Suscríbete

Levante-EMV

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

El Hospital de Troya

Estuvo atendido por los Padres Dominicos del Convento de Predicadores

El Hospital de Troya

Miles de personas cruzamos diariamente esta calle cuando vamos de la Plaza de España a la de San Agustín o viceversa; la mayoría desconoce su nombre, es una calle corta sin que ninguna otra la cruce. Arranca desde la calle San Vicente y finaliza en la de Cervantes, allí donde muchos años estuvo situado el famoso tiovivo. Se trata de la calle Troya, como la antigua ciudad que inmortalizó Homero en su Iliada y como en ella, aquí también hubo una guerra: este lugar fue uno de los seis puntos principales donde se focalizó la batalla contra la peste en 1647, la mas terrible epidemia del siglo XVII.

El Hospital de Troya |

En aquella época la ciudad terminaba en la Puerta de San Vicente, actual plaza de San Agustín, una de las pocas casas que en aquel Camino de Troya existían extramuros, propiedad del Conde de Casal, y fue la elegida por las autoridades de la ciudad como hospital para luchar contra la bubónica.

Casi a mediados del siglo XVII, la ciudad pasaba por uno de sus peores momentos, las condiciones de vida eran demasiado precarias, la falta de higiene y la deficiente alimentación, fueron las grandes aliadas para la propagación de la peste.

Las primeras muertes se localizaron en el cercano pueblo de Ruzafa, allá sobre el mes de Junio de 1647. Los síntomas: fiebre muy alta con aparición de bubones y carbúnculos, produciendo la muerte en tan solo tres o cuatro días. En el mes de Julio se detectaron los primeros casos en la ciudad; una familia de la conocida calle San Vicente fue la que tuvo el dudoso y terrible honor. Durante los meses de agosto y parte de septiembre, la peste se propagó por toda la ciudad con centenares de infectados ante la impasividad de los médicos que no declaraban claramente la epidemia por falta de consenso, ya que alguno de ellos se negaba a reconocer que era la peste la causante de las muertes.

A mediados de septiembre, el gobierno de la ciudad toma diversas medidas con el fin de evitar su propagación: se prohíbe el comercio fuera de las murallas; no se permite el consumo de pescado por considerarlo transmisor de la enfermedad; se despliega un férreo control sobre el trigo almacenado, se permite únicamente el de buena calidad y se obliga a quemar el resto; se cierran todas las puertas de la ciudad salvo las de San Vicente, Quart, Serranos y Real -las tres primeras se cerraban de noche-; no se le permitía la entrada a la ciudad a nadie que no portara autorización; se retiraron de las calles la totalidad de los muchos mendigos de la ciudad, los hombres fueron llevados al hospital de En Bou y las mujeres a la Cofradía de San Jaime; y se expulsó a la mayoría de las prostitutas de la ciudad.

En octubre, las cifras se dispararon. De los 1018 enfermos que ingresaron en el Hospital General, 1.000 eran apestados. Mientras tanto, los cementerios parroquiales se llenaban de fallecidos y los hedores formaban parte del aire de la ciudad.

Es a finales de este mes cuando los Jurados de València declaran oficialmente la peste en València; se toman nuevas medidas dado el aspecto dantesco que había adoptado la ciudad: las casas con apestados dentro eran marcadas, en su fachada, con una cruz blanca, y en las que había fallecido alguna persona se marcaban con color almagre; se apertura un cementerio extramuros de la ciudad, común a todas las parroquias, en el Camino de Patraix, en unas tierras pertenecientes al Conde de Parcent, justo detrás de las que ocupaban el Convento de Belén, (hoy desaparecido y que estaría localizado en la manzana de la intersección de las calles Guillem de Castro con Cuenca). Este cementerio fue conocido como de los apestados o de Belén; la entrega de carros para la recogida de fallecidos, que hacinados eran llevados al cementerio de los apestados; y las ropas de las personas infectadas o fallecidas se echaban a la calle para su recogida y posteriormente eran llevadas para quemarlas a la Cruz de la Conca. La principal de estas medidas fue la apertura de casas hospitales extramuros, conocidas también como morberías, para el control y tratamiento de los apestados.

Se abrieron 6 casas para cubrir todas las parroquias de la Ciudad: para San Martín, la Casa de Troya, en una propiedad del Conde de Casal y atendida por los Padres Predicadores; para San Juan, la Casa de Arrancapinos, propiedad de Francisco Milán y Diego Sans, atendida por Padres Mínimos y Trinitarios; para Santa Catalina, Santa Cruz y San Miguel, la Casa del huerto de Arguedes, junto al Portal de la Corona, asistido por Padres Franciscanos y Jesuitas; para San Esteban, la Casa de Muviedro, del Marqués de Quirra, atendida por los Padres Capuchinos; la Casa de Serranos del Marqués de la Casta, atendida por predicadores, y para las demás parroquias, la Casa de Patraix, del Duque de Maqueda, atendida por Carmelitas. Así mismo, se habilitó una parte del Convento de la Esperanza para atender a las religiosas.

Para el control de todas las enfermerías se creó la figura del administrador, recayendo el cargo en Luis Ignacio Royo, que recibía todos los datos, gestionaba el dinero y las necesidades de cada una de ellas.

La enfermería de Troya se apertura el martes 29 de Octubre de 1647 a las 16h con la entrada de los Hermanos Predicadores: el padre maestro fray Bartolomé Buisor, fray Jerónimo Durbá, fray Pedro Mártir Guerri, fray José Moliner, fray José Zaragoza, fray Francisco Gavalda, fray Francisco Acenos, fray Cristóbal Alsina, fray Bartolomé Soria y fray Jerónimo Balaçat, que esa primera tarde ya dieron los primeros sacramentos a los muchos enfermos que se acercaron a la Casa y también la primera olla de comida.

La Casa de Troya estaba compuesta por planta baja, entresuelo, primer piso, torre y en la parte trasera, un patio. Los cuartos de la planta baja y el entresuelo lo ocupaban los hombres enfermos, las mujeres ocupaban el primer piso y la torre servía de habitación a las serviciales. La comunicación entre hombres y mujeres no estaba permitida, por lo que cada noche se cerraba con llave la puerta de comunicación del entresuelo con el primer piso. Las camas de los enfermos eran de 2 pies con 4 listones de madera en lugar de tablas, sobre éstos un jergón al que se le cambiaba la paja y se lavaba la tela cuando el enfermo fallecía. Cada cama tenía 1 almohada y 2 sabanas de lienzo cosidas por las religiosas de la ciudad.

La casa tenía cocina propia en la que se guisaban las tres comidas diarias, siendo la servida a las 11 de la mañana la más importante del día. Ésta salía de la cocina colocada en 3 cazuelas: una con carne de olla, otra con gallina y en la última picadillo, los serviciales la repartían según las necesidades de cada enfermo, siempre acompañada con un pedazo de pan.

En la Casa de Troya trabajaban diversas personas: los Padres Dominicos, serviciales y servicialas, dos Ministros de Justicia, un médico, un practicante y un cirujano. Los religiosos se encargaban de la parte espiritual, ellos eran los que recibían a los apestados; en primer lugar se les exhortaba a la confesión e inmediatamente se les daba la eucaristía con un vaso de agua para ayudar a tragar la sagrada forma, y finalmente se les administraba la extremaunción que al principio era dada con una varilla de plata para evitar el contacto físico, aunque «después es perdido el horror y ya se daba con los dedos».

Durante los primeros días, los sacramentos eran dados en la calle, después, por respeto, fueron dados dentro de la Casa. Los frailes cambiaron su indumentaria y aspecto para realizar esta labor: no llevaban nada de lana, tanto la túnica como los calzones y las medias eran de bocarán; el pelo muy corto y cubierto con un bonete; y un escapulario de palmo colgado de sus cuellos. Como prevención al confesar, que nunca se realizaba de frente, colocaban una antorcha entre el infectado y ellos. De todos los religiosos, solo fray Bartolomé Soria vivía en la Casa, los demás dormían cada día en la Iglesia y en la Casa de Jerónimo de Gandía, a la otra parte del Turia. Antes de terminar la jornada, se lavaban las sienes con vinagre hervido, incienso y romero.

La función de los serviciales era un compendio de los trabajos de celador, enfermero y personal de limpieza. Eran 6 serviciales y 7 servicialas, se ocupaban de dar comidas, limpiar los vasos por las mañanas, barrer y regar las habitaciones con agua y vinagre, así como mantener encendidos los braseros a los que se les echaba romero, incienso y espliego, también arreglaban las camas de los enfermos, entre otras muchas tareas…

El hospital de Troya estaba atendido por el Dr. Vicente Tordera, catedrático de la Universidad, que acudía todos los días 2 o 3 horas por la mañana y otras tantas por la tarde. Se detenía en cada enfermo y dictaba su informe al practicante que le acompañaba. Junto al doctor iba también Jaime López, el cirujano responsable de hacer las curas y sangrías, así como el reconocimiento de los bubones.

Tanto en la puerta de entrada como en la trasera del patio había un ministro de justicia que cuidaba de que nadie saliera del edificio sin consentimiento, con el fin de evitar contagios.

Muchos fueron los enfermos que se curaron tras superar la peste bubónica. La Casa de Troya les daba el alta pero debían pasar un periodo de convalecencia o cuarentena; para ello se les suministraba a los hombres ropa: una camisa nueva, almilla, çaraguells de tamarella, un bonetillo y unas alpargatas, y se les enviaba a la Casa de la Cruz. A las mujeres les daban un jubón, baquina, toca y alpargatas; unas eran enviadas a las goletas del Hospital General y otras a una Casa junto a la Roqueta, muy cercana a la de Troya y también a cargo de los Padres Predicadores.

Los enfermos que lamentablemente no superaban la epidemia, eran amortajados y se bajaban por una escalera exterior al patio trasero de la Casa y allí permanecían hasta que pasaba el carro que que los conducía al cercano cementerio de los apestados o de Belén.

Varios fueron los serviciales que fallecieron al ser contagiados, éstos eran llevados en andas por los propios compañeros, junto con los religiosos, hasta la puerta del cementerio. Los frailes Predicadores de la Casa de Troya que también fallecieron por la peste, fueron inhumados en la Ermita de la Magdalena, frente al Convento de San Vicente de la Roqueta.

A finales de Febrero de 1648 fueron cerradas todas las Casas Hospitales salvo la de Troya, que cerró sus puertas un mes después.

La Casa de Troya tuvo un total de 674 fallecidos pero después de 125 días venció a la peste…

Compartir el artículo

stats