La apertura de la calle Agustín Lara y la reurbanización integral de esta zona de Orriols con el derribo de fincas degradadas va a acabar, además de con mucha mugre, con dos grandes símbolos del barrio. Por una parte, el «agujero de la vergüenza», esa oquedad excavada en un muro que conectaba con la calle Baeza. Ese acontecimiento es gozoso. Pero un punto de melancolía se va a sentir cuando la maquinaria derribe los restos de uno de los establecimientos más históricos y emblemáticos de la zona: el restaurante Casa Balaguer. Mejor dicho, lo que queda de él.

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Empiezan los derribos del agujero de la vergüenza de Orriols Moisés Domínguez

Cuentan los trabajadores de la obra que por allí pasaron los herederos hace apenas unos días. Querían hacerse una última fotografía en la fachada y preguntaron si, antes del derribo, es factible llevarse el letrero luminoso. Que históricamente no tiene mucho valor, pero todo el del mundo como simbología.

La historia del restaurante Casa Balaguer

Casa Balaguer era un bar, restaurante y espacio para eventos («Bodas, Banquetes, Comuniones») cuya fachada daba a la antigua carretera de Barcelona, ahora Avenida de la Constitución. Muchas generaciones de vecinos y no tan vecinos acudieron a sus mesas para celebrar fiestas o simplemente para disfrutar de una buena comida, cena o aperitivo. Casa abierta en el último tramo del Siglo XIX, casi una parada de postas, que aguantó hasta la pasada década. Los herederos viraron hacia otro tipo de hostelería y ahora regentan dos conocidos negocios en el paseo de la Alameda. Casa Balaguer, con su decoración rústica, sus platos de comida casera, su terracita interior y su tráfico humano, acabó cerrando puertas. Unas puertas de madera con «rajolas», que contrastan con la fachada de baldosa, no muy bonita, pero necesaria para darle un aire hostelero moderno. Con el cierre, la puerta principal, la de cristal llena de pegatinas de recomendaciones, se tapió. «Horario. Martes a Domingo. De 13.00 a 17.30 horas. Lunes. Cerrado». Y arriba, en el tejadillo, la flecha del aparcamiento propio. Nada de todo eso queda. Sólo las impregnaciones.

Eludió la ocupación, pero ahí se quedó, con su letrero, ese que igual se retira in extremis. «No, no había nadie dentro, pero prácticamente no quedaba nada» comentan en la obra. Se fue muriendo él sólo.

En las últimas semanas, Casa Balaguer ya se ha convertido en una escombrera. Al fondo pervive el viejo olivo. «Se tiene que mirar a ver si hay posibilidad de salvarlo».

Hasta la vecina Hermandad de San Antonio Abad, los Salesianos, se han unido al homenaje. «Quién no recuerda sus entrantes de jamón ibérico y ese lomo embuchado que se deshacía en la boca, calamares a la romana, egarraet, la ensalada valenciana ‘Casa Balaguer’, sus entrecots al punto en la cocina de carbón, o que decir del magnífico postre de crocanti de Avidesa. Cosas que ya no volverán nunca más. Ahora todo se desvanecerá en un suspiro, pero el recuerdo permanecerá para siempre».