02 de noviembre de 2019
02.11.2019
Festividad de Todos los Santos

Una Operación Cementerio escalonada

El General se llena de visitantes en un sofocante Todos los Santos para honrar al medio millón de personas allí enterradas

01.11.2019 | 19:21
Una Operación Cementerio escalonada

Viernes, 1 de noviembre y bordeando los 30 grados. Dícese de Todos los Santos que es la antesala del invierno, pero esto cada vez es menos creíble. No es de extrañar, por ello, que las ambulancias tuvieran que trabajar de lo lindo a mediodía de ayer en los aledaños del Cementerio General. Es un día en el que acuden muchas personas mayores, a las que se les somete a un esfuerzo físico inhabitual (visitar el cementerio es sinónimo de «pateo»), con emociones a veces a flor de piel. Y la consecuencia es la proliferación de mareos. Que forman parte, con estos calores, del paisaje de un día que es un caos por definición, pero que podría haberlo sido mucho más si no fuera porque el pragmatismo se impone a la tradición. El 1 de noviembre es el día para hacer la visita, con los centros de flor preparados. Pero son muchos los que hicieron los deberes en los días anteriores y los que disponen de las jornadas de hoy y mañana para huir de las apreturas y el colapso de público.

Cerca de medio millón de personas reposan en los nichos, panteones, mausoleos, columbarios, en el suelo, en los osarios y, en algún caso, debajo de bloques de cemento. La cifra cambia de día en día (no ayer, que no se celebran enterramientos ni se remueven restos), pero los descendientes de todos ellos también se multiplican. Y es el motivo por el que las calles del camposanto, tradicionalmente poco concurridas, ayer eran un trasiego incesante.

Las entradas son una verdadera feria de pueblo, en el que se arraciman vendedores ambulantes de flores (desde el puesto coqueto al capazo sin más), vendedores de lotería e iguales, cuartetos de cuerda que después contaban las monedas en la cafetería y hasta vendedores de mazorcas o patatas fritas. Las conversaciones se entremezclan en el trajín humano. Unos hablan de cómo estaba la caja y en qué estado se encontraba el cuerpo en una cierta exhumación. Una madre le dice a su hija: «mira, ésta es tu tatarabuela» mientras otros riñen a los suyos, más mayores, porque no se están quietos.

Las sensaciones son diferentes según el tiempo que hace en que se produjo la despedida. Un fallecimiento reciente, la primera que se hace en Todos los Santos, se reconoce por las lágrimas. En la zona neutra, en los enterramientos de niños pequeños, surge gran cantidad de color sobre mármoles blancos, aunque el bebé se fuera, de una tuberculosis, hace setenta años. Otras se hacen con la serenidad de la herida cerrada y la convicción de que ir a ver a papá o a mamá reconforta el ánimo. Los hay que se sientan en un taburete y pasan la jornada contemplando un nicho, aunque sea de hace treinta años. La vida continuará a partir de hoy. Como si nada.

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