Cuando los edificios altos, el asfalto y los parkings inundan la ciudad y el gris es el color que marca el paisaje, el leve bálsamo que proporcionan algunos de los recovecos de València, esos donde asoman recuerdos de una ciudad que antes era huerta, son una caricia para el alma por su ligera brisa de pueblo.

Aunque para encontrar la tierra cultivada que ha dado fama a toda la Comunitat Valenciana hay que desplazarse a los límites de la ciudad, descubrir los vestigios de la València de antaño es más sencillo: basta con adentrarse en algunos barrios que aún mantienen esas, generalmente coloridas, casas de pueblo típicas de dos plantas y patio interior que llaman la atención de los transeúntes.

Más tiempo en casa, más espacio

La pandemia de coronavirus nos ha trastocado la vida. Además de aquellos a los que ha afectado la enfermedad de forma directa, por haber sido contagiados, el confinamiento, la distancia social, los cambios de horarios y el cierre de los comercios han modificado las rutinas y la forma de vivir de los valencianos.

El hecho de haber pasado casi tres meses encerrados en casa nos ha hecho ser mucho más conscientes del espacio en el que habitamos. No en vano, tras el levantamiento del primer estado de alarma, las reformas en las viviendas despegaron y el bricolaje se convirtió en una de las grandes aficiones del personal.

Además de adecuar o mejorar el domicilio, quien tuvo la oportunidad y el remanente económico oportuno, optó por cambiar directamente de casa. La venta de chalets, piscinas desmontables o casas en municipios de interior aumentaron de forma exponencial con la previsión de que íbamos a pasar más tiempo en casa. El objetivo de esta mudanza era tener más espacio y gozar de la libertad de una terraza, aunque no sea muy grande, para tomar un aperitivo o el sol en caso de buen tiempo.

Casas de pueblo que sobreviven en València

Precisamente este ansia de mayor superficie para vivir ha puesto en el punto de mira a unas construcciones que aún sobreviven en la ciudad de València escondidas entre edificios. Signo de lo que en otros tiempos fue la ciudad, las casitas de pueblo siguen luciendo colores y arquitectura coqueta en algunos de los barrios de la urbe.

Campanar, El Cabanyal, Orriols o Benicalap son algunas de las zonas que lucen casas de antaño, por no nombrar a las conocidas como Casas de los Periodistas, situadas en el comienzo de la avenida Blasco Ibáñez, que hacen las delicias de quienes pasan a su lado. Dos plantas, un corral (ahora llamado patio interior) y en algunos casos, un jardín en la parte trasera, componen un espacio deseado por muchos y muy apreciados por sus propietarios.

"Cierras la puerta de casa y el mundo exterior desaparece. La tranquilidad y el silencio es lo que más se aprecia en casa". Quien habla es Alfonso Llopis, propietario de una de estas casas en el barrio de Benicalap. Se trata de una pintoresca casa familiar que cuenta con un gran patio en la zona trasera. Mucho espacio para corretear en el caso de su hijo de casi nueve años.

En esta misma zona de la ciudad, Trini Vicente reside también en una casa típica de pueblo, aunque en este caso cuenta con una llamativa peculiaridad ya que a finales de siglo XIX esta vivienda era una bodega de vinos. Un bonito letrero de cerámica azul en la fachada lo atestigua. "No es raro que al asomarme a la ventana vea a gente fotografiando la casa", dice sonriendo la propietaria de esta singular construcción.

Las ventajas de habitar una casa así coinciden con las de Llopis, "te das cuenta de todo el espacio que tienes en momentos como los que hemos pasado" y sobre los inconvenientes "los gastos, si tienes que llevar a cabo una reparación, eres el único para hacerse cargo, no hay una comunidad de propietarios para compartir. Pero también es cierto que la tranquilidad que tienes supera con creces cualquier contratiempo", explica.

Además del privilegio de vivir en una construcción como esta en la ciudad, este tipo de residencias también conllevan una responsabilidad: generalmente se trata de viviendas protegidas a las que hay que mantener la fachada y, en ocasiones, no se pueden llevar a cabo todas las obras de mejora que cabría esperar para conservar el inmueble .

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Esto es lo que sucede con quienes viven en alguna de estas típicas casas en el casco antiguo de Campanar, donde se mantiene la esencia de un pueblo que ha sido devorado por la expansión de la ciudad. Comercio tradicional, vecinos que se conocen de toda la vida, fachadas de colores, tranquilidad en las calles y en su plaza de la Iglesia (más ahora que el tráfico rodado está limitadísimo).

Carmen, una de las vecinas de toda la vida de este barrio asegura que "no me veo viviendo en otro lugar pero es cierto que mantener una casa como esta (con un gigante patio interior) que está en plena zona protegida es complicado, porque no nos permiten ni arreglar una de las paredes de la construcción, algo que en una vivienda con más de 80 años es imprescindible", explica.