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El crimen de ‘El Metro’, la tragedia que sobrecogió la València del 27

Algunos medios victimizaron al criminal y demonizaron a la mujer

En principio la tarde del sábado del 2 de abril de 1927 era una más en València. La calle San Vicente vivía su tradicional animación, con el ir y venir habitual de transeúntes y parejas. En el teatro Olympia, donde se había proyectado, «Rin-Tin-Tin y el cóndor», el público estaba disfrutando de «Un beso, por favor», una comedia protagonizada por las entonces estrellas Dorothy Devore y Matt Moore. El establecimiento de tejidos El Metro, situado enfrente del cine, estaba a punto de cerrar sus puertas. Dentro se encontraba Leonor Sogorb acompañada de su marido, Emilio Alegre.

Alegre trabajaba en la Compañía Valenciana de Tranvías desde hacía cuatro años. Ese sábado había estado en su puesto de trabajo hasta las 3:37 de la tarde. Como cualquier otro matrimonio, la pareja salía habitualmente. El mismo viernes anterior a la noche de autos se les vio en el Teatro Ruzafa. Nada hacía prever lo que iba a suceder.

Leonor Sogorb. fotografía de l pueblo

Al principio, Alegre se comportó con naturalidad. Según relataba El Mercantil Valenciano, fueron al mostrador donde se encontraba uno de los dueños, José de la Chica. Leonor le pidió ver unas telas de seda para hacerse un traje de señora. Eligió una de color vinagre oscuro y solicitó a De la Chica que le cortara la necesaria para el traje. Alegre preguntó el precio y si su mujer debía algo más. De la Chica recordaba que unas 15 pesetas, una cantidad no muy elevada; por hacer una comparativa, una camisa bordada entonces costaba unas cuatro pesetas.

De la Chica fue a por la libreta con las deudas. Volvió con ella. Mientras la miraba, y sin que nadie se diera cuenta, Alegre sacó una pistola Star de nueve tiros y disparó sobre el dueño de la tienda. Herido, De la Chica fue a refugiarse a la trastienda, murmurando mientras se trastabillaba:

—Pero, ¿qué ha hecho este hombre? ¿Por qué me ha tirado a mí?

Alegre, sin decir palabra, se volvió a su mujer, que estaba de espaldas a él y, cogiéndola por un hombro, le obligó a volverse para dispararle a la cara. Leonor gritó e intentó evadirse, pero no pudo. Alegre disparó y el proyectil le perforó el cuello. La joven cayó al suelo, prácticamente muerta. Antes de que nadie pudiera hacer nada, Alegre apoyó el cañón en su sien derecha y se descerrajó en la cabeza.

Fue un guardia municipal, el 148, José Medina, el primero en llegar. El agente, que se encontraba en la calle Sangre, se encontró a una clienta que despavorida le gritaba que estaban matando a gente en «El Metro». A Medina le acompañaron los guardas de seguridad del Olympia, que entraron en la tienda con él. Leonor aún estaba con vida, al igual que su marido y asesino, pero era evidente que estaban más cerca de la muerte que otra cosa.

Rápidamente, los allí presentes salieron a la calle San Vicente y reclamaron la atención de coches particulares para que llevaran los cuerpos al Hospital Provincial. También trasladaron allí al otro herido, De La Chica, cuyo estado era menos preocupante. Esa misma noche se le extrajo una bala del omoplato y se le devolvió en coche a su casa, sita en el número 31 de Guillem de Castro.

Menos suerte tuvo Leonor. Los médicos sólo pudieron certificar su muerte. Tenía 32 años y llevaba ocho meses casada con Alegre. Su asesino no falleció enseguida. Le practicaron una trepanación y, en torno a la una de la madrugada, recuperó el sentido, aunque ya no pudo testificar. Su estado era grave. Agonizaría durante una semana.

La «sobrecogida» València

La prensa del momento era muy dada al sensacionalismo. Le gustaban los crímenes como a un cerdo un lodazal. Como reflejaron Francesc Andreu Martínez y Antonio Laguna en «Sangre, miedo y evasión: el sensacionalismo periodístico en España», a principios de siglo XX se tendió al sensacionalismo casi como una ley física: de manera inexorable. La necesidad de competir y el alto interés del público eran dos argumentos más que sobrados. Vendía y eso era lo importante.

«El crimen de la calle Fuencarral es el primer culebrón, es el suceso que inicia en España ese subgénero periodístico que es la crónica negra», explica Laguna. A partir de entonces, los incipientes medios comenzaron a tener periodistas especializados en tribunales. Al igual que ahora hacen los programas matutinos de televisión, dedicaban días enteros a dar vueltas sobre cualquier hecho escabroso buscando el detalle más sórdido. Sin necesidad de Twitter, se creaban agrios debates en cafés y casinos.

La moda periodística, muy criticada por la Iglesia, gozó paradójicamente de una edad de oro durante la dictadura conservadora de Primo de Rivera (1923-1930). «Al no poder escribir de política, los medios habían apostado por este tipo de periodismo como una estrategia de mercado», explica Laguna.

Y eso fue lo que sucedió con el asesinato de Leonor. Los cuatro grandes de la prensa valenciana del momento informaron sobre él. Primero se narró. Después, se ahondó en los detalles, hasta el más nimio, la descripción absoluta, se especuló sobre pensamientos y, por supuesto, se habló con los implicados y familiares buscando llanto y dolor, si bien pronto tendieron a dar más cancha a Alegre y su entorno. «Técnicamente hablando», comenta Laguna, «apostaban por el primerísimo primer plano».

Y el que tenía un primer plano más favorecedor era el asesino. Su padre, el doctor castellonense Alfredo Alegre, había saltado a la fama doce años antes por matar en una disputa al cacique de El Pobo, el alcalde Julián Herranz. Encarcelado por el crimen, por toda España, especialmente Madrid, se hicieron manifestaciones pidiendo su indulto y se le convirtió en un emblema del anticaciquismo. Ahora su hijo Emilio iba a ser también noticia.

El porqué del asesino

El que menos cobertura informativa dio fue Las Provincias, que, como diario conservador, y siguiendo los preceptos de la Iglesia, en general prestaba poca atención a este tipo de asuntos. Aun así, recogió el crimen en su edición del domingo 2 de abril porque había puesto «en conmoción a toda València» y «fue anoche el tema obligado de todos los comentarios».

El Mercantil Valenciano dio amplia cobertura los primeros días a lo que calificó de «tragedia misteriosa». Pero los que más ahínco pusieron fueron el diario de Blasco Ibáñez El Pueblo, dirigido entonces por Félix Azzati, y La Correspondencia, que se volcó con el asunto quizá impelido por el hecho de ser el único que no informó de lo sucedido en su edición dominical.

El porqué del criminal se convirtió en el «late motiv» sobre el que se edificó la cobertura de esos días. «Las razones por las cuales realizó este tenebroso designio son tan suyas que sólo a nosotros nos toca pasar sobre los hechos, dejando estampada la verdad externa», escribía el cronista de El Pueblo.

Esa verdad externa fue desgranándose como un culebrón, siguiendo la práctica habitual. Primero, la diferencia de edad entre el matrimonio; Leonor era cuatro años mayor que Alegre, algo inusual. Después, los humildes orígenes de la «mujer joven y agraciadísima» que trabajaba de empleada en la zapatería La Imperial. Más tarde, que la familia de ella, al parecer, no había aprobado el matrimonio por la «acritud» de Emilio.

Fue el testimonio una hermana de Leonor, Encarnación, la que desmontó la tesis del «extravío momentáneo». El periodista de La Correspondencia le relató que, «aunque delante de la familia se portaba atentamente, Emilio maltrataba frecuentemente» a su joven esposa. También se desveló que, días antes del doble crimen, Alegre había intentado suicidarse en su casa con una navaja.

Pese a estos hechos, hubo voces, especialmente de sus compañeros, que quisieron justificar al asesino aduciendo a los celos de Alegre. «Entre sus compañeros se le tenía verdadera estima por sus condiciones de carácter, tanto como por sus conocimientos y educación», decía El Pueblo. Era un buen vecino; saludaba por las mañanas.

La tesis de los celos se apoyó en que Leonor había trabajado en El Metro y se decía que había mantenido una relación sentimental con De la Chica, extremo que éste negó. Se decía que ella había provocado a su marido siéndole infiel.

Francisco Pierra, publicó un artículo en El Pueblo, No se debe matar, por nada, en el que poco menos que justificó el asesinato. «Esas vehemencias o impulsos son innatos. Nacemos así», aseguraba Pierra. «Yo opino que no se debe matar por nada pero si un hombre fríamente o en un momento de obcecación mata a su amor, debe volver el arma contra su corazón y matarse también: porque si mató a su amor…, ya sin él… ¿para qué quiere la vida?».

Frente a este sentir, Eduardo Buil denunció la barbarie del crimen machista en las páginas de El Mercantil Valenciano, donde publicó un artículo titulado El crimen pasional. Su primer párrafo era explícito: «Todo crimen es la negación de cuanto superior y elevado late en la humana criatura; es un retroceso a la barbarie y la bestialidad». «El crimen mal llamado pasional deben condenarlo todos los hombres honrados por conciencia», añadía. Y concluía: «Nadie tiene derecho a disponer de la vida de un semejante».

Pese a que Buil reclamaba que se uniera la voz de los hombres «de buena voluntad» en «una diatriba» contra «el crimen pasional», su petición no fue secundada. El funeral de Alegre fue multitudinario. Sus compañeros llevaron el ataúd a hombros. El féretro fue paseado en una carroza tirada por cuatro caballos. «Al paso del entierro por las calles (…) se estacionó gran gentío», recogía la crónica de El Pueblo. «¡Paz al ofuscado y desventurado!», clamaba El Mercantil Valenciano en su crónica. La directiva del Sindicato de Tranviarios guardó tres minutos de silencio por su muerte. Su padre, el doctor Alegre, perdió la razón y en 1927 fue ingresado en el Manicomio de Jesús.

Leonor, la humilde dependienta hija de una honrada familia de losPoblados Marítimos, la mujer maltratada por el inestable hijo de un famoso doctor, no tuvo un entierro similar. Una vez practicada la autopsia, prácticamente dejó de existir para la prensa. La víctima fue borrada. No consta si hubo minutos de silencio por ella. No se realizaron proclamas pidiendo paz por su eterno descanso. Y su nombre se unió al olvido. Nadie habló de ella.

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