Añoranza por el Bolos: "Cuando cierra un bar con esta historia, se pierde un poco del alma de València"
El cierre del Bar Bolos representa la pérdida de un lugar con historia en València, un espacio que ha visto crecer a varias generaciones y que atesoraba el "alma de la ciudad"

Celeste Martínez

El cierre del Bar Bolos, en València, ha abierto la espita de una de las emociones más potentes y agridulces que puede experimentar uno en la vida: la añoranza. El recuerdo de lo que fuimos y lo que vivimos nos da directamente en la línea de flotación porque, aunque no todo tiempo pasado fue mejor, sí éramos más jóvenes, todo era mucho más intenso y teníamos por delante muchas primeras veces que experimentar.
El Bolos como herencia
Para Toni Ros, vecino de València y con 74 años, es el lugar donde iba a comer cuando empezó su vida laboral. Pese a vivir en otra parte de la ciudad su trabajo como aprendiz de joyero le obligaba a trasladarse a Camins al Grau e hizo del Bar Bolos "cuando estaba aún en el primer local" su lugar de confianza. Tanto es así que la relación que se inició por una cuestión profesional acabó convirtiéndose en algo mucho más íntimo hasta el punto de que este emblemático local ha sido testigo de la evolución personal de Toni y su familia.
"Cuando empecé de novio con mi mujer íbamos desde Benicalap donde vivimos hasta el Bolos en mi Seat 600 y con los años ya era un Seat 124 el que nos llevaba con nuestros hijos", cuenta a Levante-EMV entre risas. Y la relación con este local se alargó durante más de 20 años.
La Marisquería Bolos ha sido testigo de algunos de los acontecimientos más destacados de la familia Ros: desde aniversarios hasta graduaciones en la universidad. "Siempre que queríamos festejar alguna cosa de forma un poco más especial, allí que íbamos", explica Toni. De hecho sus bodas de oro también se celebraron con una buena mariscada en este restaurante. "Es que sabías que ibas a comer un producto de calidad y no te llevabas sorpresas con el precio, además la atención de los camareros era muy profesional", recuerda, "me ha fastidiado mucho la noticia de su cierre porque siempre ha sido una referencia para nosotros".
El legado familiar muchas veces trasciende de lo material. Recuerdos, costumbres y lugares forman parte de aquello que heredamos en la vida. En el caso de la familia Ros la Marisquería Bolos pasó de padres a hijos. Dani Ros es hijo de Toni y también hizo de este local un imprescindible de sus celebraciones y de sus planes gastronómicos. "Cuando empecé la relación con mi mujer teníamos establecida una ruta de cata de bocadillos de calamares por diferentes locales de la ciudad, por supuesto el del Bolos era una de las paradas obligatorias", cuenta.

El bajo de la Marisquería Bolos ya se ha alquilado y está de reformas / Miguel Angel Montesinos
Pero es que el vínculo con este restaurante aún iba más allá, porque la familia política de Dani, también apellidados Ros "¿cuántas probabilidades había de que tuviéramos el mismo apellido?", dice divertido, contaba con este establecimiento entre sus habituales lugares de reunión. Así que continuaron con la tradición familiar pese a "vivir en la otra punta de la ciudad".
Sus platos imprescindibles del restaurante Bolos: los calamares, el marisco por supuesto y la tarta al whisky. "Es un postre viejuno, lo sé, pero es que se volvió bastante difícil de encontrar en los locales actuales y ellos seguían teniendo la auténtica, la de siempre". Precisamente la autenticidad era, en opinión de Dani, uno de los valores del restaurante. "Se había anclado en los años 80 y ese era parte de su encanto. Lo que veías es lo que querías ver" y además "lo mirabas con cariño porque encerraba las etapas que habías vivido", como el día en que toda la familia celebró la graduación de Dani en Historia y sus padres le regalaron un facsímil de 'Els Furs' y, cómo no, se lo entregaron en el Bolos.
Un cierre que "se lleva el alma"
Quico recuerda su época de compartir piso en la calle Duque de Gaeta al inicio de su carrera profesional en València, allá por mediados de los años 90. "Fue el local que democratizó el marisco", asegura tajante. Precios asequibles para productos de buena calidad que atraían a todo tipo de público "desde familias y estudiantes, hasta parejas de novios, la clientela era totalmente heterogénea", eso sí, todos fascinados por un servicio muy profesional, "aunque estuviera lleno, siempre te buscaban un hueco pese a que no tuvieras reserva", rememora.
En los Bolos "encontraron el equilibrio perfecto entre una ración digna, una buena calidad y sin sustos en la cuenta", reflexiona mientras habla con este periódico y hace memoria sobre un suceso que vivió junto a unos amigos mientras estaba en este restaurante. "Recuerdo que escuchamos varias explosiones cerca y era un hombre que hizo explotar varias bombonas de butano en su casa con la intención de suicidarse, nos pilló comiendo allí".
Cenas de amigos, compañeros de piso y celebraciones familiares "son sitios que han visto crecer generaciones, no son decorados". Y ¿qué sucede cuando locales como el Bar Bolos cierra? "Pues que se pierde un poco del alma de la ciudad porque son rincones de vida".
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