A pie de barrio
La vendedora más joven del mercado de Russafa: "La vida me ha cambiado por completo"
A pesar de lo duro que es empezar un negocio en uno de los distritos más caros de València, donde una vivienda ya supera los 20 €/m², todavía encontramos un halo de esperanza en esta joven emprendedora

La parada de Esther lleva el apellido de su abuelo, que también trabajó en el mercado cuando este se encontraba en la calle / J.M. López
¿Russafa sin este mercado seguiría siendo el mismo barrio o se habría convertido en otro distinto? Algunos dicen que este lugar es puro postureo, brunch, bicis y alquileres imposibles. Pero antes de todo eso ya existía. El Mercat de Russafa lleva aquí desde los años 50, viendo pasar modas, crisis económicas y generaciones enteras de vecinos y comerciantes. Algunos se marcharon, otros llegaron y muchos, a duras penas, todavía resisten.
Nos adentramos en este espacio icónico de València con la idea de no preguntar lo típico. Venimos, como de costumbre, a escuchar y a entender qué se cuece en su interior, qué ha cambiado o, por el contrario, qué sigue igual y se niega a desaparecer con el paso del tiempo.
A pesar de lo duro que es emprender en uno de los distritos más caros de València, donde una vivienda ya supera los 20 €/m², todavía encontramos un halo de esperanza. Es evidente que no es lo mismo alquilar un local comercial que adquirir un puesto a través de una subasta, pero el hecho de arriesgarse y hacerlo en una zona tan céntrica ya dice mucho.

El mercado se empezó a construir a finales de 1957 y se inauguró en 1962 / J.M. López
La vendedora más joven del mercado
Esther Antequera es una de esas personas que hacen que podamos atisbar cierto optimismo en el futuro. A sus 30 años ha decidido hacerse cargo de su propio puesto. “Soy la vendedora más joven del mercado de Russafa”, nos lo explica orgullosa, ante la cámara y con una sonrisa. Lleva un año y medio. Antes estaba en Mercavalencia. Conocía a la hija de los dueños de su actual puesto, querían jubilarse y se lo ofrecieron. “Quería cambiar mi calidad de vida porque antes trabajaba siempre de noche”, sentencia. Actualmente, pese a madrugar tanto, tiene un horario más “fijo”. Como el mercado cierra a las 15:00, no es necesario que trabaje por las tardes, por lo que “tienes una jornada mucho más marcada”.

La familia de Esther siempre ha estado vinculada, de alguna manera, al mercado / J.M. López
A Esther, el mercado le ha dado un completo vuelco. “Me ha cambiado mucho, sobre todo la vida en familia”, explica. Tanto es así que hasta se ha tatuado. Justamente, horas antes de estar haciendo esta entrevista. “Desde que me quedé con la parada buscaba algo significativo, que tuviera que ver con ella”, argumenta. Ella vende frutas y verduras, y uno de los productos con más éxito es la fresa, así que dicho y hecho. La parada lleva el apellido de su abuelo, que también trabajó en el mercado durante diez años, cuando no había recinto como tal. “Mi familia siempre ha estado vinculada a este lugar”, explica.

Esther lleva un año y medio con su parada y se muestra encantada con sus clientes y con la vida de mercado / J.M. López
Pero, al lado de su puesto, la realidad se cierne sobre nosotros; en este caso, la de Mari Carmen. Un gran cartel naranja chillón capta toda nuestra atención. “Se traspasa”, leemos en alto. Y, sin mediar palabra, sabemos que tenemos que acercarnos. Hablamos con su dependienta. No es cualquiera: lleva 45 años aquí y su marido pertenece a la tercera generación. “No nos vamos porque estemos a disgusto, pero llega un momento en que es un trabajo muy pesado para ciertas edades”, afirma. Su esposo tiene 71 años y ha llegado el momento de poner fin a esta gran etapa. “Es un trabajo muy pesado, hay que levantarse a las 3 o 4 de la mañana, cargar, descargar, estar de cara al público y al día siguiente repetir”.
Les pescateres de Russafa
Después de charlar con Mari Carmen nos paramos ante dos mujeres. Son dicharacheras, están tras el mostrador de su pescadería y no dejan de reír, hablar y soltar chascarrillos. Nos acercamos y no nos equivocamos. Ellas son Cristina y Lola, más conocidas como ‘Les pescateres de Russafa’. Se conocen desde pequeñas, eran amigas, pero el mercado afianzó todavía más su relación. Sus madres trabajaban aquí, en sus respectivos puestos. “Estábamos cada una en una punta y después nos juntamos”, dicen, y antes de que acaben la frase se abrazan.

Lola y Cristina regentan un puesto de manera conjunta y se hacen llamar 'Les pescateres de Russafa' / J.M. López
Cristina y Lola van más allá, porque comparten su día a día, vivencias y anécdotas en sus redes sociales. Ellas se autodefinen como las “influencers del mercado”. De hecho, animan a sus clientes a que participen en sus vídeos porque, según dicen entre risas, son “psicólogas, pescaderas, de todo”.
Nos hablan del día a día, del trabajo conjunto, de lo sacrificado que es el mercado y del ambiente. “Es bueno que haya competencia”, nos explican. “La gente tiene donde elegir”. A pesar de la feroz competencia que existe fuera, dentro son como una familia. “Queremos estar aquí todo el día, y más ahora que habéis venido vosotros”.

Ambas aprovechan las redes sociales como escaparate para publicar su día a día, el género que tienen en su puesto y recetas / J.M. López
El cuarto mercado más grande de la Comunitat Valenciana
La construcción del mercado se inició a finales de 1957 por el arquitecto Julio Bellot Senet, situándose frente a la Parroquia de San Valero y San Vicente Mártir. Cuenta con casi 5.000 metros cuadrados, lo que lo convierte en el cuarto más grande de la Comunitat Valenciana, por detrás del Mercat Central d’Alacant, que posee 5.500 m². Sus colores característicos decoran sus fachadas tras la última rehabilitación.
Russafa cambia cada año, se reinventa y se encarece, pero el mercado sigue aguantando. No es una tendencia ni una moda pasajera: es la esencia del barrio. Y mientras exista este lugar, Russafa seguirá siendo Russafa.
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