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El laberinto de la existencia

El laberinto de la existencia

El laberinto de la existencia

Hay momentos en que el ser humano se siente algo desatinado, como si la realidad traspasara los límites de la ficción y necesitara revisar? y esa revisión, quizá la encuentra en el misterioso conocimiento de la evolución visitando el Museo de Ciencias Naturales y, si va con niños, descubrirá la mirada sin sombras que produce el asombro. Ubicado actualmente en el emblemático Restaurante Viveros, diseñado por Luis Gay, señala influencias de Mies van der Rohe y fue hito de la vida social de una época.

La historia de este museo, fundado en 1999, se remonta a la donación de la más importante colección paleontológica del Cuaternario sudamericano, principalmente de Argentina, que realizó Rodrigo Botet en 1889. Contaba con ejemplares pertenecientes a todos los grupos que había encontrado Darwin en Sudamérica, que cambió el pensamiento científico.

Desde su primera ubicación en el convento de San Gregorio (hoy teatro Olympia) tiene un largo recorrido hasta llegar al majestuoso Almudín que se construyó sobre el alcázar musulmán a principios del siglo XIV como alhóndiga de la ciudad.

Dese 1906 hasta la década de los ochenta del siglo XX se instaló allí, esta notable colección, cuyos rigurosos estudios, se deben a su primer director Eduardo Boscá. Fue muy visitada durante la Exposición Regional de 1909, ese mismo año se estableció en Valencia la sede de encuentros de intelectuales para homenajear a Darwin. Y en la memoria de muchos niños quedó el impresionante esqueleto Megaterio.

Seguramente estaba desatinada cuando la actual directora, Margarita Belinchón, me llevó a visitar el Museo en el que no sé muy bien dónde empieza Margarita y dónde termina el Museo o al contrario. Con sus explicaciones me hizo remarcar cuan vivo está este lugar en donde el avance de la ciencia está vinculado al desarrollo tecnológico. Me sorprendió la reconstrucción de un laboratorio científico de principios del siglo XX y el microscopio óptico de 1910? ¡Cuanto estudio y desarrollo científico guarda cada pieza!

Visité todo el museo, didácticamente planeado: «La ciencia tiene que ser atractiva, e incluso divertida, para todo tipo de público», dice su directora y mira cada pieza como si la contemplara por primera vez. En todas las aéreas hay fósiles reales dispuestos de manera especial para que puedan tocarse y letreros que lo indican «Toca! ¡Toca! Touch!» y sientes cierto cosquilleo al poner un dedo sobre un hueso real de animales extinguidos. Recorrer el museo es intuir los cambios que se han producido a través de los tiempos, me adentré en más de 4.000 millones de años de la evolución que muestran los fósiles. Unas magníficas viñetas de Ortifus explican «lo qué es» la Paleontología y «qué no és».

Me detuve ante la belleza de la mágica colección conquiliológica de Eduardo Roselló. Me emocionó el interés de los niños que visitaban el museo, sus preguntas y sus respuestas? Existe un museo ambulante: Tres baúles cargados de fósiles transportan la historia de la vida a lugares en donde la gente no puede desplazarse. La imagen de la biosfera, seres vivos del planeta junto al medio físico que les rodea o la envoltura rocosa que constituye la corteza sólida del globo terrestre que es la litosfera? Me retornaron a las lecturas de Julio Verne.

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