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Opinión

La jauría mediática

La jauría mediática

La jauría mediática

La muerte de Rita Barberá desencadena síntomas variopintos de mala conciencia. Algunas voces de su expartido no reconocen las propias culpas en el proceso depresivo originado por la separación y aislamiento político de la glorificada «alcaldesa de España», encausada judicialmente como presunta corrupta por entregar mil euros al PP valenciano. Esta enormidad, no otra, era la investigada por el Tribunal Supremo. Hay quien dice saber que ya estaba decidido el sobreseimiento y archivo de la causa. Pero aún llegando a tiempo, no cesaría la «presunciòn de culpabilidad» no probada en la trama que sacude al PP de Valencia, con presuntos responsables esperando en la carcel.

Sin entrar en conjeturas de culpabilidad o inocencia, quienes se sacuden el polvo de la solapa hablando de «linchamiento mediático» exhiben un cinismo insostenible. Es cierto que el concepto de medios de comunicación se ha relajado por el parasitismo oportunista que abate la frontera entre la información responsable y el grosero sensacionalismo que nada respeta, empezando por el derecho al honor y la imagen. Los primeros cumplen el indiscutible deber de informar comprometiendo su credibilidad y prestigio, mientras que los otros lo envilecen sin riesgo ni medida, ni excluir siquiera el anonimato. La condena genérica de los «linchamientos mediáticos» denota la cobardía de no discriminar. No todos los medios son iguales.

La acción politica indiferencia categorías éticas y profesionales a la hora de aprovechar cuantos escaparates se le ponen a tiro. Esta avidez de imagen, extendida a todos los partidos, desgasta, deforma y en ocasiones destruye precisamente la imagen. Y fomenta vilezas como la de Pablo Iglesias y sus diputados al negar a Rita Barberá el respeto humano de un minuto de silencio. ¿Hay que deducir que comparten ese rechazo los cinco millones de electores que tanto pregonan? Por supuesto que no, como han demostrado otros parlamentarios y responsables locales de su marca o afines. Esta es la discriminación necesaria: la que no hace tabla rasa, en vida ni a la hora de la muerte, con quienes difieren en las ideas, aún cuando arrastren culpas no probadas.Un mundo conforme con tamaña deshumanización sería invivible.

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