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Ciutat Vella espera al nuevo turismo

La pandemia deja sin visitantes la catedral y el Mercado Central, donde ahora se echan en falta los ingresos generados por los visitantes

Dos turistas observan los frescos de la Catedral.

Dos turistas observan los frescos de la Catedral.

Vecinos y comerciantes de Ciutat Vella esperan el regreso del turismo postcovid. La pandemia obligará a revisar el modelo y fija nuevos retos como el de hacer de la ciudad «un espacio seguro y saludable capaz de atraer a los visitantes».

La ausencia de turistas por la pandemia del coronavirus deja este septiembre, mes tradicionalmente bueno para el turismo urbano, imágenes insólitas de vacío en monumentos que meses atrás eran un hervidero de visitantes. Desde la catedral de València, donde los guías ven las horas pasar sin apenas entradas de público, hasta el Mercado Central, donde se puede comprar sin las apreturas provocadas por los grupos de turistas por los pasillos, pasando por la Lonja, en cuyo majestuoso salón del columnario solo se escucha el eco de las pisadas de algún turista solitario. La covid-19 lo ha cambiado todo, dejando al desnudo el problema del despoblamiento y la dependencia, para algunos excesiva, del turismo en Ciutat Vella, que el año pasado recibió la cifra récord de 400.000 cruceristas.

Los vecinos ven en la pandemia una oportunidad para ir hacia un nuevo modelo de turismo más selectivo y saludable que genere riqueza en los barrios sin expulsar a la población, con la regulación del precio de los alquileres. Un turismo que aporte ingresos para mantener el patrimonio histórico, sin deteriorarlo, como se estudia que podría haber ocurrido con los frescos renacentistas de la Catedral por la acumulación de público y la deficiente climatización, con medidas como limitar a cuatro o menos las escalas simultáneas de cruceros en la ciudad.

"El turismo en verano beneficiaba mucho al Mercado Central porque compensaban la bajada de la clientela local"

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«El turismo no vendrá si no generamos un entorno seguro y una ciudad saludable», recalca Amics del Carme. El portavoz de esta asociación, una de las voces críticas con la llegada masiva de turistas y el fenómeno de los apartamentos turísticos, Toni Cassola, asegura que el barrio ahora «está desangelado, como sin alma». Los apartamentos turísticos apenas tienen demanda y los hosteleros están «muy preocupados», expone Cassola, quien admite que vivir en el centro histórico tiene unas «servidumbres» al ocio y al turismo «pero debe regularse sin pisar a los vecinos, con medidas que vayan más allá de dar carta blanca para ampliar las terrazas».

Un turista en el salón columnario de la Lonja.

La presidenta de la Asociación de Vendedores del Mercado Central, Mercedes Puchades, recuerda que «clientes y vendedores nos hemos quejado del turismo, pero lo que más se oye ahora es que echamos de menos al turista». «En julio y agosto la presencia de turistas ha sido bajísima y en septiembre, cero, cuando en años anteriores venía muchísima gente en este mes». El turismo para el mercado tiene «ventajas e inconvenientes, aunque en verano es muy beneficioso porque compensaba la bajada de la clientela local». «Los turistas compraban mucho jamón, azafrán de hebra, encurtidos, fruta fresca y frutos secos». Hasta los puestos de sartenes y paelleras se nutrían de ese turismo. «Evidentemente al que vende pescado no le favorece el turismo», recalca Puchadas, quien añade que los turistas benefician al mercado, pero también a los comercios y negocios del centro histórico. «El problema ha sido que nos habíamos saturado porque aquí había turistas de marzo a octubre, aunque solo tuvimos que intervenir con los cruceristas, que fue un fenómeno que llegó de la noche al día, para que los guías diesen las explicaciones en la puerta y no bloquearan los pasillos. Ahora tenemos un protocolo que lo regula». Sobre el futuro del barrio, Puchades lo tiene claro. «Necesitamos gente que viva en el centro histórico y no depender tanto del turismo».

Ciutat Vella espera al nuevo turismo

La ausencia de turistas y cruceristas se deja notar y mucho en monumentos, como la Catedral de Valencia, que vieron crecer exponencialmente sus ingresos por venta de entradas, con cifras récord de más de 300.000 visitantes al año. El cabildo tuvo que contratar guías, personal de seguridad, de limpieza, incluso pedir refuerzos de sacristanes. Ahora ajustan presupuesto y reprograman gastos, como obras previstas para restaurar los frescos renacentistas del altar mayor.

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