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Tribuna

Los baños del Canyamelar

Los baños del Canyamelar

Los baños del Canyamelar

El trozo de playa entre la acequia del Gas y el puerto, olvidado el resto del año, presentaba la animación de un campamento. El calor empujaba a toda la ciudad a este arenal, del que surgía una verdadera ciudad de «quita y pon». Las «barraquetas» de los bañistas con sus muros de lienzo pintado y sus techumbres de caña, formaban en correcta fila ante el oleaje?» («Flor de Mayo», cap. VII). Así describe en 1895 Blasco Ibáñez el conjunto de «barraquetes» levantadas a pocos pasos de la orilla para facilitar el baño a los muchos visitantes que llegaban al Canyamelar y al Cabanyal.

Hay que destacar que los baños de mar en el siglo XIX tenían muy poco que ver con lo que hoy contemplamos a la orilla de cualquier playa. Para empezar, el baño de ola o en balneario era administrado como un medicamento. No hay que olvidar que fue en el primer tercio de ese siglo cuando se puso de moda entre la nobleza y la burguesía europea la hidroterapia marítima o Talasoterapia, originada en Inglaterra a mediados del siglo anterior.

Médicos eminentes como el doctor Juan Bta. Peset y Vidal así lo reconocían: «Una capital de la consideración de Valencia exigía imperiosamente un establecimiento hidropático bien montado a las orillas del Mediterráneo para tomar sus baños con comodidad? Los que acudan al mar en demanda de su salud perdida, para curarse enfermedades más o menos molestas, conocerán las ventajas de esta mejora» (Topografía médica de Valencia y su zona", 1878, pp. 385-387).

El doctor Peset se refería a los baños flotantes «La Florida», construidos en el puerto en 1863. Dos décadas más tarde (1888) se erigió en la playa del Canyamelar el balneario Las Arenas, modesto al principio pero fastuosamente remodelado en la primera década del siglo XX y que nada tenía que envidiar a los mejores de la costa norte de España.

Los meses apropiados para tomar las aguas eran julio y agosto. La temporada comenzaba el día de la Virgen del Carmen (16 de julio) y finalizaba en el de la Virgen de Agosto (15 de agosto) aunque hacia finales del siglo XIX se solía prolongar hasta el último día de mes. El número de baños por temporada solía ser nueve, o sea, la famosa «novena». Todo estaba reglamentado: la hora para tomarlos (de 6 a 11 y de 16 a 19 para los baños fríos; de 12 a 16 para los baños algo más templados). Sólo se podía tomar un baño por día, permaneciendo 15 minutos en el agua los adultos y 8 los niños. Por supuesto que se debía ir vestido, recomendándose largas camisas elásticas de algodón o lana y tocado con un gran sombrero de paja sujeto con cintas. Se desaconsejaba bañarse inmediatamente después de haber comido, recomendándose dejar transcurrir tres horas desde la última comida. No era recomendable el baño en ayunas, pues era exponerse a un síncope. Quienes debían tomar los baños temprano solucionaban el problema tomando un tazón de caldo, pudiendo meterse en el agua sólo media hora más tarde. Tampoco se debía tomar el baño estando sudado o sintiendo frío.

Durante la temporada de baños se colocaban unas gruesas maromas anudadas a boyas situadas a cierta distancia de la orilla, para que se sujetaran a ellas aquellos bañistas que no supieran nadar.

La forma de entrar en el agua también estaba codificada por aquellos sesudos galenos: no era bueno entrar poco a poco, recomendándose a los nadadores entrar decididamente ante la presencia de una ola, zambulléndose por completo. A los no nadadores se les aconseja coger agua con ambas manos, remojarse con ella la cabeza y, dando una carrerita, meterse mar adentro hasta la altura del pecho y, agarrándose a una de dichas cuerdas, darse una zambullida.

No acababan las recomendaciones médicas al salir del baño, pues una vez el o la bañista en la barraca playera, debía aplicarse una afusión o chorro de agua fría en la cabeza, evitando aplicarlo al resto del cuerpo ya que ello contrarrestaría la reacción. Estaba también tajantemente prohibido mojar los pies con agua fría. Ya vestido el bañista, deberá dar un ligero paseo y, aunque el baño estimula el apetito, se abstendrá de ingerir alimentos al menos durante una hora después de finalizado el baño de mar. Ni que decir tiene que ambos sexos estaban concienzuda y rigurosamente distanciados por orden gubernativa.

Así debían bañarse nuestros bisabuelos en las cálidas playas del Canyamelar y del Cabanyal, aunque dudamos seriamente de que tan escrupulosa y metódica hidroterapia tuviera muchos seguidores.

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