Las ordinariamente coloquiales declaraciones radiofónicas del actual decano del Colegio de Arquitectos de la Comunitat Valenciana Luis Sendra del pasado 8 de febrero, tras el tercer pico contagioso de la Covid-19, de la catadura «se la torquen en un paper de fumar», relativas al supuesto inexplicable modo en que la Universitat de València habría sacado las construcciones auxiliares y adyacentes, cuidadosamente desmanteladas de la Escuela de Ingenieros Técnicos Agrícolas (EUITA), de los inmuebles a proteger por sus valores patrimoniales en el Plan Especial de Protección (PEP) del campus de Blasco Ibáñez, además de hablar por sí solas, vendrían también a cerrar un círculo nada virtuoso, emprendido allá por diciembre de 2020, en plena segunda ola pandémica, entonces con las insinuaciones iniciales de este mismo activista de, en su opinión, apresuramiento oficial o de tramitación burocrática fuera de los procedimientos comunes de los actuales derribos, imprescindibles para la ampliación del Hospital Clínico, por lo demás ya con el visado favorable, desde hace nada menos que tres lustros atrás (2006), del propio Colegio de Arquitectos para la en aquel momento proyectada expansión de la Facultad de Psicología.

En este orden de cosas y una vez abandonados en el vía crucis de este esperpéntico amago de falaz algarada mediática local, de la que ya dimos puntual cuenta en los anteriores artículos de cosecha propia «La Escuela de Técnicos Agrícolas no es el Teatro romano de Sagunt» (Levante-EMV, 21-12-20) y “¡Oh, el Movimiento Moderno¡” (Levante-EMV, 6-01-21), las recogidas de firmas jaraneras, los manifiestos de arquitectos de España y Portugal en defensa de la antigua Escuela de Ingenieros Agrónomos (sic), los argumentarios proteccionistas de encargo a plumillas jornaleros, en general, de la Arquitectura Racionalista del pasado siglo XX y en particular de la obra valenciana de Fernando Moreno Barberá, pretendidamente vicaria, con tal de cargarse de razones de peso, nada menos que de los maestros Mies van der Rohe y Le Corbusier, a pesar de casos reales como el de los vecinos de la «Muralla Roja» de Calp que rechazan su declaración como Bien de Interés Cultural (BIC), a estas alturas el Colegio de Arquitectos autonómico o bien su bohemio presidente, lamenta ahora peregrinamente de un modo extemporáneo que no haya surgido de la nada en Valencia un «Salvem la facultad de Peritos Agrícolas», al modo del benemérito movimiento ciudadano «Salvem Tabacalera».

Al margen de la prueba del nueve de que en un artículo de la prensa estatal sobre las joyas arquitectónicas del brutalismo que están en peligro en España, del pasado 26 de enero, no se hiciera el más mínimo hueco el caso de la EUITA de Moreno Barberá.

En punto a la última advertencia del patrono de los arquitectos valencianos L. Sendra de que pudiéramos estar frente a un caso prácticamente calcado al de la destrucción de las naves de ladrillo de la Tabacalera y de sus repercusiones judiciales para el erario público, bien merece recordarse, por poner las cosas en su lugar, que en efecto no solo se trata de obras edificatorias de estilos y épocas distintas, sino que el propio gobierno valenciano del Consell ha aprobado la Declaración de Interés General del nuevo equipamiento sanitario del Hospital Clínico de Valencia y que por contra la operación «especulativa» de permuta (2005) de propiedades urbanas de la Tabacalera de 1909, al parecer resulta de dominio público hoy que se trató del «mayor pelotazo de la historia de la ciudad» (Levante-EMV, 11-0217), anulado por sentencia del Tribunal Superior de Justicia de la Comunitat Valenciana (TSJCV), en la que se contemplaba el expolio cometido.

Por consiguiente la casuística patrimonial de la Escuela de Peritos Agrícolas, debidamente avalada por la comisión de legado histórico del Consell Valencià de Cultura (2-02-21), tal como se anuncia más arriba en el título de este artículo, tampoco es ni puede ser la de la industrial Tabacalera, siempre alumbrada por la guía didáctica del inolvidable maestro de arquitectos Juan José Estellés.