Tatuajes
Llevar el Cabanyal en la piel
Los característicos azulejos que adornan las fachadas del barrio del Cabanyal saltan de la cerámica para convertirse en tatuajes

Daniel Tortajada

El arte es demasiado grande como para quedar constreñido a un solo soporte. Los lienzos son infinitos y solo depende de la mirada del artista saber captar la esencia de lo que nos rodea para plasmarla en lugares que puedan ser captados por el espectador.
Gonzalo Fernández Alonso tiene 26 años y unos ojos capaces de radiografiar los detalles que lo rodean y en los que encuentra una belleza que merece saltar de su ubicación original para posarse, por ejemplo, en la piel. Así fue como decidió trasladar la delicadeza de los diseños de los azulejos que adornan las fachadas del barrio del Cabanyal a brazos, muñecas o espaldas de los clientes de su estudio de tatuajes.
Él, quien ha crecido en el Canyamelar y que tiene unas raíces muy profundas en el barrio -como todos los vecinos de la zona-, tiene una cualidad digna de envidiar por muchos: no se ha inmunizado al entorno. Mientras la mayoría nos perdemos en las pantallas del móvil o parece que llevemos anteojeras de caballo, su mirada no deja de buscar. Una grieta en la pared, arrugas en un rostro e incluso el patrón de los adoquines de la acera le sirven de inspiración para dar rienda suelta a su arte que desarrolla no solo en la dermis ajena, sino también en lienzos en blanco.
Esta eterna inquietud y un deseo irrefrenable de crear le han llevado a desarrollar un proyecto en el que, inspirándose en las filigranas de los azulejos de las fachadas de las casas del Cabanyal, traza los bocetos de los dibujos que permanecerán para siempre en una piel. Para ello, Gonzalo callejea por su barrio pertrechado con un escáner portátil y con él registra los diseños que decoran las viviendas más castizas del barrio.
Escoger estos motivos ornamentales no es casualidad. Su historia está en este antiguo barrio de pescadores, "mi abuela tenía una carnicería junto al mercado del Grao y ahí he crecido", explica, por lo que su esencia es puramente cabanyalera y esta naturaleza se transmite irremediablemente a su personalidad como tatuador. "Al final me he criado en una estética de barrio donde había una infinidad de texturas, de colores, azulejos y eso me ha llevado a crear una identidad", reflexiona.
"Cuando empecé en el mundo del tatuaje entendí la similitud entre la piel desnuda y la arquitectura moderna, que es muy plana. Así que al igual que la arquitectura antigua daba más importancia a la decoración, yo quiero ornamentar el cuerpo" siempre imprimiéndole siempre su huella personal.
La conexión lo es todo
Para Gonzalo el cuerpo humano es un elemento de expresión que cada persona singulariza por un motivo diferente. Desde las puramente estéticas hasta grabar un recuerdo, pero lo que está claro es que las razones de quienes llevan la tinta de este tatuador van más allá. El proceso de creación de Fernández es puramente orgánico, los paisajes y el ambiente urbano tienen grandes influencias en él. "Los colores, las texturas, las formas... todo me resulta inspirador ya sea para tatuar o para volcarlos en cuadros o ilustraciones". En definitiva, la conexión que establece con lo que le rodea es una espita que se abre y acaba convirtiéndole a él mismo en un transformador que "juega" con las imágenes dotándolas de su "estética propia" para el resultado final.
Por eso no es raro encontrarlo dibujando sumergido en plena naturaleza o visitando mercadillos. Como decíamos el soporte es lo de menos, huir de la uniformidad, un aliciente. "Igual que las casitas de azulejos del Cabanyal mantienen una personalidad que se ha perdido en las nuevas construcciones, con la ropa ha ocurrido lo mismo". Los estampados de los ochenta y los noventa también son fuente de inspiración, así que no ha dudado en recorrer las paradas de ropa vintage del mercado de su barrio. Las telas desgastadas y los patrones originales son testigos de lo que fuimos y esas "cicatrices textiles" también son susceptibles de convertirse en tatuajes.
Pero los anhelos de Gonzalo trascienden de las calles de su barrio. Incluso de la ciudad. Sus proyectos contemplan viajes a otros lugares del mundo: "quiero coger todas las culturas y llevarlas a mi idioma" para, de nuevo, volver a lo esencial: la conexión. "Toda mi obra proviene de un subconsciente y al final acabo mostrando una forma de ser que es lo que percibe el resto. Me resulta muy interesante la conexión que se establece entre tatuador y cliente y que lleva a otra persona sentirse identificado con mi forma de ver y entender el mundo".
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