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RECORRIDO POR EL BARRIO

La Malva-rosa vuelve a los años noventa

Tres activistas de la Malva recorren con Levante-EMV las calles del barrio y descubren sus problemas de urbanismo, dotaciones y droga

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La Malva-rosa vuelve a los años noventa: falta de urbanización, dotaciones y problemas de droga. Una marea humana reivindica la dignidad de un barrio histórico Eduardo Ripoll

Desde hace ya algún tiempo, un grupo de activistas vinculados principalmente al colectivo Amics de la Malva vienen luchando para poner el foco en uno de los barrios más populosos y conocidos de la ciudad, encallado entre la playa que lleva su nombre, el Cabanyal y el campus universitario. Barrio obrero por excelencia, combativo, marinero y muy enraizado en la tradición valenciana, la Malva-rosa vive momentos de dificultad, situaciones que se asemejan mucho a las que ya se vivieron en los años noventa, con problemas de drogas, delincuencia, degradación urbana o falta de dotaciones públicas.

El tiempo ha pasado desde entonces, pero el barrio no ha avanzado al mismo ritmo. Puede decirse incluso que se va descolgando del resto de barrios de la ciudad e incluso que en algunos aspectos ha retrocedido con respecto a lo que se había conseguido en los albores de este siglo. Así pues, para ponerle nombre y apellido a los problemas, Levante-EMV ha hecho un recorrido por el barrio en compañía de Amalia, Manola y Marian, activistas de Amics de la Malva, que ataviadas con sus camisetas reivindicativas salen a la calle a mostrar las miserias de su entorno y reivindicar, sencillamente, un «barrio digno».

Como cualquiera de las entradas a la Malva-rosa tiene algún solar a la vista, el problema de los solares es uno de los que primero destripan. Los hay por todo el barrio, la mayoría sin vallas y abandonados, ya sea por instituciones públicas o por propietarios particulares. Cada uno tiene su propia identidad y problemática, como la suciedad, el picudo de las palmeras o incluso el vallado sin puerta, que sirve de refugio para toxicómanos, principalmente.

«Necesitamos que se construyan, que los limpien y los vallen o que lo haga el ayuntamiento y les pase la factura; que se hagan casas o plazas, que el ayuntamiento compre los terrenos que pueda, pero que se acabe con esta situación, que lleva así toda la vida», piden. Y lo dicen porque el problema de la vivienda es evidente en el barrio, «con alquileres y precios desorbitados que hacen que la gente huya a otros lugares». «En los colegios nos dicen que están perdiendo alumnos», lamentan.

Con las plazas pasa tres cuartos de lo mismo. La mayoría están sin urbanizar y las que lo están tienen los jardines poco cuidados, convertidos a veces en refugios para actividades nada claras, cuentan.

Una de ellas es la plaza de Hugo Zárate, pendiente de urbanizar; o la ya famosa de Antonio Eximeno y la enorme charca en que se convierte cuando llueve. Tienen promesas para ser optimistas y el ejemplo lo tienen en su pareja, la plaza Moreno Gans, que está siendo urbanizada y ajardinada con bastante buen criterio, admiten.

Y es que tanto los solares como las plazas son un problema en sí mismos y un generador de problemas, entre ellos la drogadicción. Con demasiada frecuencia, casi de forma habitual, son refugio de toxicómanos, con lo que eso supone de degradación e inseguridad para los vecinos.

Últimamente no tenían problemas de droga, en todo caso de tráfico de drogas, pero «desde hace unos tres años y medio volvió la heroína», que es mucho más visible y además atrae a personas de toda la ciudad que generalmente consumen allí mismo, duermen en las aceras o los parques y buscan refugio en solares vallados y «abiertos a patadas».

No están en contra de estas personas, advierten. Muy al contrario, piden para ellos un tratamiento como enfermos y mano dura contra los traficantes. Los servicios sociales deben intervenir y ellas desde luego no los criminalizan, insisten.

A quienes sí criminalizan es a los traficantes, concentrados en gran medida en las tristemente famosas casitas rosas. Solo pasear por allí dice mucho del ambiente que se respira. Y si es por la noche más todavía. «Hay un ambiente espeso, de miradas, de gente escondida», dicen. Es más, con demasiada frecuencia las noches son largas, muy largas, ruidosas e intimidantes, por lo que piden mayor acción policial. Admiten que la Policía Local está allí todos los días y que la Nacional trabaja igualmente, pero piden «una intervención integral» contra la delincuencia y en favor de la convivencia ciudadana, algo de lo que también saben mucho en el vecino barrio del Cabanyal.

Siguiendo con el recorrido por el barrio, el propio andar va descubriendo problemas, algunos más pequeños y otros más grandes, pero los suyos. Marian, Amelia y Manola muestran a cada paso las pancartas y carteles que cuelgan de las calles y balcones pidiendo dignidad para el barrio. Y si miran al suelo muestran la falta de cuidado de las calles, de las aceras o de los alcorques, levantados por las moreras y eternamente pendientes de restitución. Según dicen, «esto en el centro no pasa, ni en otros barrios de la ciudad. Esto pasa cuando cruzas las vías y empieza la Malva-rosa», sentencian. «Es otro mundo».

Las recientes visitas de los dos vicealcaldes les han dado ánimos, pero quieren hechos. Son optimistas, pero no quiere quedarse en eso, porque «el barrio es bueno, de gente buena» y ellas quieren seguir viviendo allí toda la vida.

Les falta apoyo institucional y en ese sentido una reivindicación largamente expuesta y anotada también en pancartas callejeras es un centro social con biblioteca. «Somos el único barrio de València que no tiene biblioteca. Los colegios tienen de todo, pero de puertas afuera ya no hay nada, y eso no puede seguir así», dicen.

Los responsables municipales les han dicho incluso que podrían hacer una biblioteca en algún edificio municipal, pero quieren también el centro social, si es necesario levantado desde cero en alguno de los solares que pueblan la Malva-rosa. «Es una necesidad», aseguran.

Para reivindicar todo esto, ayer mismo Amics de la Malva llevó a cabo un nuevo acto de protesta, en esta ocasión una cadena humana, una cadena en cuyos eslabones pueden colgarse una larga lista de problemas y un solo objetivo: dignidad para uno de los barrios más señeros de la capital.

imágenes de la degradación. Las calles de la Malva-rosa ofrecen visiones múltiples de un barrio manifiestamente mejorable. 1 Solar privado con las palmeras muertas por el picudo rojo.

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