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Ignorar la cultura de mercado

Ignorar la cultura de mercado

Ignorar la cultura de mercado

Fue en una Trobada de Música del Mediterrani en el Puerto. Mediados de los ochenta. Una de esas iniciativas que nadie ha tenido a bien rescatarla con honores, pero que Vicent Garcés, junto con la Mostra de Cinema, inventó para reclamar ese espacio común que nos hacía europeos de primera e interlocutores destacados con la ribera norteafricana. Allá en un acogedor escenario se subían grupos de folk de países ribereños, mientras en varios tenderetes podías degustar las propuestas gastronómicas del Líbano, Grecia o Argelia. Seguro que estaba Toni Torregrosa y Rafa Company, igual también Evarist Caselles y Vicent Martínez, pero recuerdo como si fuera hoy que le espeté a Rafa que lo único común que nos unía con albaneses, egipcios, palestinos y cretenses era el mercado, esa vocación milenaria de vender en la calle las frutas, hortalizas y animales, vivos y muertos, para el pervivir diario. Y años después ahí mantengo el atrevimiento, en plena revolución. Incluso se ha exportado la idea, que triunfa en Manhattan de la mano de José Andrés, ese cocinero experto en marketing que le ha puesto el nombre de Little Spain al mercadillo de toda la vida, extendiendo ese spain a toda la cultura mediterránea. No sería de extrañar que en unos años, además de caucásico, afroamericano e hispano, se designe mediterráneo para esas gentes que comen arroz, pasta, verduras, albahaca, perejil, orégano, azafrán o canela. València todavía es una ciudad de mercados y mercadillos. Pero le queda muy poco. El cambio de modelo de vida de sus vecinos y el inmovilismo de los vendedores dejan en el aire muchos lustros de venta cercana.

Agonía

Siempre que puedo me meto en el Mercat Central. Pasear entres sus pasillos es la forma más natural de resetear la ciudad. Cada vez quedan menos paradas de las habituales. Han crecido los reformados palcos de frutería que ofrecen vasos llenos de macedonia para los turistas. Las casetas de pan están repletas de bocadillos como si fueran bares de barrio. Hay menos charcuterías. Se han abierto puestos de merchandising turístico, e incluso hay uno que ofrece bufandas de muchos más equipos que los valencianos. Hay otro monográfico en cervezas y más de dos especializados en vino. Es la oferta y la demanda, nada que objetar, pero al menos, ya que mayoritariamente no se dedican a los menesteres para los que fueron designados, estaría bien que abrieran la mano a los horarios comerciales habituales, o sea, por la tarde. Ya no cuela que se levanten todos a las cuatro de la mañana para ir a por el producto, porque hemos visto las cámaras y también los bajos colindantes donde se guarda el material. A mí me da igual, la verdad, pero o se ponen las pilas de verdad, o el Central lleva camino de ser un segundo Mercado de Colón, al que no le tengo que poner ningún pero, pues es lo más parecido por fuera a una versión local del Coven Garden que supera por mucho la oferta gastronómica londinense.

Escondite

Que yerre en ese diagnóstico (el Central terminará como el Colón) depende de la capacidad de poca adaptación que les queda a los vendedores, que fueron de los últimos en aceptar las tarjetas de pago, o en llevar la compra a casa, cuando lo hacía hasta el ultramarinos de la esquina. También pueden jugar al victimismo y señalar a las grandes distribuidoras como culpables, pero en los últimos días alucino cómo los pequeños propietarios, la base del capitalismo popular, se pasa a reclamar una regularización de mercados que no existe ya ni en la China popular. Serán los tiempos convulsos que todo lo confunden e incluso alteran la fortaleza de las ideologías, si quedan. Estaría bien que los autoproclamados enfermeros del antipopulismo, digo del actual gobierno municipal, dejaran de jugar al escondite.

Ignotos

Se recuperó la Mostra, incluso de manera doble, pero la Trobada ha vuelto de forma fugaz de manos de los de Mostra Viva. Desconozco cómo está el mundo del folk mediterráneo, pero las músicas del mundo (como etiquetan las grandes plataformas digitales a los sonidos que no son comerciales) tienen muchos seguidores. Con independencia de lo que señalen los expertos y contrario a la profusión de chiringuitos que abusan del componente cultural en vano para hacer negociete, lo que está claro es que a los ignotos botánicos millenials no les interesa para nada la mediterraneidad, ni los mercados tradicionales.

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