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Lunes de Pascua

Se acabó la penitencia: monas de Pascua y catxirulos conquistan València

El Lunes de Pascua saca a las playas del sur algunas tradiciones que no pierden arraigo pese al crecimiento turístico del Cap i Casal

Claudio Moreno

Claudio Moreno

València

El Lunes de Pascua da inicio al tiempo de júbilo y celebración que sigue a la Cuaresma, los 40 días en que todos los fieles, cada uno a su manera mediante ayuno, oración y caridad, están obligados por la ley divina a hacer penitencia. En la tradición cristiana la Pascua es la fiesta más importante, pues se celebra el triunfo de la vida sobre la muerte. En la tradición valenciana, sin tanta solemnidad, se celebra el amor a la familia –a veces elegida– y la alegría de otro día sin obligaciones, que no es cosa menor.

Así, tras el Domingo de Resurrección, València vuelve a ser escenario de reuniones familiares a cielo abierto, con multitud de niños y algunos adultos intentando volar los catxirulos en un día caluroso y no demasiado ventoso, perfecto para empezar a tocar arena en el Cabanyal, la Malva-rosa o El Saler.

Uno de los puntos más típicos para pasar un día como hoy es el litoral sur, especialmente con un clima tan benigno. Vicente y Ana han acudido desde Silla para pasar el día con su hija y sus tres nietas. Una de las niñas vuela la cometa, otra tiene apenas 10 meses y es la primera vez que pisa un arenal: se la nota en su salsa. El resto se deja llevar. "Nosotros venimos desde hace muchos años, antes no había tanta arena como ahora”, dice Vicente.

“Es cierto que algunas tradiciones se van perdiendo, como cuando en Silla se formaban cuadrillas de pascueros para ir al parque y saltar a la comba o lo que fuera", rememora Ana antes de enseñar una mona casera hecha con la receta que le han dado a su nieta en el cole. Los tiempos han cambiado pero los hábitos gastronómicos se mantienen inalterables. La familia guarda su pequeña mona para degustarla a la hora de la merienda, como manda la tradición. Pasarán el día entero en esta playa no tan masificada como las urbanas.

Unos pasos más adelante, en primera línea, Esther y Sara llevan un rato intentando montar un catxirulo con forma de dragón. Sacan el listón de metal, vuelven a colocarlo, ponen el hilo por encima, después por debajo, no se aclaran. "Esto llevaba años sin planteármelo, pero ahora por hacer la gracia con el nene hemos querido seguir la tradición", dice Esther, que por fin ha conseguido montar y controlar su cometa ante la atenta mirada de los suyos, con otra cometa bamboleando cerca. Las dos amigas valencianas recuerdan que cuando eran pequeñas solían ir a una caseta en la huerta y siempre han celebrado en familia este día tan señalado. “Ahora no hace demasiado viento pero esta tarde se llenará de gente”, pronosticaban.

La escena se repite en el paseo marítimo menos comercial de València, a los pies de la playa de l'Arbre del Gos, un camino urbanizado en paralelo al carril bici, entre lo rural y lo costero, casi virgen. Sin chiringuitos acristalados ni raciones de clochinas. Cientos de personas pasean deportivamente como lo harían por el jardín del Turia y otras tantas ocupan los merenderos diseminados a lo largo del trayecto. Abundan las familias y los grupos amigos.

En una de las mesas hay dos matrimonios uruguayos que repiten sus nombres porque quieren salir en la prensa: Cande, Cati, Enrique y Marcio. Dicen que en su país la tradición es parecida, tienen el huevo de Pascua y toda la liturgia asociada a la fiesta, pero además añaden una costumbre secular: la doma de caballos o jineteadas que reúne al gaucho y el potro en una comunión cuestionada por las organizaciones animalistas. Hoy, a quince horas de vuelo, sentados a una mesa de madera, los cuatro disfrutan de una tarde soleada y productos locales como la coca de tomate.

Siguiendo la ruta aparece entre la naturaleza otro merendero con una quincena de personas, familia intergeneracional, que guardan para la comida tomates del Cabanyal, coca de llanda y paloma de Pascua –una receta italiana con ralladura de naranja confitada y glaseado con almendra–. Algunos descansan a sol y sombra bajo las sombrillas y otros juegan una partida de parchís con la intensidad de una final de campeonato mundial. La mona ya se la habían comido y no han querido comprar más, pero posan con gusto para la foto que inmortalice su lunes jubilar.

Cerca de allí, en otra mesa, dos parejas jóvenes con críos enseñan orgullosos sus tradicionales dulces y dicen que procuran ir todos los años a la playa, y al lado otro merendero reúne a una decena de chavales sin mona pero con espíritu de diversión: "Llevamos más bien una moña", bromean

Regalo a los ahijados

En el centro de la ciudad, fuera del circuito turístico, cada vez más copado en con grandes grupos de cruceristas, ciclistas y free tours recorriendo el casco histórico, la costumbre este día es irse al jardín del Turia con los amigos y la familia, y merendar la citada mona de la Pascua, con un huevo cocido que, según la tradición, debe abrirse explotándolo contra la frente de alguien. Las monas actuales incluyen un huevo de chocolate y es el dulce que padrinos y madrinas regalan a sus ahijados.

Su origen es lejano y siempre fue generoso. De hecho, la palabra 'Mona' viene del árabe 'munna' –algunas fuentes sitúan el origen de la palabra en el griego o el latín–, que significa 'regalo'. La mona es un obsequio con registros desde el siglo XV.

Algunas pastelerías aprovechan para hacer su particular agosto y en València hay auténticas especialistas en monas. Por ejemplo, Horno Bells ha ganado en 2026 el primer premio a la mona de Pascua gracias a una receta procedente del recetario del fundador, Carlos, patriarca de una saga argentina asentada en el Cap i Casal. También son destacables los trabajos con el bollo tipo brioche de La Rosa de Jericó, con más de 120 años de historia, o del Horno San Antonio, con una ornamentación más artística que tradicional.

Finalmente, en el capítulo de juegos, aunque la cometa o catxirulo ha ido imponiéndose hegemónico en los últimos años, la historia de las Pascuas en València también habla de jocs de carrer en peligro de extinción como les birles, la trompa, las Tabas o el famoso sambori o rayuela, consistente en saltar a la pata coja en unas casillas numeradas en el suelo usando una teja.

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