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La Gallera cumple cinco años como espacio histórico infrautilizado

El inmueble está abandonado, pero no en ruina porque tiene una completa y reciente rehabilitación

La Gallera es un gran patio interior con gradas desde las que el público veía las peleas de aves. m.d.

«Cuando se rehabilitó se quitó todo el suelo de madera. Todavía se notaban las manchas de sangre». La anécdota es conocida, pero no deja de sorprender y evocar otros tiempos. Era sangre de los gallos obligados, por genética y crueldad, a clavar el espolón en el corazón del rival para evitar que se lo clavaran a él, aunque lo normal es que eso le ocurriera al siguiente o al otro combate. Pero en la sociedad decimonónica -y en parte de la del Siglo XX- era un espectáculo normal, asumido y seguido. En València y en cualquier ciudad de las entonces sociedades civilizadas.

Una de las espectaculares exposiciones que albergó La Gallera. germán caballero

Ahora, las peleas de gallos tan sólo perviven de forma clandestina. De vez en cuando se reporta la intervención de desgraciadas aves en redadas policiales.

La suciedad empieza a acumularse en el inmueble vacío. m.d.

El caso es que la tragedia de los gallos dejó en València, aparte de rastros de sangre y enriquecimientos y ruinas personales por las apuestas, uno de los edificios más singulares de Ciutat Vella. Que además, por el nombre, no engaña: La Gallera. Pero el edificio se encuentra, en estos momentos, en una situación delicada. Fue abandonado de uso por la Conselleria de Cultura con el cambio de color en la Generalitat. Ahora está en oferta. El cartelón de Engel&Völkers Commercial no engaña: disponible. La promociona en busca de inquilinos o compradores. «Sinceramente, venderla no quisiéramos venderla porque es un patrimonio familiar desde nuestro bisabuelo», asegura uno de los propietarios del inmueble, Rogelio Martínez, que tiene la propiedad compartida con su hermano Julián. «Pero lo cierto es que lleva años sin tener uso. Desde que se fueron. Entre otras cosas, porque tiene limitaciones para su utilidad. Es un destino cultural y ahora mismo, no puede salir de eso. Si se pudiera ampliar el uso seguramente habría más posibilidades. Si las instituciones lo quisieran recuperar, por nosotros perfecto».

Porque La Gallera está, simplemente, eso: abandonada. Más bien vacía. Pero no va a amenazar ruina en muchas décadas. Porque cuando el gobierno socialista de la Generalitat se fijó en ella a finales de los años ochenta le hizo una rehabilitación integral. Es cuando salieron las tablas ensangrentadas. El contrato consistió en ceder el uso durante años a cambio de su reforma. Y ahora es un edificio muy sólido, pero vacío.

«Antes sí que era un peligro. Por ejemplo, el techo era como los antiguos, de paja y cañas. Teníamos miedo que, con cualquier castillo o cremà de las Fallas pudiera incendiarse». Porque, además, durante años sirvió de almacén para la tienda de ferretería Planchadell. «Y ahí había mercancías de todo tipo, incluyendo cosas que habrían sido inflamables. Afortunadamente, nunca pasó nada, pero siempre tuvimos ese temor».

El 1 de enero de 2017, La Gallera dejó de pertenecer al Consorcio de Museos. Durante los años que funcionó dejó toda suerte de originales puestas en escena. Pero la reorientación de los presupuestos descartaron este espacio. Hace ya cinco años se puso en el mercado, sin éxito.

El edificio está como nuevo y contempla todas sus particularidades. Es sumamente sencillo. Un gran patio central, lleno de luz, que es donde estaba el reñidero, y tres filas de gradas en otros tantos pisos. El primero, para los vips, los que hacían más y mejores apuestas y los propietarios de las aves. Arriba, nunca mejor dicho, el gallinero. Donde las clases populares se jugaban los reales, los doblaban o los perdían. Ahora tan sólo se acumula polvo, algunos restos desparramados por el suelo de los pisos altos y puertas que se atascan.

Pero a partir de ahí, el edificio rezuma solidez. En las columnas desnudas, en los suelos nuevos, las escaleras -que son una patada estética, pero estarán homologadas- o las añejas barandillas. Hasta ese techo está reformado y es ahora de ladrillo. Desde el aire, la claraboya destaca claramente de entre los techos circundantes. A la espera de que a alguien le conmueva que un recuerdo de la València decimonónica (el forjado 1870 de la entrada no engaña) permanezca sellado.

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