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Russafa se organiza para proteger su comercio singular

La Russafera, la primera asociación de comerciantes del barrio, nace para defender el comercio tradicional en una zona que puede presumir de singularidad y dinamismo

Nace La Russafera, primera asociación de comerciantes de este barrio de València

Esteban San Canuto

Marina Falcó

Marina Falcó

València

Pocos barrios de València tienen una identidad tan marcada. Multiculturales, alternativos y variados son calificativos que podríamos aplicar a los vecinos de la zona, pero también a los negocios que cada día levantan la persiana en las calles de Russafa.

Con una oferta hostelera y de ocio realmente vibrante que atrae a miles de personas cada fin de semana, el Russafa de noche poco o nada tiene que ver con el de día. Cuando suenan los despertadores es el momento en el que cesa el sonido de los tacones y las algarabías etílicas para dar paso al olor a leña del Horno Valencia y al bullicio infantil alrededor de la Papelería Altea, dos de los negocios con más raigambre del barrio y que forman parte de La Russafera, la primera asociación de comerciantes de la zona que nace para defender el comercio tradicional.

Al conocer este aspecto la pregunta surge sola: ¿cómo es posible que no hubiese una agrupación de propietarios de negocio en este barrio? Para dar respuesta a esta cuestión, Levante-EMV se reunió con varios de los comerciantes que forman parte de La Russafera

"Todos hemos oído que el algún momento existió una asociación, pero excepto la que aglutina a los Vendedores del Mercado que está muy consolidada, no teníamos constancia de que hubiese una en funcionamiento, así que decidimos crearla", explica Amaia Ferragud, presidenta de esta joven asociación y propietaria de la Papelería Altea.

"Nos parecía marciano que no hubiese una asociación de comercio en el barrio con el tejido comercial tan amplio, diverso y con tanta solera que tenemos en nuestras calles. Es un barrio con un comercio muy vivo y muy dinámico con la particularidad de que son negocios bastante singulares", cuenta Álvaro Zarzuela, de la mítica tienda de regalos Gnomo. En esta misma línea se posiciona Sebastián Lamazares, de la vinoteca Ché Vins, quien añade que "unidos tenemos más fuerza para trabajar todos en la misma línea y defender a las tiendas de barrio que al final somos los que conformamos el comercio de Russafa".

Por el momento cuentan con una veintena de socios pero prevén seguir creciendo. De hecho tienen tres establecimientos que confirmarán su adhesión en breve. El objetivo a corto plazo es ganar volumen y para ello se han organizado en grupos de trabajo que desempeñan diferentes tareas de difusión, comunicación y captación de nuevos miembros. También han preparado actividades para esta Navidad, como la rifa de una cesta llena de productos y servicios que ofrecen los comercios de La Russafera y que se sorteará entre los clientes de las tiendas.

La hostelería no forma parte de esta asociación y en principio seguirá siendo así por la propia idiosincrasia del negocio de la restauración. "A priori no tenemos unas necesidades y unas reivindicaciones en común aunque por supuesto podemos unirnos para llevar a cabo cualquier iniciativa", razona Amaia.

Sin rastro de franquicias

Cuando uno pasea por las calles de este barrio hay un detalle que, aunque a primera vista no se percibe, cala en el incosnciente. No hay ni rastro de franquicias. Para ser honestos, las hay, pero su presencia es testimonial. Cuentan que una vez se instaló una cadena de montaditos y que produjo algo de temor, sin embargo el local cerró sus puertas y nunca más se supo.

A nadie que haya viajado un poco se le escapa que de hace un tiempo a esta parte resulta muy complicado distinguir una ciudad de otra. Las peculiaridades de los artesanos o productores locales se han borrado de un plumazo para ser sustituidas por los de siempre. El mismo café con un millón de florituras, la misma ropa que nos hará a todos idénticos o las hamburguesas calcadas que tienen el mismo sabor en Milán y en Oporto.

Quizás por eso este es el momento de unir fuerzas. "Uno de los objetivos de la asociación es defender la singularidad. Todos los que estamos aquí o es dueño o parte del negocio que regenta, lo que provoca que te impliques al máximo en la vida del barrio, no que estés por aquí de paso", señala la presidenta de La Russafera. "Yo soy de la creencia de que los negocios se parecen al dueño. Entonces si se pierde esa singularidad, que es lo que sucede en las franquicias, todos los negocios son iguales. Tiene que haber muchos propietarios diferentes para que haya un comercio especial", insiste.

Aquí no hay obradores industriales, aquí está el horno tradicional a leña que llevan Ana María Martí y José Miralles, el Horno Valencia donde se elaboran todos los productos de forma artesana. Ana cuenta que el local en el que se ubica siempre ha acogido el mismo negocio que ha pasado de unas manos a otras desde hace unos 90 años cuando se contruyó el edificio de la calle Sueca, 55.

Ana María Martí, en el Horno Valencia

Ana María Martí, en el Horno Valencia / Francisco Calabuig

En el año 1969 los padres de José se mudaron de Yàtova a València y cogieron la gestión del horno donde ella se incorporó en 1980. Turrones caseros, pasteles de boniato, panetones, pastas típcamente valencianas y hasta 22 tipos de panes aunque "la estrella es la barra rústica de masa madre" que triunfa tanto entre vecinos como entre los restaurantes de la zona a los que sirven. "Nuestra clientela es muy fiel y mucha es del barrio de toda la vida, aunque también recibo encargos de personas de otros pueblos que me llama para hacerme las reservas", cuenta Ana mientras no deja de despachar clientes.

"La gente quiere comer pan bueno" y ese es el punto en común que une a un vecindario que ha cambiado mucho desde los años 80. "Antes la gente joven no quería vivir aquí, se iban a zonas más nuevas por lo que sobre todo teníamos vecinos mayores. Ahora todo ha cambiado y las familias con niños pequeños buscan vivir de nuevo en el barrio".

Turistas que se convierten en vecinos

El Turismo. Pocos temas generan tanta controversia como el que nos trae visitantes a casa y pocos barrios hay que sean tan visitados como Russafa. Hay muchos turistas que vienen de viaje y acaban viviendo aquí. "Es que València engancha", afirma el dueño de la tienda de vinos. "Si paseas por aquí probablemente veas mucho extranjero pero es que la mayoría vive en el barrio y son clientes habituales" y apunta que todos los comerciantes están muy contentos con la llegada de viajeros de todas las partes del mundo aunque puntualiza que "no es un turismo salvaje" y que de hecho, muchos de ellos repiten su alojamiento en el barrio un año tras otro.

Entramos entonces en un asunto espinoso: la proliferación de los bajos turísticos. La respuesta es unánime, hay muchísimos. "Existen comercios que han muerto porque eso destruye -asevera Álvaro- de hecho había un artesano joyero aquí cerquita y ha desaparecido por un bajo turístico", rememora mientras afirma que "cada bajo es una posibilidad de comercio".

Davide regenta Biosofía cuyo lema es "Pienso en lo que consumo, luego existo"

Davide regenta Biosofía cuyo lema es "Pienso en lo que consumo, luego existo" / Francisco Calabuig

Este crecimiento desaforado de turistas ha traído consigo un problema de vivienda y el movimiento Tourist Go Home.

Rosa Oudemans es la propietaria de Verrasend Valencia, un taller y tienda de alquiler de bicicletas que además organiza rutas para turistas holandeses. Ella también lo es, hace 17 años que vive en València y nueve que abrió su establecimiento. "Enseñamos la ciudad y sus secretos de una manera sostenible", cuenta, sin embargo sí ha notado algunas miradas suspicaces. "Por un lado entiendo que puede ser difícil que una ciudad crezca y que vengan tantos turistas, pero nosotros trabajamos para que conozcan y respeten las normas de convivencia de la ciudad. Por ejemplo, hemos traducido las reglas de movilidad para ir en bicicleta al holandés e inglés, para que la gente directamente reciba un folleto con todo indicado y cada vez que llega un grupo tardamos como unos 20 minutos en darles todas las indicaciones", explica Rosa mientras se ríe.

Russafa de día, Russafa de noche

Nada tiene que ver el barrio de noche con el de día. Para Nuria Dormuá, propietaria del taller de costura Loneta y miembro de La Russafera, bajo la luz del sol es cuando se muestra su versión favorita.

Amaia ha mantenido el rótulo original de la Papelería Altea que regenta desde hace ocho años

Amaia ha mantenido el rótulo original de la Papelería Altea que regenta desde hace ocho años / Francisco Calabuig

En sus máquinas de coser aprenden personas de todas las nacionalidades y de todos los barrios de València. Ella que tenía una tienda de artesanía en el barrio hace diez años y que volvió para abrir su taller hace apenas unos meses. "Me gusta tanto el barrio que tuve que instalarme de nuevo aquí", cuenta Nuria. "Siempre ha sido un barrio multicultural pero el cambio ha sido enorme en los últimos años", señala aunque la vida de barrio no ha cambiado, de hecho el mantra que rige a los vecinos es "si lo tengo en el barrio ¿para qué me voy a ir al centro?".

Curioso que las personas que viven en uno de los barrios más céntricos de la ciudad consideren que no son 'el centro'. Quizás porque este distrito que nació de la huerta y que hasta hace apenas 15 años estaba plagado de almacenes y bazares mantiene el aroma de pueblo y de comunidad. Es su potente ADN de barrio.

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