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Malvivir en los jardines del Turia

Cada vez más personas se ven empujadas a vivir en el viejo cauce entre peleas, frío y fuertes lluvias. Las entidades sociales afirman que la situación es desesperada

JM López

València

Escribía el poeta que las pulgas sueñan con comprarse un perro y los nadies con salir de pobres. Muchos de esos nadies viven escondidos en el viejo cauce del Turia, una ciudad dormitorio sin dormitorios pero con decenas de tiendas diseminadas a lo largo del gran jardín. El ayuntamiento reconocía esta semana que València se encuentra inmersa en una emergencia social, por lo cual prevé abrir cuatro nuevos albergues municipales en 2025. Un fotógrafo de Levante-EMV ha recorrido el antiguo Turia para poner rostro a dicha emergencia (en la galería que encabeza el texto). 

El trasiego a plena luz es de runners y turistas en bici. Cuando cae la noche llegan los inquilinos del viejo cauce y este se llena de sombras. Alguna queda a la mañana siguiente. Debajo del Puente de Ademuz han acampado Abdelilah (22 años), Zakaria (26 años), Yassen (30 años), Ismail (25 años) y Amine (40 años). Son marroquíes, llevan meses en València y planean migrar a Italia. El trabajo de temporero es muy inestable y no les llega para alcanzar unas condiciones mínimas de dignidad. Uno de los chavales no trabaja porque no tiene documentación y no va al médico por la misma razón. “Estoy enfermo de los ojos, sin papel no hay pastilla”. 

Poca poesía, romanticismo o épica encierra su precariedad. Cuentan que la vida ahí abajo también es dura debido a las peleas con grupos de otras nacionalidades. Uno de ellos enseña las heridas de guerra, tiene el gemelo vendado; lo cuenta su amigo porque él apenas chapurrea español. Después irán a la estación de autobuses y Zakaria comprará un billete a Zaragoza, donde pretende buscar un futuro laboral más próspero. En los asentamientos del río hay mucha rotación. 

También hay variedad en una población cada vez más amplia. Marroquíes, españoles, argelinos, rumanos, colombianos, senegaleses, temporeros, riders, chatarreros, adolescentes, ancianos, hombres y algunas mujeres. Las entidades sociales hablan de pequeños grupos de gente de entre 50 y 60 años, algo infrecuente en el sinhogarismo. Además denuncian que los servicios de limpieza han retirado las tiendas de algunos de ellos cuando se habían ido a comer. En Servicios Sociales no tienen constancia. 

Sophiane duerme sin tienda en la puerta trasera de la Masía de los Jardineros. Varios colchones, un saco de tela azul, una silla de oficina, un bote de Colacao; esas son todas sus pertenencias. Habla algo de francés y muy poco español, lo suficiente para explicar que está en un atolladero: no tiene comida, ni trabajo, ni ayudas sociales, ni cuerpo para resistir otro invierno. “Abajo empieza a llover y hace frío”. Vive al día, como todo el mundo aquí. 

En las últimas semanas han trascendido varias historias de familias colombianas con niños que se han visto abocadas a dormir en el viejo cauce o en una furgoneta porque los servicios municipales de primera acogida al migrante han desestimado la urgencia —por diferentes razones, entre ellas, el colapso de los recursos—. También ligado al sinhogarismo Vox prevé crear estanques anti-asentamientos debajo de varios puentes a semejanza del que ya existe, precisamente, bajo el Puente de Ademuz. 

Todo esto en medio de un escenario habitacional que empieza a ser difícil no sólo para quienes se ven expulsados del sistema. En València ya se alquilan habitaciones por 600 euros, tal como relatan los acampados en la Plaza del Ayuntamiento. Un salario medio no garantiza techo en la capital del Turia, no digamos ya un trabajo mal pagado o un desempleo crónico. “Cuando llamamos a los albergues municipales nos dicen que hay una lista de espera de 100 personas. Mientras no haya alternativa, como mínimo deben respetar sus tiendas. La situación en el Turia es desesperada”, insisten las entidades sociales a las puertas de una DANA que amenaza con causar estragos.

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