Luces y sombras de Navidad en Russafa
La decoración en la zona comercial más castigada de los últimos años muestra las dos realidades: la calle Castellón empieza a revivir y la calle Alicante permanece todavía aislada en plena campaña

Contraste de las calles Castellón (izquierda), con luz de Navidad, y Alicante, aún cerrada / Moisés Domínguez

La Navidad, en València o en cualquier otra ciudad, es una invitación a salir, a callejear y a disfrutar. Nadie duda que son los días más especiales en muchos aspectos. Incluyendo el de consumir. Y para ello, también hay elementos que ayudan. Es la justificación por la que instituciones y particulares se afanan por llenar las calles de luces. Es evocación de pasear con bolsas de gran tamaño y de abandonar el hogar sin demasiados remilgos.
Para muchos comercios es el punto álgido del año. En el que hay que estar a la altura de los resultados del ejercicio anterior. Todo lo que suponga atracción, reclamo y publicidad es importante.

Iluminación de la calle Castellón / Moisés Domínguez
Tres guirnaldas y un arquito de luces es la forma de decirle al mundo que hay un sitio que quiere volver a ser lo que era. O para reconstruir una zona en la que los comercios -todos ellos pequeños- lo han pasado excepcionalmente mal. Pero se llega a la campaña de Navidad con dos realidades muy diferentes. Es la calle Alicante y su bifurcación. A la izquierda se convierte en Castelló. Todo recto mantiene su mismo nombre. Su boca de entrada ha estado cerrada tres años, privando a vecinos del acceso y a comercios de exponer su oferta. Cerrada para terminar el cañón subterráneo que conectará la estación de metro de Alacant con la de Xàtiva. Unas obras difíciles y largas que han amputado la vida comercial de unas calles que, en su momento, tuvieron mucha vida, con tiendas emblemáticas. Se han convertido, pues, en dos realidades casi hirientes: una que empieza a revivir y otra que sigue anclada a la espera de que, teóricamente a mediados de diciembre, se pueda abrir. Los operarios trabajan a destajo echando las capas de cimentación previas al asfaltado.

La calle Alicante no abrirá, en principio antes de mitad de diciembre / Moisés Domínguez
Una calle reducida a pulpa
La verdad es que la zona comercial en la calle Alicante ha quedado reducida a pulpa. Quedan apenas un par de tiendas de producto al por mayor y tiendas muy especializadas, a las que vas no por tránsito, sino por referencia. Ya sean un par de tiendas al por mayor, una clínica, una tienda de esoterismo o reparaciones de equipos informáticos. Es en ésta, Alma Informática, donde siguen con expresión de fastidio. «Hemos recibido unas pocas ayudas de la conselleria, pero tenías que ir tu para que te dieran algo. Aquí hemos estado perdiendo dinero y si aguantamos es porque pensamos que lo recuperaremos después». Una suerte que no han corrido otros negocios, que han cerrado o que, en el mejor de los casos, se han trasladado. «A nosotros, las luces no nos causan ningún efecto. Esta calle está desangelada. No tiene ninguna atracción. El que pasa es porque sale del metro y se va a Xàtiva. Por acortar». Una tierra que solo sirve para cruzarla. Ni siquiera la reforma le parece gustar. «Demasiada acera. Antes aún paraba algún coche» y más para un sitio que es de dejar un ordenador.
"Vuelves a tener otra alegría"
La otra cara de la moneda es, lógicamente, la calle Castellón, allá donde brillan las luces. No ha habido tienda más emblemática y que ha ejercido la portavocía de los pesares que la de Fotopro, donde su propietario, Jerónimo González, reconoce que «parece poco, pero se nota. Que son tres arcos y un adorno, pero ya se nos ve». Para ellos, la apertura es una bendición. La tienda está bastante llena. «Y ya vuelves a tener otra alegría». Están con escaparate nuevo para Navidad, tiempo que ni pintado para regalar cámaras de todo tipo.

Giovanni y Laura, en su comercio recién abierto en la calle Castellón / Moisés Domínguez
Lo que va de estar cerrada a estar abierta
Otros han pasado de la noche al día conscientes de ello. Giovanni y Laura se lanzaron a la aventura «un 5 de septiembre», aprovechando un local que habían abandonado otros emprendedores «que les había ido tan mal el año anterior que decidieron cerrar. Nosotros llegamos sabiendo que, en un mes iba a abrirse nuevamente la calle. Y, si: hemos notado un gran cambio. Más gente que pasa, que pregunta, que entra... hay gente que dice hasta que se les había olvidado que la calle existía». Ahora, entrar en La Partisana es más factible para llevarse una pieza de creaciones culinarias italianas para llevar. «Del 5 de septiembre al 5 de octubre, pues eso, era difícil. Era incómodo, coches que entraban salían, obras, ruido, polvo...». No es que su zona -donde se unen las calles Castelló, Segorbe y General Sanmartín- sea un dechado de accesibilidad, pero «las cosas han cambiado bastante». Estas calles, con mucho comercio pequeño y sin franquicias, tratan ahora de revivir al reclamo de unas luces led.
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