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València despide a Teresa, una de sus "super-abuelas" de casi 106 años

La vecina adoptiva de la ciudad llegó procedente de una aldea de Teruel y era la bisabuela de la fallera mayor infantil de València de 2020 y 2021

Teresa, a los 100 años, con su nieta Carla García.

Teresa, a los 100 años, con su nieta Carla García. / Germán Caballero

Moisés Domínguez

Moisés Domínguez

València

Se llamaba Teresa Soler Feced. Habría sido una despedida lógica a uno de los mayores de la ciudad. Si no fuera porque, a lo largo de su vida discurrieron el desastre de Annual, la dictadura de Primo de Rivera, la II República, la Guerra Civil, las cartillas de racionamiento, el desarrollismo, la Transición y la Democracia. Nació con la Gripe Española recién superada y sorteó la del covid con el siglo ya cumplido. Ha transitado por 26 Juegos Olímpicos, nació sin televisión, se jubiló con un incipiente internet y si de pequeña aún había personas que podían contarle las barrabasadas que había hecho Fernando VII en su reinado, ya era una mujer madura cuando el hombre llegó a la Luna. València ha perdido a una de sus superabuelas adoptivas porque Teresa ha fallecido con 105 años y nueve meses de edad.

El relato que cuentan las personas que acuden a la fiesta con la que el Ayuntamiento reconoce a las personas empadronadas que cumplen cien años, suele ser coincidente: personas que llegan a la ciudad procedentes de poblaciones en territorios cercanos. La vida de Teresa lo es a caballo entre València y Aragón porque nació en una masada a cercana a la altea turolense de Cirugeda

La suya es la historia de todo un país, que se transformó de una sociedad decimonónica a una modernidad que solo fue posible gracias a personas como ella, que empezaron trabajando en las labores del campo y en la que ir a la escuela, cuando las labores del campo se lo permitían, que no era siempre, suponía caminar tres horas diarias.

El noviazgo con abuelo Pedro comenzó a sus 22 años, y se casaron cuando ella tenía 24 años, trasladando su domicilio al pueblo del marido, Campos, muy cerca de Cirugeda. Allí vivirían de la agricultura y de la crianza de animales además de ser durante una temporada los encargados de mantener el horno del pueblo. Serían además los últimos en atender el teléfono público del pueblo avisando a los vecinos de las llamadas que recibían y de sus encargos.

A partir de ahí llega la diáspora natural: sus cuatro hijos se fueron a Zaragoza, Barcelona y dos a València en busca de nuevas oportunidades. "Hasta hace poco nos reconocía a todos por la voz" asegura su nieta, Vanesa Pérez. Pasó a ser la abuela paciente que recibe a unos nietos que conocieron unos veranos infantiles entre leche recién ordeñada y huevos de gallinas propias, con recetas que solo pueden salir de los fogones más auténticos. "Y allí, siempre organizando, la figura matriarcal de mi abuela".

Su llegada a València fue también producto de una historia mil veces repetida: para poder cuidar a su marido. Y aquí echó raíces para ver pasar la vida y una jubilación que se prolongó por décadas, siempre ayudando en la cocina -esa que solo puede salir de la sabiduría de los pueblos, y cuyas recetas se guardan en casa como un tesoro-. Pero cuando hacía buen tiempo, volvían a hacer la maleta y la llevaban de vuelta al pueblo. Habían pasado los tiempos en los que llegarse de o hasta València era una aventura de jornada completa. Ahora es una tirada de dos horas y media en coche.

Y hubo un tiempo en el que se hizo famosa y mediática. "La fallera mayor infantil de València tiene una bisabuela centenaria". El día de la Telefonada, a finales de 2019, quiso estar en casa por si la pequeña Carla García tenía suerte. Que la tuvo. El día 12 de 2020 iba a acudir a la "mascletà" para ver a su nieta en plenitud. Pero ya sabemos lo que pasó. El mundo se paró y se cebó en mayores como ella. Pero cien años a sus espaldas no iban a hacerla perder las ganas de vivir. Superó el confinamiento, vio a su biznieta ser fallera mayor infantil de València dos años y aún se preparó para una última etapa de su vida, tan llena de amor de los suyos como siempre y "sin dejar de escuchar el Rosario hasta prácticamente los últimos días".

Porque aún vería pasar la vida durante cinco años más, contando su historia, que le encantaba relatar ayudada por su extraordinaria memoria y lucidez. Ahora ha vuelto a reunirse con Pedro, seguramente para jugar al guiñote y disfrutar de un relato extraordinario.

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