Gulliver: El parque que rompió esquemas en València
El Colegio de Arquitectos de València repasa en una exposición la historia del Gulliver, el parque infantil del Jardín del Turia que cumple ahora 35 años, un innovador proyecto que para sus creadores fue un «viaje» casi tan accidentado como el del protagonista de la novela de Jonathan Swift

Miguel Angel Montesinos
La culminación del Jardín del Turia merecería propuestas transgresoras como en su día lo fue el Parque del Gulliver, el gigante de la novela de aventuras de Jonathan Swift que tomó cuerpo en el viejo cauce gracias a la suma del genio de un arquitecto, un dibujante y un artista fallero convirtiéndose en el que, posiblemente, sea el espacio lúdico más disfrutado por los niños valencianos, quizás porque ellos fueron parte activa del proceso creativo. Es la reflexión que hacía el arquitecto Rafa Rivera, “padre” junto con Manolo Martín, uno de los grandes del gremio de artistas falleros, fallecido en 2007, y el ilustrador Sento Llobell, en la inauguración el pasado martes, 4 de noviembre, de la exposición organizada por el Colegio de Arquitectos de València (CTAV) por los 35 años del parque, uno de los hitos más reconocibles del Jardín del Turia. Hasta el 29 de noviembre, hay posibilidad de acercarse a través de esta muestra a la historia del Gulliver, un parque donde se han divertido y roto pantalones varias generaciones.
El Gulliver fue un parque innovador, que rompió moldes y demostró que los juegos infantiles podían ser algo más que monótonos columpios y balancines. En el Gulliver todo está pensado para explorar, divertirse, rodar, trepar y hasta caerse. La cabellera del gigante es una sucesión de toboganes y sus piernas y brazos rampas por las que deslizarse. Esta escultura transitable, que alcanza una altura máxima de siete metros y mide 70 metros, fue una explosión de creatividad e ingenio, además de una de las primeras demostraciones de que el oficio del artista fallero es mucho más que muñecos de poliespán.

El parque de Gulliver en el Jardín del Turia, una escultura transitable de 70 metros de longitud y siete de altura / Eduardo Ripoll
"No fue un camino de rosas"
Como todo hito urbano, la construcción del Gulliver no estuvo exenta de controversia y crítica. Rivera explica que su construcción «no fue ni mucho menos un camino de rosas». «Desde entonces soy hipertenso», bromea el arquitecto, cuyo empeño entonces (y ahora) era crear un espacio dentro de la ciudad más amable para los críos. Rafa Rivera era arquitecto municipal cuando en 1986 recibió el encargo del equipo del alcalde Ricard Pérez Casado de hacer un parque infantil. Inicialmente iba en el solar de la calle Doctor Lluch que hoy ocupa el centro de saneamiento (Telemando) del Ciclo del Agua, en el Cabanyal.
Rivera preguntó y buscó inspiración en libros, como Gramática de la Fantasia de Gianni Rodari y en otros parques como el Jardín de Bomarzo, en Italia, o el Aldo Van Eyck de Londres, incluso en referentes más cercanos como la «muntanyeta» del general Elio de los Jardines de Viveros. También consultó a los niños, incluidos sus hijos. «Poco a poco le dimos forma y surgió la idea del hombre montaña, el gigante». La mano de Sento Llobell fue clave para diseñar al personaje del capitán Gulliver tumbado en la playa del reino de Liliput tras el naufragio de su barco.
La decepción llegó cuando presentaron el proyecto al ayuntamiento y los responsables políticos se echaron atrás. «Ellos pensaban en una cosa y yo en otra». Hubo dudas sobre el coste y el diseño. «Y el proyecto se quedó en un cajón». Rivera cerró su etapa en el ayuntamiento pero ni el ni Manolo Martín abandonaron el proyecto. Lo presentaron al Ayuntamiento de Barcelona, pero tampoco terminó de cuajar allí. Dos años después, inesperadamente, el proyecto resurge. El entonces conseller de Industria y Turismo, Andrés García Reche, descubrió durante una visita al taller de Manolo Martín en una estantería al Gulliver. «Quiso conocer el proyecto y el fue el verdadero mecenas». «Tenía interés es explotar el potencial de las fallas y movió hilos internos para convencer a la alcaldesa, Clementina Ródenas, que cedió los terrenos y todo se puso en marcha».
Superado el primer obstáculo, llegaron otras vicisitudes. «Había problemas que nos gustaban, por el reto que suponía investigar cómo lo haríamos, y otros que no nos gustaban porque hubo una oposición generalizada». «Todo el mundo estaba en contra, desde la oposición política en el ayuntamiento hasta el propio colegio de arquitectos de entonces» que criticaba que el Jardín del Turia, salvado del delirante plan desarrollista para convertirlo en una autopista urbana, se convertiría en cajón de sastre. Otros señalaban que con lo que costaba el Gulliver (250 millones de pesetas, 1,5 millones de euros de ahora) se podrían hacer muchos colegios. Incluso hubo quien alertó de que si se quemaba produciría intoxicaciones («se acaba de producir el incendio de la discoteca ‘Flying’ de Zaragoza en el que hubo muchos muertos», recuerda Rivera)… «Tuvimos que llevar a analizar una pieza a un laboratorio en Barcelona que acreditó que el material era seguro».

Clementina Rodenas, Joan Lerma y García Reche en la inauguración del Gulliver en diciembre de 1990 / CTAV
La ciudad en miniatura perdida
En la exposición del CTAV se explica el «making of» del Gulliver. Los bocetos y dibujos muestran como fue el proceso creativo y las fotografías históricas como paso a paso se hizo realidad. La estructura se construyó con vareta, técnica tradicional de los artistas falleros, que se recubrió con una carcasa de poliéster y fibra de vidrio dando forma así a cada una de las piezas del Gulliver. La estructura se reforzaría por el interior con vigas de hierro y hormigón seco proyectado.
El 29 de diciembre de 1990 quedó inaugurado el parque Gulliver. En sus más de tres décadas de historia, ha sufrido el desgaste del uso y las inclemencias del tiempo, alteraciones y alguna intervención poco acertada. Lo más grave con todo fue la inundación de 2017 que anegó el parque. Las maquetas de la València en miniatura que había dentro de la escultura quedaron destrozadas. Algunas piezas, como el Micalet o la torre de Santa Catalina se salvaron y se han recuperado para la exposición, lo que permite entender cómo el Gulliver jugaba con la escala: el niño era un liliputiense cuando se deslizaba por las rampas del gigante, pero se hacía grande al recorrer la ciudad en miniatura que había en su interior.
Imposible y único
El veterano arquitecto, autor con Manolo Valdés de la Dama Ibérica, la escultura de esculturas que preside la entrada a la ciudad por Corts Valencianes, asegura que el Gulliver actualmente no se podría hacer. «Sería imposible, casi seguro, lo que pasa es que se mantiene porque en su momento se aprobó, funcionó y no vulneraba ninguna normativa». La legislación actual para parques infantiles es mucho más estricta. «Me han enviado escritos desde el ayuntamiento para preguntarme de qué manera se podría adaptar el Gulliver». La única respuesta posible es: «cerrarlo», si bien Rivera defiende que el beneficio en términos de diversión supera con creces los problemas de caídas, rasguños y pantalones rotos que se han podido registrar en sus más de tres décadas de existencia. El Gulliver recibe al año un millón de visitantes. «Ha habido algún accidente, pero es incomparable con el número de sonrisas que ha producido».
El Gulliver es una pieza «única» apunta en la presentación de la exposición Pablo Peñín, arquitecto y secretario de la junta directiva del Colegio de Arquitectos, que preside Marina Sender. En el gremio creen que el Jardín del Turia merece más propuestas así para los tramos finales que están aún por hacer. Sobre la posibilidad de hacer nuevas piezas inspiradas en los viajes de Gulliver en en el viejo cauce, Rivera duda. «Estoy seguro de que se pueden hacer cosas distintas». «El Gulliver fue un aldabonazo muy potente, pero no creo que sea necesario hacer otro». «Hay que pensar en las necesidades de los niños, como poner bancos donde no les cuelguen los pies, pero habrá otras maneras de hacerlo».
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