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Cuando Natzaret tenía su playa

Una señal vertical de la plaza Zaragoza indica, con logotipo de sombrilla y olas, la playa de Natzaret, desaparecida hace tres décadas

Cuando Natzaret tenía su playa

Cuando Natzaret tenía su playa

Pasear por la plaza de Zaragoza en dirección a la avenida del Puerto depara una pequeña sorpresa. Si estamos atentos veremos una señal colocada hace mucho tiempo y que por algún motivo sigue ahí, pese a que ya no tiene razón de ser. El lugar al que nos guía -la playa de Natzaret- dejó de existir hace más de treinta años.

Si representamos en un mapa la evolución del puerto desde 1800 hasta hoy veremos cómo, desde el Grau hasta Pinedo, el mar se ha ido alejando de la ciudad. Las sucesivas ampliaciones del recinto portuario no sólo han provocado la desaparición de la fachada marítima al ocupar la franja litoral, siendo la desaparición de la playa de Natzaret y de la desembocadura del río los dos hitos de este proceso.

Es que incluso la magnitud de los muelles y la especialización de la actividad portuaria han ido ocultando la percepción del mar hasta convertirlo en algo que se siente lejano. La prohibición de acceder al puerto marcó un antes y un después en este sentido.

La última ampliación del puerto, que tanto debate está generando últimamente, no empeora desde el punto de vista urbanístico una realidad que viene de lejos, puesto que se trata de un agrandamiento de los muelles en aguas internas que sólo generará un aumento del impacto visual en las playas del norte y un mayor tráfico de vehículos pesados, que debe ser convenientemente reconducido a través del futuro acceso norte.

Con todo, no hay que olvidar que un urbanismo demasiado ambicioso que camina con pasos más largos que los que da la economía, y que convierte las preexistencias (la huerta, el río) en solares ha acentuado la herida provocada por un gigantesco puerto que se ha abierto paso a codazos en medio de un territorio frágil.

Todo ello ha propiciado que esta parte de València sea un entorno permanentemente inacabado, algo incomprensible en la tercera ciudad del país. Aún admitiendo el éxito de la recuperación de la dársena histórica y del canal y la nueva bocana creados para la Copa América, todavía queda pendiente contrarrestar el retroceso artificial de la línea de costa que ha experimentado el litoral de la parte sur de la ciudad.

Hay que intentar acercar de nuevo el mar a las calles de València, siempre teniendo en cuenta que el puerto está ahí y no hay vuelta atrás. Se impone por tanto buscar alguna forma de restablecer el equilibrio, y la solución más natural pasa por permitir que el agua retorne a aquellas zonas donde hace siglos (o unas pocas décadas, como en Natzaret) era el elemento protagonista del paisaje, recuperando incluso la navegabilidad.

Los primeros que propugnaron la idea de que el tramo final del antiguo cauce del Turia debía recuperar su navegabilidad fueron Juan Pecourt y Juan Luis Piñón en su libro La Valencia Marítima del 2000, contraviniendo la imagen clasicista y desconectada del territorio con la que Ricardo Bofill diseñó el jardín del Turia, y que es la que finalmente se impuso.

Porque la desembocadura del Turia era navegable hasta época medieval. En la célebre vista de Valencia dibujada en 1563 por Wijngaerde se aprecian varias embarcaciones fondeadas en el tramo en el que se ubica actualmente el puente de ferrocarril.

Algo más desconocido es el hecho de que hasta el siglo XVIII existió una laguna al sur del Grau alimentada por las crecidas del Turia. En los prados que circundaban la llamada laguna del Bovalar pastaba el ganado, de ahí su nombre. Este marjal acabó desapareciendo junto a otros cercanos.

Si asumimos que el ajardinamiento total del antiguo cauce puede acabar a la altura del Ágora, a partir de ese punto la actual lámina de agua, ensanchada, saneada y estabilizada, permitiría poner en valor el último vestigio del Turia a su paso por València; su desembocadura. Se trata de un brazo de agua permanente mezcla de nivel freático y agua de mar, similar a las desembocaduras del Riu Sec, en Borriana, el Riu Vaca, en Xeraco, el barranco de San Nicolás, en Gandia, o el mismo Júcar, en Cullera, estos últimos dos buenos ejemplos de integración en entorno urbano. Paseos al borde del agua, amarres para embarcaciones, creación de rutas de piragüismo y barcas de remo, la mera contemplación de la lámina de agua? Medidas claramente encaminadas a favorecer un reencuentro de la ciudad con el mar. Se abriría incluso la posibilidad de establecer una ruta turística fluvial entre la futura terminal de cruceros, la Marina y la Ciudad de las Ciencias (¿por qué no empleando las barcas tradicionales de l'Albufera que hasta los años treinta cruzaban el Turia en la Punta?).

En todo caso la navegabilidad de esta nueva marina sólo adquiriría sentido permitiendo su salida al mar a través de un canal de conexión con la antigua dársena interior entre el Tinglado número cuatro y la estación marítima, la última ventana franqueable de la fachada marítima.

Se podría ampliar este espejo de agua hasta Natzaret con el fin de reconciliar definitivamente este antiguo barrio marinero con el puerto que le privó de su playa, estableciendo una frontera amable entre ambos que volviera a dar protagonismo a las orillas perdidas. De este modo se recuperaría algo de su carácter marítimo, habilitando incluso una playa con zona de baño como recuerdo de la que existió (la arena aún permanece allí) y un pequeño puerto deportivo y pesquero de embarcaciones a motor.

En definitiva, el agua retornada crearía un paisaje urbano rotundo y coherente con el pasado. Un foco de atracción con el que rematar el acercamiento de la ciudad al mar que se inició con la Ciudad de las Ciencias.

Pocas ciudades que contaran a día de hoy con tanto papel en blanco sobre el que acabar de dibujar su imagen dejarían escapar la oportunidad de hacerlo, a no ser que estuvieran más centradas en mirarse sus ombligos urbanos para rediseñarlos una y otra vez, como parece que ocurre aquí. Esa vieja señal a la que nadie hace ya caso quizá nos esté indicando en cierto modo un camino que la ciudad aún está tiempo de recorrer. Por eso sigue ahí. Si ya no podemos acercar València al mar, acerquemos el mar a València...

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