Fallas de Valencia
Debate abierto: petardos sin control en una ciudad saturada
Vecinos denuncian el uso indebido de pirotecnia en espacios y horarios prohibidos mientras la normativa pierde eficacia
La falta de cultura pirotécnica y el incumplimiento de las normas alimentan la sensación de desorden en plena semana grande

Decomiso de petardos en Valencia. / Germán Caballero / GERMAN CABALLERO

La relación entre la llegada masiva de visitantes a València (turistas, residentes temporales y nuevos vecinos) y el uso de la pirotecnia en València ha dejado de ser un debate de fondo para instalarse, directamente, en la calle. Basta con caminar unos minutos por barrios como Russafa para percibirlo. El problema ya no es teórico. Se escucha en la calle por mucho que uno se tape los oidos.
A media tarde, Russafa presenta la imagen habitual de estos días: calles llenas, terrazas completas y un flujo constante de familias, vecinos y visitantes. En ese contexto, las detonaciones irrumpen de forma repentina, encadenándose sin apenas margen de anticipación. En una esquina, un grupo de jóvenes enciende un petardo con cierta duda y lo suelta antes de tiempo, provocando que el artefacto se desplace a ras de suelo hasta impactar contra una papelera. Varias personas se apartan con rapidez, sin que nadie llegue a intervenir. Una normalidad asumida que el lunes casi cuesta un disgusto serio, cuando una bengala provocó que ardiese un panel de la iluminación de Sueca-Literato Azorín.
“Antes esto no era así”, comenta Ana, vecina de la zona desde hace más de veinte años. “Siempre ha habido petardos, claro, pero sabías más o menos cómo se usaban. Ahora vas caminando y no sabes por dónde te va a salir uno”. Durante décadas, el uso de la pólvora formó parte más o menos de un código compartido, una especie de aprendizaje colectivo que no estaba escrito, pero que funcionaba. Dónde tirar, cuándo hacerlo, cómo reaccionar. Hoy, ese marco parece haberse diluido.
"El problema no es la pólvora"
En la misma calle, unos metros más adelante, alguien enciende una fuente pirotécnica y la dirige hacia un árbol. Las chispas saltan, el humo se acumula, varias personas se apartan sin demasiado margen. “El problema no es la pólvora”, dice Jorge, que trabaja en un comercio cercano. “El problema es que hay gente que no sabe lo que tiene en la mano. Y cada vez son más los que usan la pólvora sin tener cultura de ello, porque son de fuera y se creen que esto es un juego, y no lo es".

Masclets. / ED
València recibe hoy más visitantes que nunca, y también ha sumado en los últimos años nuevos residentes, nacionales y extranjeros, que se incorporan a la vida de la ciudad. La fiesta, abierta por definición, se convierte así en un espacio donde conviven formas muy distintas de entender la pólvora sin reglas compartidas.
“No es cuestión de que sean de fuera o de aquí”, matiza Carmen, otra vecina del barrio. “Es que hay genteque no ha aprendido nunca cómo va esto. Encienden y ya está”. La escena se repite a pocos metros: un petardo que cae, un rebote inesperado, una trayectoria imprevisible entre peatones. Una improvisación constante que no responde a reglas, pese a que las hay. "La cuestión es que las fallas tienen zonas acotadas para tirar petardos y eso está muy bien, pero eso no impide que en la calle, en cualquier sitio, haya libertad para hacer lo mismo", añade Carmen.
Las reglas están definidas
El desfase entre acceso y conocimiento se percibe especialmente en zonas con alta concentración de visitantes. Russafa es una de ellas. También el antiguo cauce del Turia. Allí, entre corredores, ciclistas y familias, los petardos aparecen pese a estar prohibidos. “Es una vergüenza”, dice un hombre que camina con la bicicleta en la mano. “Aquí no se puede tirar y lo hacen igual. Hay niños, gente corriendo… y empiezan a explotar cosas”.
La normativa existe y es clara. El bando fallero establece que entre el 8 y el 13 de marzo se pueden tirar petardos, pero no entre las 22:00 y las 7:30. A partir del 14 y hasta la hora de la cremà, el margen se amplía, aunque sigue prohibido entre las 2:00 y las 7:30. También se recomienda evitar ciertas horas del día y se prohíbe su uso en espacios como el Jardín del Turia, zonas infantiles o lugares con riesgo de incendio.

Ambiente fallero en una calle de Russafa, con restos de petardos en el suelo. / ED
En la práctica, sin embargo, el cumplimiento es irregular. “Las normas están, pero no se respetan”, resume Luis, vecino del barrio. “Y eso genera una sensación de que todo vale”. La Policía Local ha reforzado la vigilancia, pero el volumen de actividad dificulta el control. Las comisiones falleras habilitan espacios concretos, aunque fuera de ellos el uso es constante. La norma no baja a la calle.
Sensación de inseguridad constante
Esa distancia entre lo que está regulado y lo que realmente ocurre se ha convertido en una queja compartida entre vecinos. No se trata solo del ruido, sino de la incertidumbre. “No sabes si alguien va a tirar algo cerca, ni cómo”, explica una madre mientras sujeta a su hijo de la mano. “Y eso no es normal”.
El debate, que durante años ha sido marginal, empieza a tomar forma. Algunos vecinos apuntan directamente al impacto del turismo y del crecimiento de población como factores que han desbordado los equilibrios tradicionales. Otros prefieren hablar de falta de educación o de responsabilidad individual. Lo que está claro es que se trata de un debate incómodo.
Lo que está en juego, en cualquier caso, va más allá de los petardos. Tiene que ver con cómo se puede conservar una tradición en una ciudad que ha cambiado rápidamente. En la calle, ese cambio se traduce en pequeños gestos que se repiten una y otra vez: petardos fuera de lugar, en momentos inadecuados, en espacios saturados. Situaciones que, por sí solas, pueden parecer menores, pero que acumuladas generan una percepción clara de descontrol.

Policías locales realizan un control en un comercio de pirotecnia. / ED
A partir de ahí, empiezan a surgir preguntas. Limitar la venta, exigir formación, acotar más los espacios. Ninguna solución es sencilla. Todas implican redefinir el equilibrio entre tradición y convivencia. Regular o educar.
València sigue siendo la ciudad de la pólvora. Pero también es hoy una ciudad más abierta, más diversa y más expuesta. En ese nuevo contexto, la línea entre la fiesta y el riesgo se estrecha. Y la pregunta ya no es si la pólvora debe seguir formando parte de la calle, sino cómo hacerlo sin que deje de ser lo que siempre fue. El reto está servido.
Como antecedente reciente, durante las Fallas de 2025 la Policía Nacional detuvo a doce turistas alemanes tras organizar enfrentamientos con artefactos pirotécnicos en el antiguo cauce del río Turia, algunos de ellos de fabricación casera. Los incidentes se produjeron tras la Nit del Foc, en una zona con gran concentración de público, y derivaron en momentos de tensión con los agentes. Cinco de los implicados se enfrentan a una petición de la Fiscalía de cinco años y medio de prisión por desórdenes públicos y atentado a la autoridad. Un episodio extremo. Pero no aislado en su origen.

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