El mercado de Nazaret: historias de vida y resistencia en un barrio marítimo
De entrenar a la selección de Nicaragua y Guatemala a vender en el mercado de Natzaret: en el cuarto capítulo de ‘A pie de barrio’ conocemos las historias de los comerciantes de este distrito marítimo

Esteban San Canuto / Paula Fernández
Siendo un mercado mucho más pequeño en comparación con otros, este punto neurálgico para los históricos vecinos de Natzaret también cuenta con historia y solera. Con apenas dos entradas, uno de los primeros comercios que encontramos es el de José Luis. Lleva poco tiempo, apenas cuatro meses, pero como vecino del barrio nunca se ha desligado de él. Su historia es una de esas que sorprenden, que parecen extraídas de una obra de ficción. De ser entrenador de las selecciones nacionales de Nicaragua y Guatemala, a vender en el mercado.
«Prácticamente la mitad de mi vida la he pasado fuera. Tengo 51 años y mis primeros 25 los viví en el barrio», nos comenta detrás del mostrador. Con el objetivo de obtener la titulación de entrenador de baloncesto, pasó primero por Albacete y después dio el salto a América, donde permaneció durante diez años.
«Es cierto que a uno le llena de orgullo ser seleccionador nacional, pero pasar tantos años fuera de casa tiene sus pros y sus contras», explica. A pesar del enorme sacrificio que supuso mudarse a otro país, José Luis se sentía a gusto, «pero era cuestión de volver a casa».
«Es una cultura y una forma de vida muy distinta a la de España, desde el día a día hasta el trato con los profesionales», razona. La familia fue el principal motivo de su regreso, a pesar de estar «de algún modo reconocido». Quiso apostar por el barrio y así lo hizo.
Los orígenes del mercado de Natzaret
La historia del mercado de Natzaret va ligada a un nombre propio: el de la tía Salvadora. Fue la verdulera que levantó el primer puesto y acabó convirtiéndose en su fundadora, una mujer que sigue muy presente en el recuerdo de los comerciantes. El mercado se gestó al aire libre, con tan solo un techado y unos bancos de mármol que servían para colocar los productos a la venta. Con el paso del tiempo llegaron los laterales de madera y las ventanas, hasta que se cerró por completo, dando lugar a lo que conocemos hoy.
Eran veinte paradas, puestos muy pequeños que con los años se han ido ampliando con el objetivo de «no perder la tradición ni el mercado», cuenta Mª Carmen, su presidenta. Lleva casi cuarenta años trabajando y es la comerciante más longeva. Afirma, sin que se le pregunte, que «esto es una familia».
Su puesto es uno de los pocos ejemplos de relevo generacional que se conservan hoy en día. «Mi abuela vendía hace unos cien años lo que sacaban del campo; después mis padres y ahora nosotros». Mª Carmen y su marido describen cómo es la vida en el mercado: «Es muy familiar porque es un pueblo marítimo. La gente de toda la vida es la que viene; la clientela es muy fiel, aunque cada vez seamos menos», explica con tristeza.
Un pequeño mercado, con un digno servicio
A pesar de ser pocos comerciantes, ofrecen un servicio más que digno: frutas, verduras, carne, embutidos, conservas, frutos secos y pan, entre otros productos. No obstante, el mercado, como muchos otros, presenta carencias. Una de ellas es la pescadería. «El puesto cerró porque no tenía mucha venta. El chico empezó hace poco y no se acostumbró», comenta Mª Carmen. Otra necesidad sería una droguería. Existen huecos disponibles para estas paradas y, según afirma, «los precios son económicos».
Como en todo mercado, el bar tampoco puede faltar. María José y su marido, Paco, lo confirman. Ella lleva dos años regentando la pequeña cafetería del mercado. Paco, ya jubilado, la acompaña, aunque quien trabaja es ella. «Lo llevo sola y puedo con ello». Su sobrina le cedió el testigo. «Antes estuve 24 años de caselera; me gusta el movimiento, no puedo estar parada», explica detrás de la barra.
La transformación del barrio y de su mercado
Paco se considera un «vecino de toda la vida» y ha sido testigo de la transformación del barrio y de su mercado. De pequeño jugaba en su interior, «era la vida que hacíamos aquí», hasta que se cerró. Ambos lamentan la degradación que, con el paso de los años, ha sufrido el barrio. La delincuencia, la pobreza y la marginación de sectores vulnerables de la sociedad han afectado a esta histórica zona del Cap i Casal.
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