València se suma a las ciudades con más arbolado

El estudio municipal sobre el impacto del Bosque Urbano pone en evidencia la buena salud verde de la ciudad, producto de varias décadas de conciencia a la hora de contar con el árbol como elemento del paisaje ciudadano

La cubierta verde de la ciudad

La cubierta verde de la ciudad / Loyola Pérez de Villegas

Moisés Domínguez

Moisés Domínguez

València cumple sobradamente los parámetros de calidad verde en lo que supone el arbolado de la ciudad. El Bosque Urbano, que así se llama. No es mérito del actual equipo de gobierno, ni del anterior, ni del otro, sino de todos. Es un proceso acumulativo durante cerca de medio siglo. A lo largo de las décadas, con más o menos tino, se ha ido tejiendo una alfombra verde que está por encima de gran parte de las medias mundiales entre las grandes urbes.

Es cierto que la ciudad dispone de una ventaja: su término municipal tiene cientos y cientos de hectáreas de un Parque Natural inmenso, el de la Devesa. Y un proyecto impagable, como es un viejo cauce reconvertido a jardín. Dos espacios que podrían haber sido muy distintos, y no para bien, si se tienen en cuenta viejos y destructores proyectos.

Pero el bosque de València es mucho más: es la unión de esos grandes espacios con los jardines y parques de tamaño medio y pequeños (Viveros, Parque del Oeste, Rambleta, Glorieta, Benicalap, Marxalenes...). También lo son los árboles que adornan calles y avenidas, jardines privados, huertos urbanos, instalaciones deportivas, campos de cultivo, cementerios y hasta los que surgen de forma espontánea de solares yermos y abandonados.

«Valor del Bosque Urbano de València» es el título de un estudio llevado a cabo por los servicios técnicos municipales y varios especialistas en ingeniería medioambiental y sirve para cuantificar, a partir de un censo exhaustivo promovido la pasada legislatura, tanto el nivel cuantitativo como cualitativo del arbolado de la ciudad: su censo, especies e impacto que tiene, tanto medioambiental como económico.

15 metros por habitante

Entre las cifras que desvela el informe destaca que cada vecino dispone de 15,5 metros cuadrados de zona verde por habitante, ligeramente por encima del valor que recomienda la OMS, que es de 15. Pero es más revelador el número de árboles a repartir entre la ciudadanía: «Si el ratio recomendado por la OMS haba de un árbol por cada tres habitantes, aquí contamos con un árbol por cada 1,92 habitantes». Porque si la ciudad tiene poco más de 800.000 vecinos, el número de troncos enraizados es de 419.034.

Este casi medio millar de árboles se distribuye en tres grandes grupos: 148.270 de conservación municipal; 111.531 de las zonas forestales (los pinos de la Devesa del Saler, que aunque es de gestión municipal, se le considera una entidad propia) y 159.233 de zona no municipales (campus, hospitales, colegios privados, domicilios, huertos, fincas...). «Si añadimos a esta cobertura de árboles todo el estrato de arbustos y hierbas y las flores, más la fauna y el ecosistema marino, nos podemos hacer idea del gran patrimonio que tenemos».

Sujetar el agua torrencial

El informe muestra los beneficios de una ciudad bien plantada. Atrapan el agua torrencial y evitan las riadas; proporcionan sombra y refrigeración en verano; generan hábitos sociales de socialización y relajación; mejoran la calidad del aire; incrementan el valor estético de las ciudades; incrementan la biodiversidad con la vida que crece a su alrededor: fauna -que encuentra allí también sus fuentes de alimentación- y toda suerte de vegetación menor; ahorra energía en verano y en invierno por su efecto atemperador; absorbe CO2, atenúa los ruidos ambientales y, como relación causa-efecto, mejora la salud y reduce las atenciones médicas.

Barrios «eco-friendly»

Estos estudios aplican variables y algoritmos para extraer conclusiones. Quedó explicado en la presentación del trabajo: el arbolado genera un impacto económico de 11,9 millones por su labor ecológica (lo que se ahorra en evitar la contaminación o el ahorro energético) y el propio valor estructural de los árboles, que alcanza los 404 millones de euros. Lo que haría falta para plantar desde el primero al último árbol.

¿Cuáles son los barrios más «eco-friendly»? Dependen, lógicamente, de la cantidad de verde que puede verse a vista de pájaro. Dejemos de lado a los líderes absolutos porque juegan con ventaja. Es decir, los Pobles del Sud y también los del Nord porque tienen el Parque Natural y la Huerta en sus condominios.

El barrio que más contaminación capta -y evita que se extienda- es Quatre Carreres. También es un distrito de gran tamaño y que todavía juega con la naturaleza. También es el que más oxigena el ambiente y el que más atrapa y atempera las escorrentías en caso de tormenta.

Eliminadores de CO2

Y dentro de esa labor de atrapar carbono (CO2), los árboles hacen dos funciones: «almacenar» y «secuestrar». Almacenar es el que forma parte de su estructura y secuestrar es el que evitan que circule por la atmósfera. El gran almacenador es el Ficus Microcarpa, el «Laurel de las Indias», habida cuenta de que son árboles de gran tamaño. Hasta 274 kilos por árbol contiene de media. El gran «secuestrador», el que más eliminan, es el Pino Carrasco, con 55 kilos por año y ejemplar.

Y aunque son otras políticas a gran escala las que deben marcar el ahorro energético, la labor que desarrollan los árboles supone rebajar en 72.042 euros anuales la factura energética de la ciudad entre el carbono que se evita y los ahorros en calefacción y refrigeración que supone tener una buena masa de arbolado para atemperar el ambiente.

Mamíferos, aves, insectos...

Al abrigo de las copas de los árboles valencianos se desarrolla un sistema de fauna que incluye 14 mamíferos terrestres, ocho especies de murciélagos, diez de reptiles y 121 de aves.

La variedad de especies es llamativa y habla de un alto mestizaje. Porque una tercera parte de los árboles -más de cien mil- pertenecen a especies que suponen menos del dos por ciento del total. Unas cifras que, de acuerdo con el estudio, supera ampliamente a otras grandes urbes, incluyendo a Nueva York y su Central Park.

Que el pino carrasco sea, con mucha diferencia, la dominante es consecuencia evidente de la existencia del tesoro medioambiental de la Devesa. A partir de ahí, gran parte del arbolado mayoritario es consecuencia de políticas urbanas de Jardinería. No siempre acertadas, no siempre unánimes.

El edil de Parques y Jardines, Juanma Badenas, anunció en la presentación del trabajo que van a dejar de plantarse palmeras -por no dar sombra y por considerarlos ecosistema de plagas-. Pero los naranjos «bordes» llevan muchos años en el debate por la cantidad y la peligrosidad del residuo que dejan caer al suelo (frutas no alimenticias que ensucian y provocan caídas)

¿Y para qué sirve conocer todo este mundo? «Comprender el bosque urbano es necesario para promover decisiones que mejoren la salud humana. Las políticas y decisiones de las ciudades han de contemplar el papel del bosque urbano». Sí o sí.

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