Vecinos de la calle Agustín Lara: "Llevábamos 60 años esperando para ver cómo la abren"
Quieren que la calle Agustín Lara se inaugure lo más pronto posible

«Llevábamos sesenta años esperando esto». Juan y Vicen confiesan que vienen a menudo. Enfilan la calle Agustín Lara y se acercan a una valla con satisfacción. Están haciendo algo muy carpetovetónico: contemplar unas obras sin otra preocupación. Pero ellos tienen motivos más que sobrados para hacerlo: son los trabajos de apertura de la calle hasta la «carretera de Barcelona». La desaparición del gran tapón urbanístico de Orriols. El final de una pesadilla de décadas.

«Llevábamos 60 años esperando para ver cómo abren la nueva calle» / MOISÉS DOMÍNGUEZ. VALÈNCIA
Las obras del PAI avanzan a buen ritmo. «Vienen a trabajar todos los días» y lo que dejarán como resultado es una manzana completamente nueva, con varias fincas de viviendas y un jardín. Y lo que es más importante, abriendo por fin la calle y el barrio. Vicen señala al fondo: «mira qué cerca está ahora el ambulatorio». La línea recta es la distancia más corta entre dos puntos. «Antes, no veas el rodeo que había que dar».
El derribo de las fincas, hasta ahora degradadas, se ha convertido durante años en una de las grandes calamidades urbanísticas. No es de extrañar, por ello, que el derribo del «agujero de la vergüenza» (la forma de conectar Agustín Lara con Baeza) se convirtiera en lo más parecido a un hito. Tanto, que hasta en Google Maps aparece señalado como «Lugar de Interés Histórico». Ahora ya no existe. Es un ángulo recto hecho por vallas, necesario de momento mientras avanzan las obras.
Con los derribos ha desaparecido una parte de la historia del barrio, pero los vecinos tienen claro que no hay nada que llorar. «Estaba todo destrozado. No servía para nada más que para ahogarnos». Ahora se celebra cada pasada del rulo que va aplanando lo que es la prolongación de la calle. «Que nos hagan eso. Es lo que verdaderamente nos importa: poder salir a la avenida. Lo otro, el jardín, las casas, cuando venga, que venga».
Ahora quedan atrás los recuerdos. «Donde estaba el agujero había un frontón. Vino Rincón de Arellano a inaugurarlo. Luego se lo quedó Casa Balaguer para su salón» .
El antiguo inmueble del conocido restaurante, cerrado años atrás, cayó en las labores de derribo. Venir a ver cómo marchan los trabajos es un ejercicio de felicidad. «Es que yo era niño cuando ví el muro por primera vez» dice Juan.
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