La València que casi nadie se imagina que existe
El fallecimiento del alcalde José Manuel Gimeno recupera para la memoria las pedanías más desconocidas y peculiares de València. Poblados aislados del resto del término municipal, pequeños paraísos habitacionales, alquerías en ruina, playas salvajes y una población acostumbrada a vivir a otra velocidad.

Unos folios impresos colocados en la fachada de la alcaldía pedánea de Mauella recordaban el fallecimiento del «alcalde de Casas de Bàrcena y Mauella, D. José Manuel Gimeno Rodrigo». Informando además del horario del velatorio y el entierro. Eso, en el cristal de un tablón de anuncios en cuyo interior están los teléfonos de emergencia y el de la propia alcaldía, así como un bando de María José Catalá de hace casi un año sobre el pago voluntario de diferentes arbitrios municipales.
Nadie parece que lo vaya a leer en los próximos minutos porque la plaza de Mauella está prácticamente desierta. Poco a poco aparecen señas de humanidad. Un ciclista hablando por teléfono y un trabajador son los únicos compañeros del ruido de las cigarras y los pájaros, único vestigio en la coqueta plaza de San Benito, presidida por la iglesia del mismo nombre, el edificio municipal y una fuente en la que se conmemora la llegada del agua potable a la población en el año 1985.
Mauella es uno de los territorios que regía José Manuel Gimeno. Una colección de términos diseminados por al norte del Cap i Casal. Tres rincones de Ademuz en versión metropolitana que ostentan el escudo de la ciudad en los rótulos a pesar de encontrarse a bastante distancia de la zona urbana, por mucho que ésta haya crecido exponencialmente hasta la Ronda Norte.
Pueblo, pedanía, casas, conjunto, llámesele como quiera, pero conforman el territorio más extraño y desconocido de la ciudad. Uno asocia pueblo-pedanía a El Saler, Castellar-l’Oliveral, Pinedo... pero nombres como los de Teuladella, Rafalell, Vistabella y Mauella son de concurso cultural. Como mucho, Cases de Bàrcena, esas sí, se asocian a una población. Unos pequeños reinos de taifas que no llegan a reunir 500 habitantes. Entre otras cosas, porque les Cases es una población más o menos consolidada, con sus comercios y equipamientos. Mauella es una colección de casas reunidas en un cuadrado casi perfecto, alejado de todo mundanal ruido; Teuladella son unas alquerías que aparecen por el camino y Rafalell y Vistabella exactamente lo mismo, pero con un añadido: en este caso albergan una playa desconocida para el gran público.
Mauella es, con diferencia, la joya de la corona. Apenas eso, medio centenar de personas. «Aquí, lo único que escuchas es esto: los pájaros», dicen José y Pepe, dos de sus vecinos. Se les pregunta por lo del ciclista. «Si, vienen por la vía verde, se sientan, se comen el bocata y continúan». Ruido de aves. Del que gusta. «La plaza ni existía. Había unas barracas que se derribaron. El cura viene los domingos por la mañana y la quietud se altera, para bien, en las fiestas de San Benito, con sus calderas y su orquesta.
Sin comercios
«Aquí vivimos sobre todo jubilados, pero también han empezado a habitarse casas que estaban vacías. Sobre todo, hijos de aquí, pero también tenemos alguna familia que no tiene nada que ver y que han buscado este lugar por el precio y por la tranquilidad».
Saben cuales son los inconvenientes. El principal, que no hay ningún comercio. «Antes aún venía un camión y vendía, por ejemplo, pescado, pero cuando hubo una ley que lo prohibía dejó de venir. Ahora la gente se acerca a los pueblos de al lado. «Es un paseíto, pero te acostumbras». Toda la vida llevan así. Los viernes pasa Silvia, la policía municipal adscrita a Cases de Bàrcena, y abre la alcaldía, las antiguas escuelas, para las gestiones que hagan falta y para dejar claro que vigilancia hay.
Pasa tan lento el tiempo en Mauella, que los mapas satelitales siguen llamando a su calle de entrada principal «de José Antonio». La hemeroteca recuerda que se acordó cambiarla por «l’Horta» hace ya catorce años. Pero ni eso, porque después, en 2022, hubo otro cambio: la rotulación final es «carrer Sol de Mauella», al lado mismo de un ramal cubierto de la Acequia de Moncada, que ruge bajo los pies.
Todo son casas de pueblo, algunas de nueva planta, construidas sobre aquellas que fueron hundiéndose, pero muchas de ellas se conservan desde finales del XIX y primeros del XX. En las fachadas hay paneles cerámicos de apellidos blasonados, o dedicados a San Benito Abad .
Mauella es una Micronesia huertana con tres barrios a cada cual más pequeño
Mauella es una especie de Micronesia huertana, porque se extiende en pequeñas manzanas, casi manzanitas, por la comarca. A algunos cientos de metros hay varias casas, acera con acera con Albuixech, donde hay un glosario de vivienda en huerta: una barraca arreglada, una casa deteriorada, una auténtica villa de alto nivel y una casa de campo convencional. Se le llama Barri del Sidret, aunque llamarlo barrio es extremadamente benevolente. Allí hay contenedores del ayuntamiento y, como en el resto del diseminado término, «vienen los camiones de València». Al otro lado están las Cases de la Tendeta, con un panel cerámico de Nitrato de Noruega, recientemente protegido, y con otro de Philips.
Sacrilegio en Teuladella
Teuladella, y Rafalell-Vistabella llegaron a ser pedanías semi independientes, con sus propios alcaldes, que, a su vez, dependían del de la calle Sagunt, pasando ya en el Siglo XX al de Cases de Bàrcena. Mauella, por su parte, llegó a ser municipio independiente en el XIX, hasta que las dificultades para ser viable les llevó a aceptar la dependencia, pero no de Meliana, Albuixech o Massalfassar, poblaciones cercanas, sino de València. Teuladella son un par de granjas diseminadas. Su gran tesoro, la Alquería de Burgos, abandonada por los herederos de la misma, sigue aguantando en pie, a la espera de que finalmente termine por hundirse. Es el gran sacrilegio patrimonial de una serie de casas de campo que conservan el gusto por lo añejo. Hace diez años aún vivía Amparo, una de sus últimas moradoras.
A su lado, casitas más modernas comparten el espacio con las acequias, los campos y el silencio, solo roto por los vehículos que pasan constante, pero ocasionalmente.
No ocurre lo mismo con Cases de Bàrcena. Allí está todo inventado: es la que tiene servicio municipal permanente, pero no tiene equipamiento de primera necesidad, por lo que sus habitantes también tienen que acudir a los pueblos cercanos. Hay mucha actividad comercial, pero altamente especializada: muebles, tapicería, mecánica, aperos de labranza y un conocido restaurante. Y mucho tráfico. Porque la carretera que la atraviesa es la Nacional de toda la vida -aún se conservan hitos kilométricos- y el tráfico desde Albalat, Meliana, Foios o Museros es mucho.
Aunque en el término de Rafalell i Vistabella también hay casas de campo, incluyendo la estimable, por viejuna, Alquería del Pagés, el hábitat de huerta cambia sustancialmente. Ahora es marjal y playa. Es la gran desconocida aparentemente porque José María, un nadador de larga distancia que acude con regularidad, asegura que «en verano sí que se llena. Yo vengo desde hace más de medio siglo. Venía desde València en Bicicleta y está casi igual. No se ha tocado, pero en ese momento del año sí que se ocupa». Eso, a pesar de que es un arenal casi en mitad de la nada. Al norte tiene las playas de Pobla de Farnals, que es de donde vienen bañistas que huyen en busca de una zona más tranquila. Al sur, un pequeño arroyo separa de la playa de Massalfassar, para público LGTBI.
Un cartel ya muy cascado lo recuerda: «Playa no vigilada. Prohibido el paso», con el escudo de la ciudad de València. Pero la gente, por supuesto, va incluso en un laborable del mes de abril. Siempre hay coches en la rotonda que hace las veces de aparcamiento. Es una playa asilvestrada en la que la acción municipal sí que se nota por haber rodeado, años atrás, de postes y cuerdas, la amplia zona de la Marjal del Moro que corre paralela a las arenas.
«La verdad es que hay bastante fauna, incluyendo tortugas. Si se consigue que no se toque, seguirá siendo un lugar bastante natural». No hay más que mirar en la arena: infinidad de huellas de patitas se aprecian inmediatamente, confundidas con pisadas de canes y alguna que otra huella de bicicleta. Pero es un auténtico glosario de avifauna el que surge de entre las matas. Por aquí también llegaron restos de la dana, porque muy lejos de la línea del mar hay acumulación de cañas. Por lo demás, la playa es eso: salvaje. Una rareza más en la València más inesperada.
Suscríbete para seguir leyendo
- La fiesta de la Virgen de los Desamparados, en directo
- Gritos y tensión en la Catedral antes de la Misa Pontifical
- La reforma de la normativa de Costas podría dar la puntilla al hotel Sidi Saler
- València estudia si autoriza 'The Champions Burger' en Mestalla tras las quejas por ruido
- El Gobierno pedirá licencia próximamente para levantar 280 viviendas en el viejo Cuartel de Ingenieros de València
- «A una madre no se le hace lo que a la Virgen cuando acaba el Traslado»
- La delincuencia en la Roqueta obliga a los sanitarios del barrio a encerrarse bajo llave
- Colas y expectación en la calle Colón por el 'drop' entre una marca de relojes de lujo y otra accesible
