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Análisis político

El momento amargo del PP de Bonig

La muerte de Rita Barberá golpea a la lideresa popular, quien hace meses vivió una traumática ruptura con su madrina política y que ahora tendrá que gestionar otra crisis a cuenta de las líneas rojas

El momento amargo del PP de Bonig

El momento amargo del PP de Bonig

Isabel Bonig es conocida por los suyos como la Thatcher de la Vall d'Uixó, un apelativo con el que ella se siente muy cómoda dada su confesa admiración hacia quien fue primera ministra británica. Pero hubo un tiempo, cuando la hoy presidenta del PPCV empezó a emerger en la política como consellera de Infraestructuras, en que los suyos veían en su potente discurso y su carácter batallador el mismo espíritu que llevó a Rita Barberá a convertirse en icono del partido. La sintonía entre ambas fue tal que rápidamente congeniaron. Coincidían ideológicamente y tenían una visión parecida de cómo debía conducirse el partido. Bonig, podía ser, pensaban algunos, la sucesora política natural de una Barberá aún influyente, pero que se encontraba ya, por una cuestión generacional, en la etapa final de su carrera.

Fue Francisco Camps quien dio a Bonig la oportunidad de salir de la política municipal y pasar a la primera línea política como consellera, un gesto que la lider jamás olvidaría. Camps, obligado a dimitir por el caso de los trajes, dio las llaves del Palau a Alberto Fabra y con ellas, traspasó un Gobierno acabado de nombrar donde Bonig seguía como titular de Infraestructuras. El nuevo inquilino del Palau la conservó el resto de legislatura e incluso le confió la secretaria general del PPCV tras el fracaso electoral de las europeas.

Pese a ello, Bonig nunca formó parte del círculo de confianza de Fabra. La consellera sonaba ya en los conciliábulos políticos de los que Barberá formaba parte como una posible sucesora de Fabra.

Aún así, el entonces jefe del Consell la puso de número dos del partido, un tandem que funcionó mal, pero que Bonig aprovechó para ganarse la confianza de los barones del partido y de parte de la militancia. Entonces ya muchos hablaban de lo bien que se entendían Barberá y Bonig, tanto que la alcaldesa tuvo clara su apuesta cuando Fabra perdió las elecciones e intentó dejar a la exconsellera Maria José Català como delfín.

El pulso, es sabido, lo ganó Rita, que convenció a Rajoy de que Bonig era la mejor opción. Nada entonces hacía vaticinar que aquella relación acabaría mal y que un 2 de febrero de 2016, Bonig recibiría un sms que sellaría la ruptura con su madrina política: ««¿De qué quieres que dé explicaciones?» Un mensaje con el que la entonces senadora reprochaba unas declaraciones hechas a mediodía en las que Bonig aseguraba que de estar en la situación de la exalcaldesa «saldría y daría explicaciones».

Taula rompió los puentes

A este mensaje, desvelado por Levante-EMV, siguieron otros que junto a la complicada evolución del caso Taula acabó con romper los puentes entre las dos amigas.

El PPCV, en especial Bonig por las razones expuestas, vivió aquella ruptura con un hondo pesar. Fue un momento amargo para Bonig como lideresa del PPCV. «Me han llegado a flaquear las fuerzas», admitía en una entrevista concedida a Levante-EMV en julio de este año coincidiendo con el aniversario de su elección como presidenta y en alusión a la crisis que había tenido que gestionar por Taula.

La aplicación de las líneas rojas, venía a admitir había sido duro a nivel personal. Entonces Barberá estaba ya en el foco mediático y Bonig ya había pasado por el trance de la ruptura personal y política con su mentora. Aún así, reconoció que le gustaría que algún día la figura de la exalcaldesa quedara rehabilitada: «Ha sido un pilar fundamental para el PP y un ejemplo para las mujeres», indicaba.

Pero cómo se vio en el funeral del pasado miércoles, tanto Bonig como los suyos han quedado fuera del homenaje. La familia pidió un funeral íntimo, sin políticos y la cúpula regional lo respetó.

En realidad, sí hubo políticos y muchos, pero salvo excepciones representantes de la vieja guardia y exdirigentes de la etapa Camps.

Y es que lo acontecido en los últimos meses hizo inviable una reconciliación entre la dirección regional y la exalcaldesa.

Tras el verano de 2016 y con la investigación abierta con el Supremo, la presión política, social y mediática se intensificó y el nuevo PP valenciano tuvo más razones (también el apoyo de buena parte de la dirección nacional) para mantener su mensaje contundente contra la corrupción, aunque este engullera a Barberá. En este contexto, un 15 de septiembre, Bonig y todo el grupo popular en las Corts (con la excepción de los ausentes Miquel Dominguez y Vicente Betoret) firmaron el repudio a Barberá «para salvaguardar la dignidad» de los valencianos y valencianas. Aquella votación fue traumática para los diputados, pero entendida como una «puñalada» por Barberá y sus más allegados. Los puentes quedaron rotos para siempre.

La repentina muerte de Barberá ha dado alas a quienes en el partido siempre mantuvieron distancia con las líneas rojas de Bonig. Ella, como capitana del nuevo PP, enfrenta ahora el momento más delicado desde que tomó las riendas. Personalmente, está afectada y políticamente debe gestionar una nueva crisis en un momento de debate nacional sobre dónde debe llegar la regeneración.

Pese al nerviosismo e incluso malestar de algunos (sobre todo en Valencia ciudad), Bonig sigue sin rival sólido para el futuro congreso regional, pero la situación se ha vuelto, al menos a corto plazo, más compleja. En cierto modo, Bonig y su equipo están obligados a un suerte de recogimiento. Mejor no estar ahora en la foto o, de estar, en un segundo plano como el que mantuvieron Bonig y el presidente de la gestora Luis Santamaría en la misa oficiada en la Catedral la noche de la muerte. El lunes habrá otra misa y Bonig, una mujer con profundas convicciones religiosas, estará a título personal.

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