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Muy poco berlanguiano

Uno de los campamentos de personas sin techo junto al Botànic. | M.Á.MONTESINOS

Uno de los campamentos de personas sin techo junto al Botànic. | M.Á.MONTESINOS

No soy nada de nieve. Los míos saben que cuando me pierda deben ir a zonas cálidas con mar. Aunque he visto caer aguanieve en València, nunca a La Calderona teñida de blanco. No sé si esa postal ha servido para algo más que el incremento de domingueros en plena pandemia, que ganan por goleada a los catequistas del cambio climático. Pero la nieve y el frío activan la solidaridad vecinal. El otro día me llamó un amigo porque quería poner a disposición municipal un local que tiene para resguardo de los sin techo y también para ofrecerles un plato caliente. Aunque las mejores acciones solidarias son anónimas pudo contactar con el ayuntamiento para obtener la autorización. Sí, además del pico más alto de la pandemia en contagios y muertes, en las calles de València duermen muchas personas cada día. Supongo que los responsables asistenciales lo saben, pero el frío, como la salud, no sabe de burocracia. Además de los refugios individuales en entradas de garajes, oficinas financieras y bancos de parques, he visto auténticos campamentos en el bulevar de Tres Creus (entre el Mercado de Castilla y el Hospital General), en los jardines del MuVIM, en la antigua sede de Hacienda en Guillem de Castro, cerca del Botànic, así como en varios tramos del Jardín del Turia próximos a la Casa de la Caridad. Una entidad con más beneficiarios que nunca en su historia centenaria, cuando se supone que un gobierno municipal responsable debería dejar pocas cosas a una de las tres virtudes teologales. Muchas de las sociedades del bienestar (habrá que plantearse este término también) que nos rodean hace años que resolvieron la gestión de la asistencia social, con un gran control y transparencia, como se ha visto en los Países Bajos, que se ha llevado a todo un gobierno por delante por fraude, populismo y xenofobia. Aquí la versión moderna de la corrupción empezó con la estafa a una monjas de Orihuela y todavía sigue sin declinarse el verbo dimitir. Y sin ir muy lejos, al menos tres concejales de Ribó deberían mirarse en el espejo neerlandés.

Desde hace meses se extiende la desafección entre los votantes y fans del Rialto. No ocultan su enfado por la errática gestión de un ejecutivo municipal con el síndrome del «show de thruman». Todas las conversaciones concluyen, tras reconocer lo mal que lo están haciendo, con un melodramático: «¿o Ribó o Català?». A lo que respondo: «¡lo que quieran los vecinos!, ¿no habíamos quedado que las urnas son la fiesta de la democracia?». Detecto una preocupante deriva despótica entre ese populismo autocalificado de progresista que llena sus listas municipales de vuit, nous i cartes que no lliguen. Porque con sus supuestas elecciones primarias se hacen trampas al solitario.

Salud y economía.

Mientras siguen las disputas digitales entre los socios para ver quien suma más seguidores irrelevantes, los vecinos interpretan la pandemia a su libre albedrío. Las UCI llenas, los hospitales cerrando UCSI para convertirlas en URPA, en una situación peor que en marzo y abril, pero entonces con la barrera del confinamiento. Si el propio Consell no se pone de acuerdo para tomar las medidas oportunas, ¿cómo se atreven a pedir responsabilidad a otros? Los servidores públicos deben ser los primeros en dar ejemplo y por tanto decir la verdad. Está demostrado que contra el populismo y las falsedades solo queda la transparencia y la veracidad. Las cifras de esta tercera ola son peores que en la primera, pero si hay otro confinamiento y se para la economía nos vamos al carajo. ¿Tan difícil es explicarlo así de claro? Porque era previsible, como alertaron muchos expertos, llegar otra vez a donde estamos. Y en vez de sacar pecho, o poner palos a las ruedas, se esperaba más gestión razonable y eficaz. «Empiezo a dudar del modelo autonómico», me confiesa un lúcido ‘agermanat’, pero en sentido contrario del que sueñan los ‘indepes’.

Berlanguiano.

El frío va a seguir unos días. Las personas sin techo hasta donde puedan resistir sus huesos y sus diversas patologías. Hay otros muchos sectores al borde de la desesperación. Sería oportuno dejarse de tonterías y frivolidades. Porque entiendo que hay muchas más prioridades ahora que preparar una gala digital de los Goya. ¡Ay, si Berlanga levantará la cabeza!

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