El sarcófago de Blasco Ibáñez nunca contuvo el cuerpo de Blasco Ibáñez. «Pero tampoco estaba pensado para eso. Es una pieza representativa». El cuerpo estaría enterrado allí, en el mausoleo, pero debajo. Lo mismo que sucede con otras obras funerarias del escultor valenciano, como los mausoleos del torero Joselito «El Gallo» o el tenor Julián Gayarre: representan ataúdes, pero su interior está igual de vacío. Sus ilustres ocupantes descansan unos metros más abajo.

La obra del novelista valenciano debía ser el elemento definitivo y central de un jardín que debía llevar a cabo el arquitecto Javier Goerlich. Benlliure hizo su trabajo rápidamente en 1935, pero el complejo funerario, junto al Cementerio General, se demoró. Llegó la Guerra Civil y la dictadura no estaba por la labor de honrar de forma tan pomposa a un reconocido republicano. Por lo que el mausoleo cayó en el olvido. Y el sarcófago, también. Mientras, el cuerpo de Blasco Ibáñez, que había regresado a València en 1933, permanecía en un nicho del cementerio civil. Donde aún permanece.

Almacenada o a la intemperie en un patio de luces, ahora se marcha definitivamente al Cementerio General, donde presidirá el vestíbulo principal en calidad de obra de arte. De momento, el novelista continuará en su nicho y, tal como aseguraba la concejala de Patrimonio, Gloria Tello, «no veo que se vaya a producir ningún traslado, aunque sería decisión de la familia». No hay espacio ni presupuesto para una obra tan grande como la prevista por Goerlich (los planos existen).

El sarcófago de Blasco Ibáñez inicia su último viaje

El sarcófago se trasladará dentro de unos días «porque se está preparando el pedestal, que va a ser lo más fiel al original, y se ha encargado ex profeso para que sea de una pieza. Confiamos en trasladarlo después de San Vicente».

«Es una obra de arte»

La técnico municipal Marta López Ricarte aseguró que, una vez instalado en el cementerio, «acabarán los trabajos de restauración». No en vano «es una obra de arte en todos los sentidos y como tal está inventariada». A ambos lados, Benlliure esculpió los nombres de las principales obras del literato y a algunos personajes emblemáticos.

El traslado se hizo a brazo, aunque se había traído una pequeña grúa. «Pesará unos doscientos kilos, aunque la verdad es que nunca la hemos pesado». Se había retirado ya la tapa, que recrea en medio relieve al novelista de cuerpo presente. Los trabajadores la trasladaron como si de un entierro se tratara hasta una carretilla, para posteriormente embalarla. A continuación se desmontó la base de mármol, mucho más pesada, que a su vez irá sobre la mencionada peana.

El cementerio no deja de ser el lugar propio de un sarcófago. «La verdad es que esto es una hazaña, porque llevamos más de ochenta años esperando que llegara este momento». Se descarto la Casa Museo «porque al estar cerca del mar, la acción del salitre no habría sido nada conveniente. Aparte de que se ideó para estar a donde va: al Cementerio General». Finalmente enriquecerá el Museo del Silencio, la ruta didáctica que recorre tumbas o elementos del Cementerio General.

Si no existieran los pies de foto, daría la sensación de que se está llevando a cabo un servicio funerario. Pero no es así: es tan sólo el traslado de un elemento artístico. Mariano Benlliure tardó apenas un par de meses en construir el sarcófago, que debía introducirse en el interior de un mausoleo que nunca llegó a consumarse a causa de la Guerra Civil. La obra, que incluye bajorrelieves de personajes de las obras más conocidas del novelista, no estaba pensada como lugar para depositar el féretro, sino como elemento decorativo, a imagen y semejanza de los dedicados a Julián Gayarre o Joselito «El Gallo», también salidos de su cincel.