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Ola de solidaridad con María

Decenas de personas ofrecen alojamiento, trabajo, comida o ropa a la mujer de 56 años que lleva unos seis viviendo en las calles de València. Su aislamiento social y digital dificulta la gestión de estas propuestas. Tras sufrir agresiones en viviendas compartidas, le preocupa encontrarse con una situación similar y dice preferir un techo para ella sola, por ejemplo, de un bajo comercial en desuso que le permita encauzar su vida. Cada vez hay más mujeres viviendo en la calle, muchas de ellas víctimas de agresiones sexuales

El infierno de una mujer sin hogar en València: "Me insultan, me acosan, abusan de mí"

J.M.López

València

La historia de María ha tenido resonancia. El drama de la mujer de 56 que lleva seis años viviendo en las calles de València ha encontrado eco en las redes sociales, donde decenas de personas se han ofrecido a prestar ayuda. María narraba en Levante-EMV un periplo vital con numerosas paradas, ninguna acogedora. Estuvo en un piso de alquiler sufriendo por la enfermedad de su madre, en una pensión a la que tuvo que renunciar cuando le cortaron la ayuda autonómica, en habitaciones compartidas que describe como "el inframundo" –lo dejó tras sufrir una agresión sexual–, en un trastero y finalmente en la calle. Duerme en medio de una acera, sobre dos sillas bajo una bóveda de cartón, enfundada en un saco. "Me pasa de todo: acoso, abusos, agresiones, insultos, burlas. Gente que pasa y cuando me hace una canallada grita "¡Gol!". Un montón de hombres me dicen que me vaya a sus casas, como si fuera un mueble. También hay gente que me mira con odio y dice: si Franco viviera, tú ya no estarías aquí", contaba la mujer.

Conmovidos por su historia, muchos ciudadanos han ofrecido vivienda, habitaciones, trabajo como cuidadora de familiares, comida caliente, ropa o ayuda económica. Muchos otros han lamentado su drama y han pedido a la Administración que se haga cargo de la situación, que ponga remedio a la vulnerabilidad extrema sufrida por María desde hace años. Desde el Ayuntamiento de València indican que su caso ya estaba dentro del radar de los Servicios Sociales y añaden que la mujer ha rechazado la ayuda ofrecida, sin especificar el tipo de ayuda. En lo relativo a la competencia municipal, cabe recordar que un trabajador social llamó varias veces en plena ola de frío al centro de atención social a personas sin techo (CAST) para informar sobre el riesgo al que estaba expuesta María y nadie atendió al teléfono. También cabe recordar que varias oenegés han denunciado en estas páginas la inoperancia del CAST y del centro de atención a la inmigración (CAI) de València, dos recursos municipales que, según denuncian, suelen estar obstruidos, generando una profunda frustración entre sus usuarios.

En cuanto a la ola de solidaridad, el aislamiento de María complica su canalización. La mujer carece de móvil, con lo que no puede valorar por sí misma las propuestas recibidas. Además, según cuenta a este periódico, ha tenido mala experiencia con los recursos públicos y la tutela ejercida por estos –su principal vínculo está en los trabajadores de un comercio de barrio que le ofrecen víveres de manera desinteresada– y también quiere mantenerse alejada de todo aquello que le ha ocasionado traumas en los últimos años, como las habitaciones en pisos ajenos. Sobre el trabajo, que alguna idea también le han sugerido, considera que asumir una tarea de limpieza o cuidados sin siquiera tener la oportunidad inmediata de salir de la calle no tendría mucho recorrido. Está atada a dos carros y dos sillas porque es todo lo que tiene. De ahí que pregunte por la posibilidad de acceder a una vivienda sin compañeros o incluso a un local comercial en desuso para mantenerlo y entregarlo cuando el propietario lo reclame de vuelta. Es decir, una puerta con una llave detrás de la cual poder encauzar su vida.

María lleva unos seis años viviendo en las calles de València

María lleva unos seis años viviendo en las calles de València / J.M.López

Mientras siguen llegando propuestas de ayuda, María trata de hacerse con un teléfono móvil para poder contestar por ella misma. También le gustaría tener un folio donde aparezcan impresos todos los mensajes de solidaridad. "Me ayudará creer en toda esa gente bonita. Durante unos años llevaba encima un recorte de un poema que me daba alivio en los momentos de desaliento. Pero, tras una tormenta, quedó en papel mojado".

Mujeres sin hogar

Si hablamos de personas sin hogar, el imaginario colectivo dibuja la figura de un hombre, de mediana edad, sentado en cualquier calle o durmiendo en un cajero con un brick de vino al lado. Con adicciones y/o problemas de salud mental. Sin embargo, ese perfil está cambiando. Así lo llevan denunciando desde hace años las entidades sociales, que explican cómo la escasa red pública tanto para quienes han sido menores tutelados y han cumplido los 18 años como para las personas migrantes que llegan huyendo de la guerra o la pobreza implica un crecimiento constante de jóvenes en situación de calle. Ahora, además, se suman mujeres e incluso familias que se ven sin techo tras la expulsión, directa o indirecta, de un mercado de la vivienda que les ha dejado fuera. Y una vez fuera, regresar es casi un imposible.

Vivir en la calle implica estar expuesto a todo tipo de riesgos y agresiones. Así que si es un hombre el que duerme al raso, la inercia es juntarse con otros hombres, busco grupo o algo de compañía, aunque surjan conflictos. La unión hace la fuerza y el refugio se busca en lugares poco visibles. Mejor no llamar la atención y ser invisible. Si es una mujer, la cosa cambia. La vida en la calle son palabras mayores y antes de dar ese paso terrible ellas buscan protección en parejas tóxicas o personas que las maltratan, a sabiendas de que solas están aún más expuestas.

Las entidades sociales que trabajan con el colectivo de personas sin hogar destacan que la mujer que vive en la calle es más que posible que haya sido víctima de una agresión sexual y, si lo ha sido, también suma puntos para rechazar un techo en el que no se sienta segura. Por eso, ellas viven en la calle pero no se esconden. Cuanto más visibles, mejor. Eso sí, sin molestar. Esa es la máxima de una persona sin hogar. Porque la presencia de un "sin techo" molesta. Ya se ubique en un portal, cerca de un parque infantil, en un garaje, en un jardín, en un cajero o en los recovecos de un mercado, de un hospital, de un colegio, de un centro deportivo… hasta del cementerio. Y si hay quejas, hay que moverse.

Abocados a los albergues

La movilidad es un problema real para las personas sin hogar. Porque moverse implica trasladar lo poco o mucho que uno tenga. Por eso son muchos los que rechazan las plazas en los albergues, la solución “estrella” del Ayuntamiento de València. Porque para dormir a cubierto unas pocas horas no tienen donde dejar sus cosas. Es más, puede que ni están cuando vayan a buscarlas. Los horarios, que no puedan entrar animales (fieles y únicos compañeros en muchos casos) y los robos son motivos por los que las personas sin hogar rechazan ocupar plaza en un albergue, aun cuanto se desploman los termómetros. Además, en un albergue, las personas no llegan y entran. A una plaza en un albergue hay que ir porque el SAUS (Servicios Sociales de Atención a Urgencias Sociales) te envía. Y para eso hay que saber qué es el SAUS, donde llamar y, con suerte, que te atiendan y tengan plaza disponible.

Para llamar, al SAUS o a quien sea, hay que tener teléfono móvil, cargador y red eléctrica. Las personas sin hogar pueden tener móvil y cargador, pero conseguir un enchufe, a diario, son palabras mayores. El interés inicial por conseguir ese objetivo se disipa con el tiempo. Y es que, sin un lugar donde asearse y con la vergüenza que crece en las personas que viven en la calle conforme pasa el tiempo, el aislamiento y la desconfianza son el motivo de rechazar las ayudas que llegan de forma espontánea de desconocidos y de las instituciones. De hecho, las entidades sociales que trabajan con el colectivo advierten de que conseguir la confianza de quienes sufren el lado más hostil de la vida implica un tiempo y esfuerzo que la administración pública no asume.

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