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El paseo pendiente de "biología marina"

El proyecto para la necesaria remodelación de la avenida del Puerto pone por delante a las bicicletas antes que a la personas

Valencianeando

Valencianeando

La recreación del proyecto olvida el que sería el verdadero paseo de València al mar.

Berlanga solía decir que se había acostumbrado a vivir en Madrid, pero que añoraba València cuando enfilaba el largo paseo de la Castellana y al final de esa avenida no encontraba el mar. Así lo cuenta Miguel Ángel Villena en la biografía canónica del maestro del cine. Sin querer, el cineasta se acercó a una frustración histórica de los vecinos de su ciudad natal. Al final de ninguno de los grandes bulevares se divisa el azul mediterráneo. El que tenía todas las papeletas para hacerlo y por eso se denominó Paseo al Mar (actual avenida de Blasco Ibáñez) se queda en El Cabanyal, un barrio maltratado al que nadie es capaz de dar una solución de urbanismo sostenible. A su izquierda, dirección este, la avenida de Tarongers también forma un pequeño embudo entre el principio de la Malva-rosa, hospital incluido, y la servidumbre eclesial de una residencia. Pese a que su proyecto fue ejecutado con un gobierno municipal progresista, no se quiso asumir el esponjamiento necesario para que los universitarios vean el mar al entrar y salir de clase. La avenida de Francia está cortada por las vías, y lo que te rondaré túnel pasante, así que mejor ni hablar. Solo queda como acceso mayoritario la avenida del Puerto.

Las bicicletas, primero.

Nadie discute que la gran artería de casi tres quilómetros (2,75 km) necesitaba una reforma donde se contemplará la posibilidad de llegar a pie al mar desde el centro urbano. Con los nuevos usos saludables y la tendencia mayoritaria de andar, se trata de acondicionar un buen paseo para que en una hora se pueda ir desde el Palau de la Música a la Casa del Reloj. Con uno de los mayores anchos de calzada del 'Cap i Casal' hay alternativas suficientes para peatones, transporte público, bicicletas y vehículos privados. Pero el proyecto presentado esta semana demuestra una vez más que son más importantes las bicicletas que las personas. Y por su puesto que para nada cuenta la opinión de los vecinos, los principales damnificados. Claro que es maravilloso ir en bici a la playa, como pasa desde hace años, lo que hay que buscar es una solución para ir cómodamente andando, una posibilidad al alcance de muy pocas ciudades del mundo. Y por tanto, con el diseño de un paseo central que permita completar todo el recorrido de principio a fin sin cortés se antoja como la solución más consensuada, en vez de la cada vez más bochornosa dictadura de la bicicleta. En plena revolución del transporte público eléctrico también falta un carril de tranvía, que además daría un valor literario de primer nivel al acceso al mar.

¿Capital de Noruega?

Esa imaginaria rambla es lo que necesita València para etiquetar la impronta de «biología marina» que Berlanga exhibía en su cine, ese ambiente mediterráneo donde las gentes disfrutan de esas calles luminosas por el día y canallas de noche. Abiertas las 24 horas a ver pasar la vida, en sus terrazas, en sus tiendas y con Puerto al servicio de los ciudadanos y no al revés. Es preocupante que los responsables municipales hayan cambiado el espíritu de la mediterraneidad para optar por un modelo escandinavo sin leer ni siquiera ‘Noruega’.

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