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Jardín de Monforte

Cuando la excelencia languidece

El jardín, que une neoclásico y romanticismo, combina espacios exquisitos, con algunas de las especies más valoradas, con cierto descuido y carencias en el cuidado del entorno

Cuando la excelencia   languidece

Cuando la excelencia languidece

Al regresar de un viaje por Europa, uno puede tener la impresión de que en otros países los árboles son más esbeltos, las plantas tienen mejor vigor y flores de mil colores y formas difunden un perfume más delicado. Podemos considerar falsa esta impresión y atribuirla al optimismo causado por unos días de asueto, o quizá a esa tendencia tan valenciana de menospreciar lo propio. Al fin y al cabo, hemos vuelto a Valencia, Jardín de Flores como todo el mundo sabe. Pero basta un paseo por la ciudad para comprobar que nuestra impresión viajera era exacta.

En España no abundan los jardines históricos, y en València todavía menos. Y no porque hayan faltado a lo largo de la historia, o porque el clima lo impida. A revés, las condiciones ambientales de València podríamos definirlas como inmejorables para la jardinería, y nuestros antepasados lo demostraron con ejemplos soberbios. Ahí está el Jardín Botánico, que acaba de cumplir dos esplendorosos siglos. De lo anterior a él no queda apenas nada, a pesar del asombro del rey Jaume I cuando conquistó Valencia y descubrió los jardines de la Almunia Real, el palacio de recreo de los reyes musulmanes. Sus pálidos herederos son los jardines de Viveros - parece hiperbólico llamarlos «del Real», como insiste la nomenclatura oficial para contagiarles un poco de lustre - y a su vera nació el que hoy nos ocupa.

«Ya entrado el siglo XIX, dos obras de jardinería bastante importantes: el Jardín de Monforte y La Glorieta. El primero de carácter dieciochesco, e isabelino el otro. De aquí en adelante, la jardinería valenciana decae en tales términos que da pena de que, siendo Valencia por antonomasia la Ciudad de las Flores, se haya llegado a semejante grado».

Palabras del pintor y paisajista sevillano Javier de Winthuysen, conocido como el jardinero de la Generación del 27 por su estrecha relación con los escritores Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado o Rafael Alberti. Fue primero admirador y luego amigo de los pintores Joaquín Sorolla y Santiago Rusiñol, autor este último de al menos cinco cuadros de Monforte. Enamorado como él de este lugar, Winthuysen dio el impulso decisivo en 1941 para su declaración como Jardín de Interés Artístico Nacional. Él mismo dirigió una primera restauración, con la intervención del arquitecto Alejandro Ferrant y el jardinero mayor del ayuntamiento, Ramón Peris. Aunque el estado del jardín era lamentable, mantenía una fuerza telúrica: «Es tal la sorpresa que nos produce este viejo jardín€que al entrar en él nos creemos trasladados a otro mundo€Masas talladas de verdores sobrios y profundos; graves formas extrañas, formas deformadas por la lucha entre el vegetal que busca la libertad de su crecimiento, y la mano del jardinero tosco, que lo sujeta, y que, con su tosquedad, ha llegado a borrar la corrección neoclásica a que se ajustaron estos bojes y cipreses».

Pero Javier de Winthuysen no encontró colaboración en una ciudad arrasada por la recientísima Guerra Civil, con muchas otras urgencias que atender. En la carta que en 1943 dirigió al presidente del Patronato de Jardines Artísticos y Parques Pintorescos de España, el paisajista informaba: «Me entrevisté con el Sr. teniente de alcalde delegado de Parques y Jardines de aquel ayuntamiento, haciéndoles presente el mal estado en que dicho jardín se encontraba por no haberse atendido mi anterior petición de personal y elementos necesarios. Lejos de encontrar en este señor el interés que parecía natural que hubiese por aquella gala valenciana, me manifestó que era criterio del ayuntamiento no gastar dinero en ella».

Sobre el palacete

Tiempos bien diferentes a los de un siglo atrás, cuando Juan Bautista Romero, un exitoso comerciante e industrial sedero, de humilde origen, filántropo y sensible a la cultura, pagó 80.000 reales por una «casa de recreo y huerto tapiado» para construirse una residencia acorde con su nuevo estatus. Un proyecto que, al menos, tuvo más recorrido que el contiguo y coetáneo palacio de Ripalda, derribado durante el franquismo para levantar el edificio llamado La Pagoda, a cuya sombra malvive un ficus más grueso que los del Parterre o la Alameda. Romero encargó la construcción de un palacete y un jardín al arquitecto valenciano Sebastián Monleón, que en aquellos momentos estaba haciendo historia con el invernadero tropical del Jardín Botánico, una de las primeras estructuras de hierro y cristal levantadas en España. Aquí, en el que se llamó Hort de Romero antes de tomar el nombre de sus herederos, el arquitecto combinó los dos estilos que en aquel momento se estaban sucediendo el uno al otro.

Por un lado, el neoclásico, con setos geométricos que rodean el palacete, donde dominan los cipreses, tanto en forma libre como de recorte, asistidos por boneteros y mirtos. Lástima que la plaga del oídio los afee con sus manchas blancas y contribuya a que presenten huecos y faltas. Sirven de marco a numerosas esculturas de tema clásico, esculpidas en mármol de Carrara de una blancura impoluta y serena belleza. Por razones que quizá tengan que ver con su uso como salón de bodas, el visitante no puede acceder al piso superior del palacete para observar desde lo alto los dibujos vegetales que forman los setos, uno de los escasísimos ejemplos de este arte vegetal en la ciudad.

El otro estilo del que hablábamos, el Romanticismo, se plasmó en la muntanyeta, de fresca y densa sombra proporcionada por grandes pinos piñoneros, varios cóculos y un sorprendente individuo, en tiempo de floración, del llamado árbol del coral, de un color rojo vivo e intenso. Hay un magnífico ejemplar de ginkgo, cuya declaración como árbol monumental cuelga directamente del tronco, de manera profundamente antiestética y ajena a la ley. Y magnolios a los que trepan decididas las monsteras con sus grandes hojas, aportando un ambiente exótico y exuberante muy difícil de encontrar en València. Tanto en el jardín neoclásico como en la colina romántica hay estanques, surtidores y juegos de agua, además del gran estanque con forma de nenúfar rodeado por cipreses delicadamente azulados y de ramillas colgantes. Completaba el jardín una zona dedicada al huerto, que ya no existe.

Sentados frente a la pequeña gruta misteriosa que oculta el regazo de la muntanyeta, el delicado gotear del agua entre las hojas de los helechos se transforma en bálsamo, sobre todo si obviamos los tallos de áspera esparraguera que violan la delicadeza de los culantrillos, unos helechos tan delicados que también son conocidos como cabellera de Venus. Nos ayuda el croar de las confiadas ranas y el variado canto de las aves. El placer es sobrecogedor, sobre todo si conseguimos olvidar que, a pocos metros, otra cascada semejante languidece por falta de caudal. El incesante ruido de la ciudad se apaga, calla, entre otras cosas porque se descartó aquella reciente ocurrencia de derribar el añejo muro perimetral; por desgracia, la salvación del muro no conllevó la plantación de flores y enredaderas en gran parte de su recorrido. Ni evitó la construcción del parking subterráneo, que se llevó por delante la salud e incluso la vida de algunos de los mejores árboles, debido al daño que recibieron las raíces.

Cuidar los detalles

En primavera, la rosaleda, aunque extensa, se viste de monotonía monocromática y de otras hierbas muy alimenticias para los conejos, y por tanto inútiles puesto que no los hay. Florece espectacular el túnel de la buganvilla, aunque un tanto falta de vigor por la excesiva abundancia de pies. Es el momento en que más resuenan, proféticas, las palabras de Javier de Winthuysen: se acerca el momento de «caminar entre tristes jardines amanerados de pensamientos en fila o en ruedos». Pensamientos - plantas, no reflexiones - como los que hoy todavía rompen con su distribución mísera la necesaria severidad de los setos. En palabras y ortografía de Rusiñol: «Els jardins són el paisatge posat en vers, i els versos escrits en plantes van escassejant per tot arreu€ Si les vols veure encara, oh poeta!, aquestes darreres flors i aquests darrers jardins, no tardis, que prompte s´hauran desvanescut! Els uns ja estan desfullats, els altres els difrecen am vestimenta moderna, a molts els arrenquen d´arrel, els més se van tornant planes de prosa com la planura que´ls volta».

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