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La plaza que surgió de la nada y que prepara su nueva reinvención

La gran explanada pública junto al Ayuntamiento surgió por el derribo de un convento y ha sido reformada varias veces con mayor o menor fortuna

La peatonalización provisional mutará en la integral y definitiva

La peatonalización provisional mutará en la integral y definitiva / Francisco Calabuig

Moisés Domínguez

Moisés Domínguez

València

A lo largo de 135 años, la plaza del Ayuntamiento se ha desarrollado como el espacio más importante de la ciudad, el centro neurálgico del mismo. Procede de la demolición del antiguo Convento de San Francisco, una gran construcción que ubicaba al sur de la vieja València, la que delimitaba circularmente la muralla. Reconvertido en cuartel militar y abandonado con el paso de los años, fue demolido, dejando un amplio solar que, desde los primeros proyectos, quedó claro que iba a ser un espacio diáfano, frente a lo que ya era Casa de la Vila de la ciudad, desplazando no el centro geográfico, sino el neurálgico de una ciudad que durante siglos había gravitado alrededor de la Catedral. Ahora afronta su sexto cambio de imagen, que debería perdurar a lo largo de las décadas.

El entorno está rodeado de numerosas fincas históricas, pero de una historia limitada, de primeros del Siglo XX, porque además de crearse la plaza, se construyó a su alrededor un entorno completamente nuevo. Se derribaron manzanas completas y se construyeron inmuebles con intención de ser emblemáticos. Los más significativos, el edificio de Correos, producto de un derribo masivo de un barrio degradado, el traslado de la Estación de Tren desde la acera del edificio de La Equitativa hasta su actual emplazamiento y el derribo de otras edificaciones y calles enteras, incluyendo la Bajada de San Francisco. A base de reformas acabó por trazarse la actual planta de la plaza, en forma de punta de flecha. La ciudad estaba cambiando a gran velocidad desde el derribo de aquellas murallas y toda esta macrorreforma estuvo acompañada del proyecto, siempre inacabado, de la Avenida del Oeste y la Plaza de la Reina, que también se llevaron por delante manzanas, calles y plazas.

El aspecto actual es el que es: una plaza amplia, rodeada de edificios señoriales. No es histórica, con edificios con amplios sillares ni siglos de existencia -algún palacio cayó en este proceso-, pero sí agradable a la vista, salvo excepciones, como la finca metálica esquina a Barcas, una infamia estética en ese contexto. Un entorno burgués, producto de su época y destinado a ser el centro institucional de la ciudad.

Junto con la delimitación del perímetro, faltaba la molla: qué forma darle a la plaza. Qué elementos trazar e incorporar para convertirla en lo que es: un espacio emblemático, que con el tiempo lo fue cada vez más. Aquí se celebran las grandes fiestas, las procesiones, las manifestaciones y las celebraciones. Se despide el año, se quema una falla, se pasea la «Senyera» y se celebra la Navidad.

Uno de los primeros diseños de plaza a primeros del Siglo XX

Uno de los primeros diseños de plaza a primeros del Siglo XX / Archivo J. Diez Arnal

Flores desde el principio

Si retrocedemos en el tiempo, la plaza acogió una primera gran configuración: una plaza amplia, llana, con una escultura en su interior y con «paraetas» del Mercado de Flores, algo que acabaría siendo una seña de identidad. Cambiaría la estatua de turno, cambiaría la superficie y hasta los medios de locomoción que las rodeaban, pero la primera esencia ya hablaba de un lugar de reunión.

La Tortada de Goerlich

Poco antes de la Guerra Civil se lleva a cabo la primera gran reforma, que se extendería durante los siguientes treinta años: el centro de la plaza se excavaba y se elevaba para generar «la tortada de Goerlich». Una meseta que ocupaba el espacio que ahora ocupa el «mascletódromo» y la zona donde se planta la falla municipal. Elevada con una docena de escalones y enjaezada con balconcillos, fuentes y columnas, así como un deslunado circular, los puestos de flores se iban a los sótanos de esta singular construcción, embellecidos con una fuente interior. Una concepción que generó debates enconados a favor y en contra, y que hoy todavía lo mantiene: lo «bonita que era aquella plaza» o lo obsoleta que se ve en términos actuales.

La Tortada de Goerlich

La Tortada de Goerlich / Archivo Fundación Goerlich

Aparece la fuente central

A primeros de los años sesenta, esta estructura desapareció. La plaza volvió a aplanarse a ras de suelo y como elemento destacado se incorporó la gran fuente central, que sigue en el mismo sitio.

Aparcamiento en superficie

El cambio también puede ser discutible, porque argumentos a favor y en contra, con ojos de 2025, los hay en abundancia. El problema de aquella reforma es el «para qué»: la gran plaza central, rodeada por árboles, se consolidó no ya como lugar para disparar las «mascletaes» de Fallas, que también, sino para convertirse en su verdadero cometido durante décadas: ser un aparcamiento en superficie. Para entonces, además, la locomoción había evolucionado a límites inimaginables en los años treinta.

Sin aparcamientos públicos subterráneos -San Agustín aún tardaría décadas- esta reforma y, sobre todo, este uso, llevó a la plaza a su periodo más negro: se convirtió en una mega rotonda en la que los automóviles maniobraban de forma permanente, accediendo desde la calle San Vicente -por dos entradas-, Periodista Azzati y Marqués de Sotelo y saliendo por esta calle, Barcas y Lauria, principalmente. Décadas en la que el debate no era la jungla de asfalto, sino su nomenclatura, pasando en poco tiempo de Caudillo a País Valenciano y, finalmente, a Ayuntamiento.

El nuevo siglo trajo la eliminación del aparcamiento y la peatonalización de la plaza interior

El nuevo siglo trajo la eliminación del aparcamiento y la peatonalización de la plaza interior / RLV

Se hizo de rogar un cambio que se pedía a gritos. A primeros de siglo se llevó a cabo el primero de ellos, pero no pasó de ser una mejora de imagen, sin llegar al fondo de la cuestión. Se reformularon las aceras, se derribaron los vetustos puestos de flores y, sobre todo, se eliminó el aparcamiento interior, siendo transformado por un embaldosado destinado a uso totalmente peatonal y para acoger no solo la pirotecnia, sino aquellos eventos que, a partir de entonces, se multiplicarían. Para entonces, con varios aparcamientos cercanos, el garaje central era insostenible. Se desalojó, como se había hecho con la no menos caótica Plaza de Brujas.

La "mega rotonda" antes de su peatonalización provisional

La "mega rotonda" antes de su peatonalización provisional / Germán Caballero

Cinco carriles de asfalto

Pero la plaza siguió siendo zona de paso automovilístico. Hasta cinco carriles había debajo del balcón municipal. Google Street todavía transita por esa exhibición de asfalto.

Contracorriente no solo por la propia fealdad que mantenía la plaza, maquillaje aparte, sino porque la tendencia general es la de ir sacando los coches de los centros históricos. En València y en cualquier ciudad europea de cierto postín. El paso definitivo para la nueva reforma llegó con la llegada del Govern de la Nau.

Es el proceso que, ocho años después, todavía está en debate. Lo que sí que hizo el gobierno de Joan Ribó fue dar el primer paso en forma de ensayo general: con la ciudad paralizada por la pandemia se llevó a cabo el «urbanismo táctico», la peatonalización provisional, que ha superado los cinco años.

Peatonalización en pandemia

Es la gran transformación hasta ahora y en ella, los tubos-maceteros, desviaron la atención del significado que tenía para la ciudadanía, que lo había empezado a saborear cuando se determinó que los últimos domingos de cada mes, la plaza se cerraba al coche y pasaba a ser propiedad de los bípedos. El cambio, radical, tuvo que vencer las resistencias generadas por los extremadamente feos maceteros; tuvo que vencer leyendas urbanas: «va a ser la Plaza Roja». Se iba a sovietizar el espacio con un asfalto que recordara el color corporativo de la izquierda. Y hasta se extendieron bulos: que si durante el asfaltado se habían tapado los desagües y el agua se acumulaba haciendo una balsa.

Una de las figuraciones para el futuro

Una de las figuraciones para el futuro / RLV

Aquella peatonalización que aún sigue siendo provisional fue criticada por la candidata María José Catalá, por el gasto en tiempo de pandemia y por la fealdad de los maceteros ("pegotes"). Pero una vez al frente de la alcaldía, y «pensaeta» incluida, el proceso ha continuado. El proyecto «Renatura» se ha maquillado y aún queda la capa final. Que debe durar muchas más décadas.

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