13 de abril de 2019
13.04.2019

Una riada de estudiantes disfruta en la Punta ajena a la polémica que casi les deja sin paellas

La prohibición municipal no evitó que la empresa siguiera adelante con el evento y que el botellón se extendiera por la zona

13.04.2019 | 00:19
Decenas de miles de estudiantes disfrutan de la música de las Paellas Universitarias

Cambios de última hora, prisas, concejalías que no llegan a un punto en común y una entidad que vende decenas de miles de entradas para un evento meses antes de contar con un espacio en el que poder celebrarlo. Factores protagonistas que enmarañaron las Paellas Universitarias de este año. Las más polémicas hasta ahora. Pese a que el desenlace se esperaba bastante peor de lo que hacía pensar la controversia generada durante algo más de cuatro días (en las universidades corría el bulo de que habría antidisturbios esperándoles a la entrada del festival), lo cierto es que la polémica pasó de puntillas por el Multiespai de la Punta.

A las dos del mediodía el ambiente ya hacía pensar que se trataba de una fiesta de paellas más, como si nada hubiera pasado, como si la desautorización del Ayuntamiento a menos de 24 horas de la celebración del festival no hubiera ocurrido, mucho menos la denuncia interpuesta por los vecinos de la Punta (que fue archivada a primera hora de la mañana, dado que las cuestiones alegadas no tenían contenido penal). Un tiro al aire de la empresa organizadora que, visto lo visto, no les salió nada mal.

Las Paellas Universitarias 2019 (quienes esa misma mañana presentaron una declaración responsable con certificado OCA en el Ayuntamiento con el que entregaron el informe de contaminación acústica) abrieron sus puertas, pese a la incertidumbre que generaba su decisión. Eso sí, lo hicieron con media hora de retraso. Una dilación que no afectó a los asistentes, ya que los primeros valientes (no sé sabía muy bien lo que se iban a encontrar después de la polémica arrastrada desde el miércoles) empezaron a llegar a cuenta gotas.

Más de una docena de autobuses copaban la parte más cercana a la Ciudad de las Artes y las Ciencias de la avenida del Boulevard. De ellos salían decenas de estudiantes que, botella en mano (máximo un litro por persona, eso sí), iniciaban el camino de, al menos media hora, entre la huerta protegida que rodea la pedanía hasta llegar al espacio habilitado para el festival.

Por el camino, la falta de contenedores de basura hacía que muchos de los que iniciaron esta pequeña peregrinación dejasen bolsas de basura, botellas y vasos por el camino. En este caso, la empresa no salió tan bien parada como con el tema del festival. La limitación de un litro de alcohol para entrar al recinto hizo que muchos organizasen pequeños botellones durante el camino previo a entrar al recinto.

Protagonismo para las paellas

Mientras Lola Índigo, el plato fuerte del cartel de este año, ensayaba las canciones que interpretaría durante la tarde, los estudiantes iban encontrando su espacio en el recinto. La mayoría de ellos en el concurso de paellas habilitado un poco más allá del escenario principal. Este año, explicó la organización, se quería recuperar el protagonismo inicial que las paellas cobraron en esta festividad universitaria anual. Nada de una paella gigante «con cosas» que al final no cataba nadie.

 

No fue hasta la una del mediodía, cuando la voz de que las paellas seguían su curso ya había corrido como la pólvora entre los distintos campus universitarios, cuando la esplanada habilitada para los más 25.000 asistentes esperados comenzaba a llenarse. Los típicos lemas de las camisetas copaban entonces el ambiente con frases como «si quieres trabajar en mi empresa, pasa por debajo de la mesa» o «soy la oferta más cachonda del mercado». Lemas que, aunque sexualizados, obviaban este año un contenido agresivamente machista, como sí ocurrió en ediciones anteriores.

Bailaban y disfrutaban como si nada hubiera ocurrido, ajenos a la problemática que casi les deja sin paellas. Unos más cautelosos que otros, eso sí. Marina, Carolina y Celia, estudiantes de Derecho, reconocían haberse «esperado un poco» a llegar a la Punta para ver si la gente podía entrar. Esther, Andrea, Samuel y Rubén, estudiantes de diseño de moda,por su parte, decidieron plantarse en el recinto de la Punta a las diez en punto. «Al final tú has pagado un dinero y esperas que se realice», explicó Esther.

También los hubo que seguían a uñas con el comentario que el presidente de la Asociación de Vecinos de la Punta, Vicente Romeu, enunció el pasado miércoles. «Entendemos que haya polémica porque ha habido malentendidos, pero nosotros no somos ningunos ñus ni ningunos búfalos como nos han llamado», indicó Sergio, estudiante de Magisterio, «somos estudiantes y sabemos controlarnos todos».

«Al fin y al cabo», indicó Esther, «todo el mundo ha sido joven y ha querido pasarlo bien en algún momento determinado», aseguró esta estudiante de moda que pidió «apoyo» social y que se les entendiese. Más aún cuando se trataba de una fiesta que apenas duraba diez horas. Al finalizar el evento, la multitudinaria asistencia fue desalojada escalonadamente por la Policía Local y los voluntarios de la organización para evitar avalanchas.

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