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Las invisibles Académicas del arte

El género condicionaba la educación y el desarrollo de cualquier actividad artística

Las invisibles Académicas del arte

Las invisibles Académicas del arte

Cuando nos planteamos este artículo, no dudamos ni un instante en que podríamos disfrutar dando a conocer esas pintoras totalmente desconocidas para la mayoría de nosotros. Pronto nos dimos cuenta de que el trasfondo resultaba triste y descorazonador; volvían a aflorar las vergüenzas de nuestra condición humana y regresábamos a las raíces mas profundas de las diferencias entre hombres y mujeres.

Hablar de mujeres artistas, en este caso pintoras, en los siglos XVII, XVIII y primera mitad del XIX, es hablar de mujeres invisibles; mujeres que la historia se ha encargado de arrinconar en el olvido. Nunca sabremos el nivel que hubieran podido alcanzar muchas de ellas si hubiesen contado con las mismas condiciones que los hombres, pero sí que podemos recordar y valorar el trabajo de algunas de ellas para hacerlas visibles. Mientras no seamos capaces de reconocerlas, la verdadera historia del arte estará incompleta.

La Valencia del siglo XVII, contaba con un número muy elevado de población que vivía en el umbral de la pobreza, con un índice de mortalidad infantil y de niños expósitos muy elevado. Desde muy jóvenes, mientras los niños eran colocados como aprendices o domésticos en familias pudientes, las niñas eran preparadas para casarse o para entrar en el convento. En el mejor de los casos, si las mujeres nacían en el seno de algún artista o bien eran casadas con alguno de ellos, aprendían y asumían el oficio de éste dada la organización primitiva y familiar de los talleres artísticos; tenemos un buen ejemplo en Dorotea y Margarita Masip, hijas de Vicente Juan Masip Navarro, nuestro Juan de Juanes, y nietas de otro grande, Vicente Masip, a ellas se les atribuye el retablo de la Capilla de las Ánimas en la Parroquia de la Santa Cruz de Bocairente; Jerónima Eugenia Requena, esposa del pintor Fernando Benito, que fallecido éste, siguió con el oficio de su marido. Son suyos los dorados de los altares de la Iglesia del Corpus Christi de nuestra Ciudad, encargados por el Patriarca San Juan de Ribera; Josualda Sanchís esposa del pintor Pedro Infante, fundadora de una academia de pintura de la que entre otros grandes artistas salió Gaspar de la Huerta; ya en los primeros años del siglo XVIII, Josefa María Larraga hija del pintor Apolinar Larraga, de ella podemos encontrar en el convento de Santo Domingo varios relicarios pintados. Así mismo, daba clases de dibujo y pintura gratuita a mujeres en una academia que regentaba.

La mujer valenciana del siglo XVIII, tenía limitado el trabajo fuera de la familia a unas pocas y muy especificas tareas: la cría de gusanos de seda, el hilado de lienzos, confección de rodeteras de hilo de seda, lactancia en familias privadas o en expósitos del Hospital General, también podían ser regatonas en sus puestos de venta de productos alimenticios o quincalla.

En el terreno de la enseñanza, las diferencias eran muy importantes, la enseñanza elemental era discriminatoria, mientras en la ciudad de València durante este siglo existieron diez escuelas públicas para niños, tan solo cuatro fueron para ellas: El Colegio del Refugio fundado en 1711 para dar enseñanzas a las huérfanas de la Guerra de Secesión y a las hijas de militares; el Real Colegio de San Vicente para niñas huérfanas; el Colegio de la Misericordia; y la Real Casa de la Enseñanza y Colegio de Educandas creado por el Arzobispo Mayoral en la calle de la Sangre, donde se daban clases, en el segundo piso, a doncellas de distinguida cuna mientras que en el principal y los bajos se destinaban a la enseñanza a niñas pobres. Las materias que se impartían a las niñas eran: Doctrina Cristiana, calceta, costura, bordado, lectura y escritura. Tan solo en el Colegio de Educandas, el de las familias pudientes, se le sumaban a las asignaturas anteriores: gramática, dibujo, francés y baile, acentuando las ya de por sí diferencias entre niños y niñas con la categoría social entre ellas.

Un ligero y necesario cambio llega a mediados del XVIII con la Ilustración y la creación de numerosas Academias, entre ellas la de las Bellas Artes de San Carlos, que será durante un siglo el filtro y registro de todas estas Artistas con inquietudes creativas, puesto que desde su inicio hasta 1849 en que los Estatutos de la Academia varían, son registrados todos los nombramientos. Aunque las mujeres siguen siendo marginadas del poder político y jurídico se les permite en el campo artístico, veladamente, incorporarse en el desarrollo público de sus inquietudes artísticas únicamente si eran ricas o nobles. Hablamos de un avance «velado», puesto que se les permite optar al grado de académicas pero en cambio no se les permitía asistir a sus clases para perfeccionar sus técnicas, ni asistir a Juntas ni ocupar cargo alguno. Las artistas para acceder al grado de Académicas debían presentar junto a una obra propia, una carta de presentación tal y como hacían los hombres pero con una salvedad, en ellas no se debía reflejar que estuvieran satisfechas de su saber, ni debían demostrar búsqueda de notoriedad y tenían que dejar claro que sus inquietudes artísticas las realizaban cuando sus ocupaciones caseras se lo permitía.

Existían tres grados en el nombramiento de Académicas: de Honor, de Mérito y Supernumerarias. El de Académica de Honor estaba reservado para personalidades amantes de las Bellas Artes que lo único que daban a la Academia era prestigio. Las Académicas de Mérito debían demostrar un elevado talento artístico en la obra presentada. Por último, las Académicas Supernumerarias no demostraban la categoría suficiente para ser nombradas de Mérito, aunque si después demostraban una evolución positiva podían acceder al grado superior.

La primera valenciana nombrada Académica de Mérito fue Josefa Mayans Pastor el 21 de Octubre de 1776, anteriormente ya habían sido nombradas dos mujeres Académicas: Micaela Ferrer que alcanzó el grado de Supernumeraria el 14 de Agosto de 1773 al presentar varios dibujos a lápiz y dos cabezas al óleo, llegando el 13 de Abril de 1777 al grado de Académica de Mérito y Engracia de las Casas Aragorri natural de Barcelona e hija del Intendente de Cataluña, nombrada Académica de Mérito el 23 de Octubre de 1774 por una obra al pastel titulada «Virgen con el Niño». Volviendo a Josefa Mayans Pastor, hija de Manuel Mayans receptor del Fisco del Tribunal de la Santa Inquisición y sobrina del erudito Gregorio Mayans, presentó una obra al pastel con el nombre de «Nuestra Señora».

A estas tres primeras artistas se sumaron otras tantas : María Caro Sureda, hija del Marqués de la Romana, nombrada el 18 de Diciembre de 1779 Académica de Mérito por su obra «Imagen de la Virgen» realizada al pastel; alcanzó el mismo grado Manuela Mercader Caro, hija del Barón de Cheste y esposa del Barón de Cortes de Pallás, José A. Frigola, fue nombrada ese mismo día Académica de Mérito por su obra al pastel representando a San Francisco de Asís; Casilda Bilbao tan solo pudo alcanzar el grado de Supernumeraria el 9 de Agosto de 1789 al presentar el libro de Principios de Ribera, una especie de cartilla con la que se aprendían los principios básicos del dibujo; Asunción Ferrer Crespí de Valldaura hija del Conde de Almenara y discípula del pintor Matías Quevedo, alcanzó el grado de Académica de Mérito el 26 de Octubre de 1795 al presentar un óleo con una cabeza, basada en una obra de Guido Reni.

Primeros nombramientos

Ya en el siglo XIX, encontramos los primeros nombramientos: María Vicenta Ramón de Sentis y Ripalda, V Condesa de Ripalda y esposa del miembro de la Junta José Mª Agulló y madre del que sería presidente de la Academia de San Carlos de 1850 a 1868 y esposo de Josefa Inés Paulín de la Peña , José Joaquín Agulló y Ramón de Sentis. Fue nombrada Académica de Mérito el 12 de Julio de 1801 por el óleo «Nuestra Señora», basado en un original de José Vergara; Eulalia Gerona Ros de Cabanes sucesora del Mayorazgo de Gerona, Académica de mérito el día 22 de Julio de 1802 por su obra al pastel en la que representaba a un joven de medio cuerpo ciñéndose una corona de laurel; María del Pilar Ulzurrum de Asanza y Peralta hija del Marqués de Tosos y esposa del pintor José Ribelles Feliu, fue nombrada Académica de Mérito el 22 de Julio de 1804 por un dibujo a lápiz titulado «mujer en el jardín»; ese mismo año pero en Diciembre fue nombrada Académica de Mérito Josefa Martínez y Enrile de Tamarit, discípula de Vicente López por su «Cleopatra»; Luciana Perea Sulroca hija de un famoso comerciante del Grao y primera esposa de Roque Paulín Quijano, padre de la futura Condesa de Ripalda, Josefa Inés Paulín de la Peña. Alcanzó el grado de Supernumeraria por su dibujo «Betsabé y Salomón» el 2 de Diciembre de 1810; en la misma fecha y alcanzando el mismo grado fue calificada su hermana Concepción Perea Sulroca que presentó su dibujo «El rapto de Europa»; y María Concepción Castellví y Cardona, baronesa de Alcácer y esposa del Marqués de Rafol, por su óleo «Beato Nicolás Factor».

Tras ellas, consiguieron el grado de Mérito: Josefa Miranda Sebastián (1811), María Josefa de Frías y Merguil (1815), Ana Torres Bernabeu (1818), Clementina Bouligni de Pizarro (1819), María de los Remedios Colechá (1820), Segunda Martínez de Robles (1827), Ramona Novella Alvir (1830), Agnes González Valls (1832), María Concepción Gándara (1833), María Teresa Nicolau Brodi (1834), María Dolores Caruana Bernard (1837). Otras mujeres también invisibles en su época que presentaron sus obras y desconocemos si llegaron a alcanzar algún tipo de reconocimiento pero que merecen ser nombradas por su valentía e inconformismo con lo establecido: Josefa Veri Salas, Blasa Cros de Vidal, Mercedes Villorias de Frías, Emilia Hernández de Alba Ferrer, Vicenta Valero Camerano, Ignacia Goloróns, Rafaela y Manuela O’Donell Clavería y María del Pilar Osorio.

Un recuerdo a 39 mujeres, hoy al menos visibles, que de alguna manera fueron pioneras entre la Valencia del siglo XVII y la primera mitad del XIX.

Tristemente, la gran mayoría de obras de estas artistas se encuentran en colecciones privadas o en el inventario de algún Museo y catalogadas como anónimas.

Porque no podemos limitarnos a celebrar tan solo «un día de…» al año, Verum Valentia pone su granito de arena para que un día cualquiera, como hoy, recordemos que el género de una persona nunca debe condicionar la educación o el desarrollo de cualquier actividad artística…

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