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Los cementerios del Hospital General

El 13 de Enero de 1797 fue inaugurado el Cementerio del Hospital en el Camino de Patraix. La primera persona enterrada allí fue Francisca Sales, viuda de Fernando Prats.

Los cementerios del Hospital General | ARCHIVO DEL REINO

Tras el incendio del Hospital en 1545, se levantó un nuevo edificio hospitalario y aprovechando la bula papal, otorgada por Benedicto XIII el 27 de Agosto de 1411 a favor del Hospital de Inocents, se instaló dentro del recinto un cementerio. Éste se situó en el claustro del crucero de enfermería que mira al sudoeste (recordemos que este edificio se salvó de la piqueta y que está en uso en la actualidad como principal biblioteca de la Ciudad; tan solo el brazo donde se encuentra la entrada, sufrió un retranqueo de varios metros).

La instalación de un cementerio en el hospital, dentro de las murallas de la ciudad, no era nada extraño, puesto que cada parroquia tenía su propio cementerio adjunto al edificio; incluso el enterramiento de nobles y eclesiásticos solían realizarse en las criptas tanto de Iglesias como de Conventos.

Las dimensiones de este cementerio eran de 29,9 metros de largo por 20,8 metros de ancho, haciendo un total de 621,92 metros cuadrados. Constaba de una pequeña capilla adosada a la pared de la enfermería con vasos comunes a cada lado, un cuarto donde se podía velar a los difuntos y otra estancia donde se realizaban las autopsias denominado cuarto de anatomía. Estaba situada junto a la balsa de lavado y la acequia de Rovella, donde echaban los desechos sobrantes después de practicar las autopsias.

Los cementerios del Hospital General | POSTALES DE VALENCIA BLOGSPOT

En 1729, dada la saturación del cementerio, se habilitó otra nueva zona para efectuar los enterramientos. Se eligió una parte en el tránsito del Hospital, justo en la salida a la Calle del Fumeral (actual Calle de Quevedo), junto a la casa del aguacil y haciendo divisoria con los terrenos pertenecientes al Convento de San Agustín. Este pequeño cementerio es nombrado en la documentación de la época como «Fossaret» y podemos verlo identificado en el mapa del hospital de 1749 con el n.25, mismo número y color que el cementerio del crucero. Este mapa se encuentra en el Archivo del Reino de Valencia, donado por el Archivo departamental de Aude (Carcasonne, Francia) , realizado por orden del Marqués de Malaespina, Intendente General del Reino de Valencia y Murcia.

Problemas higiénicos

Este pequeño cementerio no fue la panacea deseada y muy pronto, el 6 de Enero de 1786, la dirección médica del Hospital redactó un contundente informe dirigido a la Junta del Hospital, en el que se indicaban los problemas higiénicos y de salud, en los siguientes términos: « (…) este cementerio, está situado en uno de los ángulos de las enfermerías, es de figura cuadrada, las dos partes del cuadro son las enfermerías, los otros dos dan a la casa de locos y las habitaciones de algunos sirvientes; no tiene ventilación de aires, quedando por la elevación de estos edificios sin poder tener salida los vapores que salen de la tierra y de los vasos comunes donde se entierran tantos cadáveres, dejando paso a la humedad hedionda y corrompida a todas las paredes de las enfermerías y entrando dicha putrefacción por las ventanas, corrompiéndose más por el calor del sol, inficiona el aire lo hace pestilente capaz de producir una epidemia maligna, no solo en las enfermerías sino que también en la vecindad y resto de la Ciudad». Como solución solicitaban el traslado del cementerio fuera de la Ciudad.

Este informe coincidió con la proposición que había realizado en 1776 el doctor Antonio Pascual y García al Claustro de Medicina de la Universidad de Valencia, en el que aconsejaba el traslado de los cementerios a lugares extramuros para evitar enfermedades y epidemias y que fue respaldado en su totalidad por el Claustro el 13 de Julio de 1782.

El 22 de Abril de 1786 la Junta del Hospital suplicaba al rey Carlos III la aprobación para construir un cementerio extramuros, pero no es hasta el 3 de Abril de 1787 que el rey redacta la Real Cédula en la que por Punto General se mandaba restablecer el uso de los cementerios ventilados y el traslado de los cementerios fuera de las poblaciones, caso de que éstos se encontraran en lugares poco ventilados y poco distantes a los vecinos.

El lugar elegido para levantar su cementerio extramuros fue un terreno adquirido el 21 de Enero de 1780 a Phelipe Gil Dolz, por un precio de 5.400 libras, en la Partida de Patraix, justo en el camino que llevaba hacia esa población. Se trataba de casi 4 cahizadas con moreras, dividida en dos pedazos contiguos: uno de 2 cahizadas y 3 hanegadas y otro de 1 cahizada y 3 hanegadas. Hoy en día estaría localizado en la manzana que forman la Calle Cuenca (antiguo Camino de Patraix), Av. De Pérez Galdós y Marqués de Zenete.

En la primera solicitud al rey, la Junta recomendaba para facilitar el traslado de los cadáveres la apertura ocasional del Portal de los Inocentes, que permanecía cerrado desde hacía años, evitando así pasar los carros con los cadáveres por una de las puertas mas concurridas de la ciudad como era el Portal de San Vicente.

En 1790 el expediente del nuevo cementerio, se encontraba detenido en el Consejo creado por Carlos III, pendiente de ser gestionado por sus fiscales. En Septiembre de 1794 la Real Junta de Gobierno del Hospital solicita la rápida resolución del tema, pero no es hasta el 12 de Junio de 1796, casi 10 años después de que se iniciara el proceso, cuando se recibe la conformidad para la construcción del nuevo cementerio, aunque se desestima la construcción de una capilla y cualquier otra obra reflejada en los planos enviados, que no fueran las cuatro paredes que lo cierran, por falta de caudales en el hospital.

En Agosto de 1796, ante la inminente conclusión de las obras del nuevo cementerio del hospital, la Junta solicitó a la ciudad permiso para la composición del camino para el tránsito de los carros. La aprobación fue dada incluyendo el permiso para realizarlos en fin de semana con el único precepto de que antes de iniciar el trabajo, oyeran misa los obreros.

En Enero de 1797, pocos días antes de la inauguración del nuevo cementerio, la Junta solicitó a la autoridad competente el permiso para inutilizar el antiguo cementerio, con ello se quería poner fin a los terribles hedores, extrayendo los huesos y demás restos humanos y depositarlos «en el Cementerio General que se encuentra cercano al Portal de San Vicente».

Este Cementerio General que nombra la Junta es el de los apestados o de Belén, que ocupaba unos terrenos pertenecientes al Conde de Parcent junto al Convento de Belén de la Comunidad de las Dominicas (hoy ocuparía el almacén del Ayuntamiento de la Calle María Llacer y la Jefatura de la Policía Nacional en la esquina de la Calle Cuenca con la Gran Vía Ramón y Cajal). Este cementerio fue creado en 1747 como carnero común extramuros, con el fin de que los fallecidos por la epidemia de peste bubónica no fueran inhumados en los cementerios parroquiales y evitar contagios en la población. Para evitar molestias en el vecindario, la Junta proponía hacer los traslados de noche; los carros saldrían por el Portal de San Vicente con los restos y después de depositarlos en el carnero regresaban al hospital por la Puerta de Quart; no se utilizaba el Portal del Inocents que era el más próximo al hospital y el que salía recto al Camino de Patraix, por estar permanentemente cerrado.

Por fin, el 13 de Enero de 1779 el cementerio fue bendecido por el canónigo de la catedral, Don Francisco Tabares Ulloa, con la asistencia del Barón de Beniparrell y D. Sebastián Ferrer, capellán de la Iglesia del Hospital. En el mismo acto fue enterrada el primer cadáver en el cementerio, el de Francisca Sales, natural de Alcira.

Alta capacidad

El nuevo cementerio tenía capacidad para 2.666 sepulturas, la planta era un cuadrilátero con uno de sus lados, el del nordeste, formando una curva. Estaba carente de ornamentos y embellecimientos, tan solo una gran cruz de piedra en el centro, como único elemento decorativo.

Los que se encargaban de enterrar a los difuntos continuaron siendo los serviciales del hospital tal y como ya hacían en el antiguo. Se quejaban a sus superiores del excesivo tiempo que empleaban en los enterramientos, entre cargar el cadáver, acompañar al tartanero, cavar la fosa y regresar, aún teniendo por ello el salario aumentado.

Desde 1843 este cementerio no solo recibía a los fallecidos en el Hospital General, a éstos se sumaron los fallecidos en el Hospital Militar de San Pío V. Este aumento de entierros provocó las consecuentes protestas de la Junta del Hospital al Ayuntamiento desde 1849 hasta 1854, por lo que la dirección del hospital ordenó un informe al vocal de la Junta, el arquitecto Sebastián Monleón, y al administrador de rentas del hospital. Después de personarse y recorrer el cementerio, el informe fue claro. La imagen de éste debía de ser dantesca porque nada mas traspasar la puerta de entrada encontraron: « (…) un montón considerable de huesos (…). No deja de ser repugnante e indecorosa semejante perspectiva» al carecer el cementerio de osario. Según el informe, el cementerio debía someterse a unos pequeños cambios. En primer lugar los enterramientos debían de ser ordenados y mas profundos, de esta manera se podían duplicar las sepulturas colocando 2 cadáveres en cada una de ellas, ampliando la autonomía del cementerio unos 10 años más. En segundo lugar, el arquitecto y el administrador sugerían, para conseguir un camposanto más agradable, plantar unos cipreses junto a la cruz y crear dos líneas de rosales desde la puerta hasta el centro formando un andén de entrada y, desde luego, la construcción de un osario sin techo para eliminar esa terrible imagen de la entrada.

El cierre de este cementerio era cuestión de tiempo teniendo en cuenta que el Cementerio General había sido inaugurado a principio de siglo y era ilógico mantener éste abierto de forma paralela.

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