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La huella valenciana en la ruta de la seda

Una exposición en el Jardín Botánico de València exhibe la vital importancia que tuvo en la economía de la Comunitat durante más de cuatro siglos

Confección de un tejido de seda en la fábrica Garín de Moncada.    | DANIEL MUÑOZ NAVARRO

Confección de un tejido de seda en la fábrica Garín de Moncada. | DANIEL MUÑOZ NAVARRO

La ruta de la seda fue un concepto acuñado a finales del siglo XIX con el fin de subrayar la importancia de las vías de comunicación utilizadas desde la antigüedad para la comercialización hacia Europa de los productos exóticos procedentes de Asia. Pero, además de estas mercancías, circulaban también por ellas ideas, técnicas, estilos artísticos, creencias, etc., por lo que contribuyeron a intensificar los vínculos entre las civilizaciones de ambos continentes. De ahí que tanto la Unesco como la Organización Mundial del Turismo hayan creado sendos programas internacionales para promover su estudio y estimular el turismo cultural.

El ingreso de España en el programa de la OMT en el año 2015, y la designación de València como «focal point» español por parte de la Unesco, dio lugar a que las instituciones valencianas impulsaran numerosas iniciativas con el fin de subrayar la importancia que la seda ha tenido en la historia y la cultura de la Comunidad Valenciana. En esta línea cabe situar la exposición La participación valenciana en la ruta de la seda. Historia, paisaje y patrimonio, que ha sido promovida por el Vicerrectorat de Projecció Territorial i Societat de la Universitat de València, con la colaboración de Turisme Comunitat Valenciana y Caixa Popular, y que estará abierta hasta el 28 de marzo en el Jardín Botánico de València.

Recogida de la morera y alimentación de los gusanos. | GRABADO JAN VAN DER STRAET

La exposición pretende contribuir a la toma de conciencia por parte de la sociedad de la importancia que la seda tuvo en la historia valenciana entre los siglos XV y XIX. Durante unos 400 años, constituyó la principal actividad económica que se realizaba en el territorio, por lo que ejerció una enorme influencia en las relaciones sociales y las manifestaciones culturales, condicionando la indumentaria tradicional. La relevancia que València adquirió en el comercio del siglo XV determinó que los genoveses difundiesen el cultivo de la morera en el campo valenciano y contribuyesen a la creación de la cofradía de los «velluters» en 1477, que se convirtió muy pronto en el gremio más importante de la ciudad de València. Sin embargo, los artesanos que lo integraban solo consumían una parte muy pequeña de la materia prima que se producía en el territorio, ya que la mayoría de ella se exportaba a Toledo, que constituía el principal centro productor de tejidos de seda de España hasta mediados del siglo XVII.

Pero la expansión del cultivo de la morera comenzó a transformar el paisaje del campo valenciano, ya que la arboricultura tendió a desplazar a los cultivos herbáceos hasta entonces dominantes. No obstante, lo más frecuente era que las moreras se plantasen en los lindes de los caminos y los campos, asociándose con otros cultivos, con lo que se conseguía disponer de varias cosechas. La mano de obra femenina jugaba un intenso papel en la cría de los gusanos y la recolección del capullo de seda. La hilatura se realizaba también de forma dispersa en el mundo rural, mediante la contratación a destajo de mano de obra especializada. Todo ello permitió que el Reino de Valencia desplazase ya al de Granada como principal zona productora de fibra de seda de España desde mediados del siglo XVI. Pero la expansión del cultivo de la morera se intensificó aún más posteriormente, llegando a aportar hasta las dos terceras partes de la producción española a mediados del siglo XVIII. El cultivo se hallaba presente en la práctica totalidad del territorio, dando lugar a que la seda constituyese la producción más valiosa de la agricultura valenciana hasta mediados del siglo XIX.

La huella valenciana en la ruta de la seda

Tras la decadencia de Toledo, la mayor parte de la fibra de seda se dirigía hacia la ciudad de València, que se convirtió en el principal centro español productor de tejidos de seda en el siglo XVIII. Aquella se debía comercializar obligatoriamente en la Lonja, procediéndose luego al devanado en los domicilios particulares y al torcido y tintado en los talleres de los colegios de torcedores y tintoreros. El tejido era realizado por los maestros del colegio del arte mayor de la seda, en cuyos domicilios existía una media de dos telares, en los que aquel trabajaba junto con algún oficial y aprendiz, auxiliados por mujeres encargadas de las labores previas de preparación del telar. Así, en los 3.542 telares existentes en 1788 trabajaban un total de 5.764 artesanos y unas 2.000 mujeres. Pero, teniendo en cuenta las labores previas y posteriores al tejido, se calculaba que la mitad de la población de la ciudad de València trabajaba directa o indirectamente en el sector. Los tejidos de seda se comercializaban básicamente en Madrid, las principales ciudades españolas y, sobre todo, el mercado colonial. Pero la competencia de los géneros franceses, favorecida por su dominio del nuevo fenómeno de la moda, y la independencia de las colonias americanas en el siglo XIX, provocaron una grave crisis del sector.

La producción de tejidos de seda solo logró pervivir en el siglo XX gracias a la elaboración de la indumentaria tradicional. La hilatura de seda resistió algo mejor al procederse a su mecanización. Pero la incidencia de la epidemia de la pebrina en los gusanos de seda a partir de 1854, la competencia de la seda asiática y el desarrollo posterior de las fibras artificiales acabaron determinando la práctica desaparición de un sector que tanta influencia había ejercido en la historia valenciana de los cuatro siglos anteriores.

* Universitat de València

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