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Paisaje urbano

El Paseo Marítimo pide una reforma 35 años después

La fachada peatonal de la playa sigue inalterable, sin apenas cambios, y con una sensación de envejecimiento que contrasta con los nuevos chiringuitos

Un recorrido por los dos kilómetros y medio del Paseo Marítimo pone en evidencia que precisa de una actuación profunda para reponer muchos de los desperfectos acumulados a lo largo de tres décadas y media de vida, durante las cuales millones de personas han transitado por la superficie y han sufrido el impacto permanente de un litoral que está a ras de arena, sin más protección que el pretil.  | LEVANTE-EMV

Un recorrido por los dos kilómetros y medio del Paseo Marítimo pone en evidencia que precisa de una actuación profunda para reponer muchos de los desperfectos acumulados a lo largo de tres décadas y media de vida, durante las cuales millones de personas han transitado por la superficie y han sufrido el impacto permanente de un litoral que está a ras de arena, sin más protección que el pretil. | LEVANTE-EMV

Moisés Domínguez

Moisés Domínguez

València

La frase resonó lapidaria a la vez que las grúas procedían a elevar y dejar caer -cuidadosamente- los nuevos chiringuitos de la Malva-rosa. «Hemos plantado chiringuitos del siglo XXI en una playa del siglo XX. El Paseo Marítimo necesita una intervención».

El Paseo Marítimo pide una reforma 35 años después

El Paseo Marítimo pide una reforma 35 años después

La vida pasa muy rápidamente y no parece que haga tanto. El lunes, 2 de septiembre de 1991, recién finalizadas las vacaciones de verano, una incipiente alcaldesa Rita Barberá, elegida apenas un par de meses antes, encabezaba la representación municipal que acudía a contemplar el inicio de las obras del nuevo Paseo Marítimo de València. Se trataba de la nueva línea peatonal que establecía los límites, aún difusos, entre calles y arenas en un barrio que estaba pendiente de muchas transformaciones. Todavía circulaban trenes, aún funcionaba -faltaba poco para su cierre-, el Balneario de Las Arenas (el hotel de lujo ni estaba ni se le esperaba) y la única actuación realizada hasta el momento era la zona ajardinada del Paseo de Neptuno, en la zona de los restaurantes.

Un proyecto que nació cojo

Ese primer día, esa primera palada, dejó algunas afirmaciones que sembraron alguna inquietud. Tanto, como que su padre técnico vino a decir que había nacido con el paso cambiado: «el proyecto se ha quedado cojo, aunque esto es muy fuerte que lo diga quien ha dirigido al equipo de arquitectos que lo realizó. Ha sufrido muchas modificaciones desde la redacción inicial y ahora parece estar realizado cara al mar y no con vistas a una ciudad como València. Debería habérsele dado un punto de vista más global». Ponía Miguel Colomina como ejemplo el paseo de Barcelona -estaban en plena transformación olímpica- para reconocer su propia autocrítica.

Paseo Marítimo es un concepto que creció en un tiempo en el que empezaba a dar esa sensación de «mirar hacia el mar». Porque los paseos estaban más que inventados hacía tiempo. Son las barreras artificiales que marcan las distancias entre la ciudad y su litoral. Nada que no estuviera inventado ya en otras latitudes, incluyendo la propia Comunitat Valenciana. Pero en lugares donde la playa se veía como un producto más identitario. València tenía una playa larga, interminable, pero nunca vista como un recurso.

El Paseo no llegó de la nada o de forma rápida. Batallas políticas en un momento muy difícil de la ciudad, complicaciones técnicas y pleitos sobre la propiedad de los terrenos retrasaron un proyecto que empezó con la llegada de los ayuntamientos democráticos. El Partido Socialista fue quien lo fomentó, pero tuvieron que ver cómo sus némesis políticos, la coalición PP-UV, encabezaba la inauguración. Era ya para entonces una promesa muchas veces repetida. A mediados de los ochenta se planteó una urbanización blanda -había proyectos que rodeaban completamente el puerto- y a pesar de que el acuerdo era una realidad ya en 1987, las obras tardarían en llevarse a cabo.

«De ciudad de provincias»

Lo decía Ricard Pérez Casado en diagnóstico: «antes de que yo llegara a la alcaldía solo había pequeñas ideas de retoque. El proyecto del Ministerio era simplemente un plan de adecentamiento para usar las playas de manera ordenada. Nosotros le dimos un cambio total para compatibilizarlo con los objetivos económicos de la ciudad». Un Paseo concebido como una obra magna, de gran calado, dedicado al ocio y al turismo, y que para el alcalde hasta 1988, fueron «quatre barraquetes». Un paseo «de ciudad de provincias, no para una ciudad que quiere crecer y desarrollarse».

Esto hay que verlo con ojos de los años ochenta, porque en un periodo como el actual, en el que la turistificación se ha convertido en un problema, la idea de una «petit Niza» sería, ahora mismo, un problema si no estuviera acompañado de una concepción de turismo de alto nivel.

El caso es que, después de transferencias de terreno, modificaciones y un acuerdo casi unánime, el Paseo echó a andar. Y ahí sigue. El que más, el que menos, lo conoce. Es muy parecido a los propios Poblats Marítims: una inmensa pastilla rectangular llena de largas líneas paralelas. Que si en la trama urbana se llaman Progreso, José Benlliure, Reina o Malva-rosa, aquí se llaman zona peatonal, carril bici, carril bus o calzada. Dos kilómetros y medio de extensión que, con 35 años de edad, empieza a mostrar evidentes síntomas de desgaste.

De moderno a viejuno

Es por eso que, ahora, los hosteleros que han hecho un esfuerzo por adoptar un nuevo modelo de restaurante reclaman unas mejoras en un concepto que, cuando se estrenó, hace una generación, podía calificarse de notable, pero que ahora, con la rápida evolución del paisaje empieza a parecer viejuno.

Benidorm tardó algo más de 40 años en cambiar su Paseo de Poniente, de su clásica balconada por a diseño modernista, que asombra al mundo desde el año 2009

La alcaldesa María José Catalá ha asegurado que recoge el guante «porque se lo merecen. El paseo no está para cambiarlo íntegramente, pero sí para darle un lavado de cara. Nos hemos comprometido a tenerlo en cuenta y a ponerlo en marcha».

A ras de playa... arena

Trabajo hay, porque es una zona muy transitada y que tiene, además, sus propias características, no siempre favorables. El Paseo está a ras de playa, lo que quiere decir que está sometido a las inclemencias. Los temporales llevan a su suelo inmensas cantidades de arena, que en ocasiones se tragan literalmente el firme, cuando no ahogan los jardines. Más allá del mantenimiento rápido, hay signos de agotamiento en el pretil, en los maceteros oxidados. Las esculturas acumulan herrumbre y el propio carril bici está ampliamente desgastado. No cabe duda que el suelo se hizo con dos calidades: mientras que las baldosas rugosas aguantan bastante bien, las de color blanco, que generan las disposiciones geométricas, están en muy mal estado, con muchas de ellas rotas. Lo mismo que señaléticas ya oxidadas.

Sorolla tiene trampa

Llamó la atención que, en sus deseos de año nuevo, María José Catalá no se refirió con gran entusiasmo a la recuperación del monumento a Sorolla y, más allá de que «el Gobierno de España es poco receptivo» a sus peticiones, la experiencia sobre el terreno deja claro que, si no hay un mantenimiento permanente, lo que debería ser un homenaje a un inmortal de la ciudad puede convertirse en un depósito permanente de arena y suciedad.

Ahora mismo, un recorrido pone en evidencia la necesidad de una inversión más que necesaria. Prácticamente nada se ha tocado en tres décadas y media y transitar por el paseo permite ver no solo un paisaje marítimo envidiable, sino una colección de elementos a mejorar. Bancos de piedra rotos, herrumbre en maceteros, jardineras precisadas de mantenimiento, bancos de madera pelados, parques necesitados de reforma y hasta el monumento a Antonio Ferrandis pide a gritos una reforma integral. Como mucho del entorno.

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