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La estación de autobuses de València ahonda en su degradación

La Estación Central de la Avenida Menéndez Pidal es una de las infraestructuras públicas más descuidadas de València. Las escasas intervenciones de las que se ha beneficiado en 55 años de funcionamiento no frenan su decadencia: en los últimos meses se han descrito múltiples hurtos, peleas y robos con violencia

Los taxis esperan a que los viajeros asomen por la puerta de la estación

Los taxis esperan a que los viajeros asomen por la puerta de la estación / Francisco Calabuig

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Claudio Moreno

Claudio Moreno

València

València ofrece su peor cara al viajero de autobús. No hay sol de Sorolla ni trencadís modernista para el usuario de Alsa, sólo un triste edificio que lleva décadas abandonado a su suerte. Y su suerte es cada vez más aciaga. 

La estación ubicada en el número 11 de la Avenida Menéndez Pidal se ha convertido en un foco delincuencial donde un grupo de sospechosos habituales sustraen al descuido todo tipo de objetos personales. Es la denuncia realizada en este periódico por los vigilantes de la estación y algunos comerciantes de la zona, que también describen robos con violencia y frecuentes peleas por disputas de territorio. Este mismo lunes, la Policía Nacional se personó en el hall de la estación de autobuses tras el intento de agresión a un vigilante. “Tenemos miedo”, confiesa el personal de seguridad

También tienen una intuición: la estación sería un lugar más seguro si la Administración depositara algo de cariño en ella. El actual edificio se construyó tras la riada de 1957 y comenzó a rodar en 1970. Desde entonces no ha tenido grandes intervenciones más allá de la mano de pintura y la actualización de la cubierta y baños realizada a principios del año pasado. 

Las obras han resultado insuficientes para uno de los equipamientos públicos más degradados de la capital del Turia. La entrada principal conduce a un hall diáfano y grisáceo sin apenas asientos fuera de la cafetería. Las palomas revoloteando a sus anchas y la fachada de mostradores sin actividad terminan de redondear la estética de no-lugar, un concepto acuñado por el antropólogo Marc Augé para aquellos espacios donde las personas nos consagramos al anonimato.  

Un antiguo kiosko de prensa maltratado por el tiempo y el desinterés

Un antiguo kiosko de prensa maltratado por el tiempo y el desinterés / Francisco Calabuig

Mención aparte merecen las dársenas con la pintura carcomida y el pavimento levantado. Son 24 andenes donde operan más de 50 compañías de autobuses con rutas estatales y destinos internacionales como París, Marsella o Verona; en una infraestructura ligada estética y emocionalmente a la época que la vio nacer. 

“Todas las estaciones europeas tienen un aspecto similar, poco amable; sí es cierto que aquí los baños están un poco abandonados”, reconoce un autobusero que prefiere no dar su nombre. “Yo llevo seis meses con ruta a València y no he tenido grandes problemas, aunque hace poco me abrieron el autobús desde fuera y robaron un aparato de cobros que parecía un móvil”, recuerda. 

Locales sin actividad

Ayuda a la decadencia de la estación asimismo la vida comercial que se extingue a sus pies, en los bajos de la fachada principal. Algunos negocios cerraron hace años asfixiados por la crisis y otros resisten permeables al clima de tensión que últimamente se respira en esta zona de Tendetes. Un kebab. Un estanco. La sala de subastas presenciales más grande de España. Una tienda de alquiler de bicicletas. “No favorece que los locales sean caros y obviamente cuesta emprender y salir adelante en un sitio con esta mala fama”, reflexionan en el último negocio.   

De este modo, la estación se aleja de la imagen que la València más turística intenta proyectar al mundo, hundida en una permanente crisis de reputación –y una nueva brecha de seguridad– que no le hace justicia a la importancia del edificio. Pese a la pérdida de competitividad del autobús, algo arrinconado ante la creciente y abaratada oferta de trenes, algunas fuentes no oficiales indican que este centro neurálgico del transporte registra un promedio de más de 8 millones de usuarios anuales.

Reforma profunda

Urge por tanto, y así lo reclaman trabajadores, comercios y vecinos de la zona, una remodelación profunda del espacio para mejorar la experiencia de usuario. La citada reforma de 2023 no pasó de la primera fase –con una ejecución presupuestaria de 640.000 euros– porque el cambio de gobierno autonómico truncó los planes del Botànic, que pretendía convocar un concurso de ideas sobre los trabajos a realizar en las dársenas y la planta inferior íntegramente. 

Finalmente, sobre el estado de esta infraestructura cabe recordar que la estación está gestionada por una concesionaria y la conselleria ya explicó hace años que esta empresa, que sufría impagos de algunas operadoras, realizaba un mantenimiento muy superficial reparando desperfectos relacionados con la seguridad y poco más. 

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