"Hemos plantado chiringuitos del siglo XXI en una playa del siglo XX. El paseo necesita una intervención"
La playa de la Malva-rosa ya exhibe su primera arrocería modular, un diseño marcado por el uso de vidrios y metales. Tras una década de trámites, el Bobo inaugura la tercera generación de chiringuitos y los hosteleros de la zona reclaman al ayuntamiento un esfuerzo similar

Germán Caballero
“¡Cuidado, que va!”. Un operario grita a sus compañeros para que se aparten de la trayectoria del tercer módulo que la empresa Inhaus colocó en la parcela de 230 metros cuadrados reservada para El Bobo, la primera arrocería modular de la Malva-rosa. En total se instalaron ocho módulos, uno cada 45 minutos. La grúa izaba las 25 toneladas por bloque de vidrio y acero y las depositaba en primera línea de playa componiendo un restaurante de dos alturas y tercera generación, tras los merenderos y las construcciones de hormigón.
Tras la instalación de El Bobo llegarán Casa Isabel, Inspiro (antiguo San Patricio), La Murciana y La Alegría de la Huerta. Esta primera fase de montaje será escalonada a lo largo de 2026, como también serán las reaperturas. El Bobo abrirá el 1 de marzo para dar servicio en Fallas a locales y turistas que se acerquen a la gran fiesta valenciana. Los siguientes no tardarán demasiado. Más tarde, en septiembre comenzará la segunda fase de derribos y la previsión es que la decena de chiringuitos modulares de la Malva-rosa estén listos a principios de 2027.
Jorge Quesada es el arquitecto contratado por Inhaus para dar forma a los nuevos edificios del frente marítimo. Ayer era un hombre feliz, y un poco abrumado. El diseño lo visó en 2016 y desde entonces ha atravesado un larguísimo proceso administrativo en la Demarcación de Costas y el Ayuntamiento de València. “Ha sido duro pero estoy muy agradecido a la empresa. Aquí estamos haciendo las últimas pruebas de sintonía fina. En fábrica es más fácil medir al milímetro, pero luego hay que supervisar que tenga su correspondencia en la parcela. El edificio viene prácticamente acabado, faltan algunos remates”, señalaba.
A falta de suministros y la instalación de cocina y mobiliario, el edificio está cerca de ser funcional. Ahora entrará la mano de Javier y Vicente, los propietarios de El Bobo, para ponerlo todo a su gusto. Según contaron a Levante-EMV, la idea es servir a unos 240 comensales (en el restaurante de hormigón tenían capacidad para 130). La planta superior estará dedicada a sala en términos hosteleros, con un 70 % de superficie cubierta y el resto descubierta. En la planta suelo habrá más restauración (la barra será exclusiva para el personal) y una cocina de 75 metros, duplicando el tamaño de la anterior. Además tendrá montacargas y ascensor, otra novedad. Visto desde fuera, el restaurante parece un chalet de lujo con su frontal acristalado e integrado en el entorno medioambiental.

Así ha sido la instalación chiringuitos modulares de la Malva-rosa / Germán Caballero
No tanto en el paseo. “Es un día histórico, un gran motivo de alegría”, introducía José Miralles, presidente de la Asociación de Restaurantes de la Playa de la Malvarrosa, “pero una vez implantados los locales, nos damos cuenta de la necesidad que tiene el paseo marítimo de una intervención. Son chiringuitos del siglo XXI en un paseo del siglo XX. Tal como nos prometió la alcaldesa María José Catalá durante los derribos, esperemos que el paseo vaya acorde a los nuevos restaurantes del paseo marítimo”.
Entre otras cosas, los hosteleros reclaman una renovación del pavimento, los ajardinamientos, el arbolado, el carril bici o el pretil de piedra situado delante de sus chiringuitos, ya muy gastado. También piden contenedores soterrados. Y un uso de materiales menos duros: madera, cuerdas, vegetación. En definitiva, llevar al futuro una de las zonas más visitadas de València. “Sabemos que hay partidas presupuestarias más urgentes, pero estamos hablando de 2027”, precisaba Miralles. “Para nosotros sería un sueño tener en verano de 2027 el nuevo paseo marítimo de la Malva-rosa”.
Ellos han asumido su cuota de esfuerzo. Han estado diez años gestionando la modificación a un modelo más sostenible y consumiendo energía, dinero y parte de la concesión, de 20 años. También han hecho frente al desembarco masivo de franquicias: “Consideramos que somos un bien de interés cultural. Buena parte del turismo que visita València lo hace por nuestra gastronomía, por esos momentos de arroz, tapa y cerveza al sol. Las franquicias se están apoderando de las ciudades, pero nosotros, por suerte o por temeridad, vamos a mantenernos en la playa de la Malva-rosa, porque queremos que esta siga siendo la playa del arroz", cerraba Miralles.
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