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El Cid en el diván del terapeuta

El doctor Rafael Monzó ve al Cid como un mozárabe que igual lucha a favor de los reyes cristianos de Castilla y Navarra que en defensa de los reyes musulmanes de Valencia y Zaragoza. Hereda del Hermes griego o del Mercurio romano la cualidad de mensajero y heraldo de la paz

El Cid en el diván del terapeuta

El Cid en el diván del terapeuta

Valencia es original para todo. Si algo no se inventa aquí, se localiza y se adapta para no perder nunca el aliento novedoso. La Psicología Analítica rastrea lo simbólico y arquetípico estudiando la Psique como un fenómeno autónomo viviente y neutral, teniendo en cuenta la función del sentimiento, siempre ligado al símbolo y al inconsciente.

El doctor Rafael Monzó Jiménez es el adalid en Valencia de esta disciplina, que sigue el magisterio de Carl Gustav Jung y Marie Louise Von Franz. Es tanta su originalidad que nos permite analizar, o mejor psicoanalizar, nuestro pasado para obtener conclusiones en el presente.

Al Cid Campeador lo montaron en un caballo después de muerto para que, con su mera presencia, espantara al enemigo. Ahora el académico Monzó nos lo ha tumbado en un diván, el famoso mueble que Sigmon Freud convirtió en elemento imprescindible de una consulta psicológica, para entender mejor el mito.

Los valores tradicionales cidianos son unidad, tolerancia y servicio. Ello generó desde el medieval «Poema del Mío Cid» hasta las obras teatrales y operísticas del romanticismo, por no hablar de las novelas o, más recientemente, las versiones cinematográficas. Hasta existieron los dibujos animados del «Pequeño Cid».

El siglo XI fue un tiempo de ruptura. La relativamente tolerante convivencia entre islámicos, judios y cristianos en la Península Ibérica, se resquebraja. La población original hispano-goda se dividió en muladíes y mozárabes. El Cid es el prototipo mozárabe, empezado por la romanización de su propio nombre, originalmente el árabe «Sid».

Rafael Monzó ve el Cid como un mozárabe que igual lucha a favor de los reyes cristianos de Castilla y Navarra que en defensa de los reyes musulmanes de Valencia y Zaragoza. Es un héroe «mercurial» que se caracteriza por armonizar aspectos opuestos, ambivalentes y paradójicos, a diferencia de los héroes «solares» que se muestran unilaterales, con una sola cara.

El Cid hereda del Hermes griego o del Mercurio romano la cualidad de mensajero, mediador y heraldo de la paz. En un momento en que Alfonso VI traiciona los pactos de las «parias», y propicia la invasión africana almorávide, previa a la almohade, el Cid se convierte en el héroe de los dos bandos por antonomasia. Incluso con dos espadas: la cristiana «Colada» y la musulmana «Tizona»; dos símbolos que psicológicamente simbolizan el juicio, la descriminación y el discernimiento.

Interpreta también el psicólogo el obsequio de caballos al rey como necesidad de dotar a la dominante del consciente colectivo de la época de una fuerza instintiva sana. Por eso el rey de Sevilla le regala al Cid el famoso equino «Babieca», como unidor de destinos que era y síntesis alquímica de la piedra filosofal, elemento receptor del Principio de Eros que marca las relaciones de unidad entre opuestos.

Todo esto nos conduce a una imagen muy benigna del Cid como figura asumible por las Tres Culturas del Libro que conformaban la Edad de Oro andalusí, explicitado en la conquista cidiana de Valencia. Explicaría quizás que la expresión «Valencia del Cid» tuviera tanto predicamento, en tanto que la «València d'En Jaume» no haya conseguido imponerse nunca claramente.

Rafael Monzó es muy generoso con la Historia valenciana y todo lo estudia desde una actitud muy positiva, quizás por la influencia genética de su abuelo Josep Maria Jiménez Fayos, intelectual impulsor en los años veinte de la Academia Valencianista del Centro Escolar y Mercantil. Prepara ahora un gran estudio sobre el Santo Cáliz como recipiente simbólico de las tres culturas: vaso original hebreo; aditamento musulmán incluso con caligrafía árabe y orfebrería cristiana. En resumen, un grial mozárabe que sintetice lo que une y no lo que separa.

Basado en este Principio de Eros que ata extremos opuestos, este fin de semana vuelve a la Sala Off la obra «Petita Mort» basada en el poema de Eduardo Galeano, el escritor emblemático de la Sudamérica más reivindicativa.

Si queremos ver a conjunción humana de una pareja en sus malabarismos simbólicos más diáfanos, no hay que perderse esta creación de Iliá Gendler y Sil Via, con música en directo de Paulinha Cánovas, obra de «Luna y Panorama de los Insectos». Su trama nos condensa deseo, instinto, desengaño y miedo. Como en la historia del Cid y de todos los héroes mercuriales, hay un nacimiento, muerte y renacimiento que resumió Galeano en su composición. La culminación del abrazo, reunir dos elementos distintos y distantes, es una «xicoteta mort» que «rompiéndonos nos junta; perdiéndonos nos encuentra; acabándonos nos empieza y matándonos nos nace».

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