el marketing y las tecnologías, que reinan en la actualidad. Hay hobbies para todos los gustos, de todos los tipos posibles, y muchas de las que pudimos tener en la infancia, más allá de que fueran instigadas de forma natural por nosotros mismos o inculcadas por nuestros mayores a base de constancia y buen hacer.

Me vino un flash, un escalofrío, una regresión automática cuando paseaba hace unos cuantos domingos junto a La Lonja, frente al Mercado Central, ante un mercadillo con algunos puestos de sellos antiguos y monedas. Lo que, técnicamente, llamamos filatelia y numismática.

Por un lado, nostalgia. Recuerdo aquellos años donde pasaba los fines de semana en casa con el laborioso y paciente buen hacer de la lupa y la pinza, introduciendo los sellos en cada una de las páginas de su correspondiente álbum, siempre atento a los murales que se construían con varios a la vez (se cotizaban más y eran más espectaculares que el resto), siempre ante la atenta mirada de mi padre. Comprábamos siempre dos álbumes idénticos, uno para él y otro para mí, y trató de inculcarme su pasión por ese hobby tan curioso y poco popular. Recuerdo frecuentar una pequeña tienda de la Calle Cervantes donde me llevaba a por material aproximadamente una vez al mes.

Por otro, esperanza. De alguna manera, sentimos cierta nostalgia ante el paso del tiempo y la vuelta al pasado. Una vez mi mente recuperó la normalidad, y volví a ubicarme donde me encontraba, me fijé en la cantidad de gente que frecuentaba esos puestecitos tradicionales, y de que esa afición, que mi mente había eliminado de cuajo, siguiera en vigor, justo al lado de otros comercios de calle que ofrecían desde estampas hasta calendarios de todo tipo y tamaño.

Además de El Rastro, archiconocido en la ciudad, me dio por recordar los famosos puestos de El Parterre que frecuentaba casi todos los fines de semana con los amigos, cuando empezábamos a hacer planes de tarde una vez acababa el colegio el viernes. Aquel olor a cuero mezclado con incienso, aquellos pins, pulseras, chapas, banderas y camisetas de los grupos del momento, monederos y un sinfín de cosas que se erigían junto a El Corte Inglés, a solo unos metros de la Puerta del Mar.

Aquello ya correspondía a la adolescencia, y también mi memoria retiene el cambio de ubicación al que se vieron sometidos, no sin polémica, quedando relegados tras el Mercado Central hasta el día de hoy, poblado únicamente por unos pocos supervivientes que han resistido el envite del tiempo y de las circunstancias.

Valencia es una ciudad de posibilidades. Por su clima y por su gente. Y los mercadillos esporádicos, de calle, no son una excepción. Son esas pequeñas cosas que, sumadas unas sobre otras, le dan la identidad que disfruta y merece. Y que siga así.

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