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«Con tanta gente que estaba pendiente de ver si tosía, no entiendo cómo ahora nadie se preocupara aunque tuviera una neumonía»

Rita Barberá ha vivido los últimos 18 años de su vida en un piso alquilado en la Glorieta, en el centro de Valencia. Todo el mundo lo sabía porque siempre había un policía en la puerta. Y siempre ha tenido una relación cercana con sus vecinos, más allá de que su vida pública desbordara a la privada y sus tiempos fueran diferentes. Ahora, estos vecinos, muchos de ellos ya mayores y buenos conocedores del personaje, están indignados con todo lo que le ha pasado y cómo le ha pasado. Entre otras cosas, odian a la prensa. Alguno ha increpado a los periodistas que estos días acudieron a la puerta.

Levante-EMV, sin embargo, ha podido hablar con doña Pilar, la vecina del rellano, la más cercana. Acepta hablar con nosotros sin dar más datos y sin fotos. Y lo hace también porque lo considera un acto de justicia.

Con tono pausado, sentada en los sillones de la entrada, admite que durante todos estos años no tuvo una relación cercana con ella, pero a raíz de su situación se hicieron más amigas. Por eso sabe que esta persona «vitalista», cuya posición era notoria en todos los sentidos, ha caído «como si la tiraran del Himalaya». «Con tanta gente que estaba pendiente de ver si tosía, no entiendo cómo ahora nadie se preocupaba de ella aunque tuviera una neumonía», relata sin perder la calma.

A su juicio, lo de los últimos tiempos ha sido «un acoso y derribo». «En la calle le decían de todo, le hacían pintadas, vejaciones... Ha aguantado por la vitalidad que tenía, pero era para reventar».

«Los dichosos mil euros»

Desde su posición de vecina, sin embargo, todo esto ha sido muy «injusto». Lo es por una simple cuestión: «Con la lupa que le tenían puesta encima, si hubiera hecho alguna cosa mal, lo hubieran sacado inmediatamente. Han tenido que ser los dichosos mil euros, que eso no es nada, lo que han aprovechado para acusarla. Han ido a por ella porque no la podían coger por otro lado», sentencia.

En su opinión y en la de muchos vecinos, «cuando fue a ver a Rajoy no se tenía que haber dejado convencer, no tenía que haber aceptado presentarse más. No la han dejado salir y la han hecho reventar«, lamenta.

Fuera de eso, doña Pilar se queda con la contundencia del personaje y por la energía que tenía. «Me enteraba que llegaba a su casa por los portazos que daba», explica sonriente. Hablaba con todo el mundo y en Navidad iba a las casas. «Y si entre semana no estaba más en el piso es porque pasaba mucho tiempo en su trabajo», dice.

En las últimas semanas, no obstante, su situación era otra. Doña Pilar vio a su vecina por última vez el pasado viernes y «no se encontraba bien». «Se iba el domingo para Madrid porque tenía que declarar el lunes en el Supremo», cuenta. Y no le gustaba verla en esa situación. «Me preocupaba mucho su estado», explica, porque «el deterioro físico era evidente y el anímico aún más». «¿Tu crees que hay derecho a esto?, me decía».

Si aguantó todo este tiempo fue porque «era una persona muy fuerte y muy dura», aunque también es verdad que «era una persona amable y necesitada de cariño. Y no el cariño de su familia, que ese lo tenía, sino el de todos los demás».

De hecho, llegó un momento que no podía salir a la calle. Y era su asistenta y ella misma quienes trataban de echarle una mano. «Yo le decía ¿quieres que te suba el pan?, porque esto no había quien lo aguantara», lamenta doña Pilar.

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