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Comercio tradicional

Ultramarinos Rodrigo, una historia de amor de 66 años con el barrio valenciano de Exposición

A pesar de la competencia de los supermercados y los cambios sociales, Ultramarinos Rodrigo sigue siendo un punto de encuentro en el barrio, donde Pepe conoce a sus clientes por su nombre y ofrece productos de calidad

Pepe Rodrigo. Propietario de uno de los pocos ultramarinos que funcionan en Valéncia: "Hemos resistido pese a todo"

Fernando Bustamante

Marina Falcó

Marina Falcó

València

"¿Tú crees que tengo ganas de irme? Me iré cuando falle la salud pero no antes" dice con risa socarrona Pepe Rodrigo, de 77 años, y responsable de uno de los poquísimos negocios tradicionales que sobreviven en València y que lleva su apellido: Ultramarinos Rodrigo.

Con 66 años a la espalda esta preciosa tienda subsiste en el barrio de Exposición en una de las calles con más relumbrón de la ciudad, Micer Mascó. Una pequeña joya que brilla con derecho propio en un paisaje urbano que, como ocurre en todo el mundo, la homogeneidad se ha instaurado como ley divina. Nada sobresale, todo es igual. El diseño nórdico lo mismo envuelve una cafetería, que una panadería o un coworking. Y eso sin hablar de las multinacionales que conquistan todos los núcleos urbanos del mundo y le hacen a uno perder la noción del espacio: ¿estamos en París, en Estocolmo o en Logroño? Nada genuino, como si borrar la huella de aquello que fuimos fuera de obligado cumplimiento para ser modernos.

20 de agosto de 1960

Después de conocer el cierre de una de las marisquerías más populares de la ciudad, el Bar Bolos, con más de 50 años de historia a la espalda, reconforta saber que hay negocios de toda la vida que gozan de una salud excelente. El alivio de que nuestros semejantes aún saben apreciar lo auténtico reconcilia con el ser humano. "El cliente nos valora barbaridades", nada más que añadir.

Pero la supervivencia de estos comercios no depende únicamente de la voluntad del público, el saber hacer de quiénes los regentan resulta ser clave en el éxito. "Esta tienda se abrió el 20 de agosto de 1960 y ya vamos por la tercera generación", explica Pepe mientras un rayito de orgullo le recorre la mirada.

El colmado llegó a manos de su padre mediante un traspaso. El hijo del matrimonio que lo gestionaba antes que ellos no quiso seguir con el negocio, "me temo que nosotros tampoco tendremos una cuarta generación" lamenta Pepe Rodrigo, "pero de momento yo no me pienso jubilar. La gente pensará que estoy 'chalao' o que lo necesito para comer, pero nada de eso, es que no cambio en barrio por nada".

Esta historia de amor dura desde el año 60 cuando el ultramarinos, que por cierto aún mantiene las estanterías de madera originales del año 1955, comenzó a conocerse entre el vecindario como 'la tienda de los chicos' porque en ella trabajaba Pepe junto a su padre y sus hermanos mayores Vicente y Enrique. Hoy podemos encontrar detrás del mostrador al propio Pepe, quien saluda por el nombre a todo el que entra en la tienda, a su sobrino y a Marta, empleada del comercio.

Todos ellos trabajan con una precisión propia de un reloj suizo. Uno prepara pedidos, otra despacha en el mostrador y el otro atiende en la calle donde tienen parte del género. "Me levanto todos los días a las cuatro de la mañana para ir a Mercavalència y a las 6.30 estoy ya por aquí para prepararlo todo y abrir la tienda", detalla Pepe a quien no le duelen prendas en proclamar su amor por el oficio y sus vecinos: "El cara al público me encanta, es precioso. La tienda es mi vida, pero además tengo a mis amistades aquí".

Y de este modo, como amigos, trata Pepe Rodrigo a quien cruza el umbral de este coqueto ultramarinos, uno de los poquísimos que funcionan en València y que no enmascara un restaurante bajo ese nombre.

Él está muy orgulloso de la relación de confianza y respeto que tiene con quienes le compran y eso, asegura, ha sido la base para que todo funcione pese a los vaivenes de la vida. Como cuando llegaron los supermercados al barrio con sus horarios extendidos y superfícies enormes, o el momento en el que decidieron abrir solo por la mañana (de 7.00 a 14.00) porque su hermano Vicente falleció por el covid y el replanteamiento vital fue justo y necesario. Los compradores lo entendieron perfectamente y siguen fieles a los Rodrigo quienes "ofrecemos los mejores productos a su justo precio, te lo digo con la mano en el corazón", le asegura a la periodista durante la charla en la puerta del ultramarinos.

Un buen cronista

Claro, 66 años tras un mostrador ofrecen un palco privilegiado para ser testigo de la evolución del barrio y sus gentes. Pepe cuenta que hay muchos vecinos y clientes que fallecieron y cuya pérdida "hemos sentido como si fueran familia"; que Pura, de 102 años de edad, aún baja a comprar y que además de ser una "persona maravillosa" tiene una mente superlúcida. También quiere dejar constancia de que "en Ultramarinos Rodrigo no tenemos ni un moroso" porque ellos siguen fiando a sus clientes a "quienes respetamos profundamente y ellos nos responden".

También ha sido testigo de los cambios en los hábitos de consumo: "Antes los sábados eran más bien flojitos en venta , pero ahora funcionan muy bien", explica, "sobre todo vienen muchos matrimonios que trabajan de lunes a viernes y el fin de semana acuden a comprarnos". Hoy, la presencia de hombres con lista de compra en la mano es casi mayoritaria y por su tienda han pasado varias generaciones de las mismas familias: "Nuestros clientes no nos fallan y no hay palabras para describir eso".

Porque al final podrán intentar colarnos el diseño nórdico, pero, como dice la canción, 'uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida' y también donde lo cuidan.

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